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Mujeres en vanguardia nunca postergadas: el caso de Maruja Mallo

Bien presente en el Reina Sofía, cabe preguntarse si esta autora tendría tal repercusión si fuera asturiana

Una de las obras de Maruja Mallo expuestas en el Museo Reina Sofía de Madrid: “La verbena” (1927).

Otros vendrán que nueva te harán. Es lo que tienen las modas culturales, que en el aluvión de recién llegados siempre hay gente dispuesta a redescubrir mediterráneos. Hace unas pocas temporadas se anunciaba la recuperación de la “olvidada” Frida Kahlo, por ejemplo, y el otro día en el telediario se decía que 2022 iba a ser el año de la “revelación” de Maruja Mallo, nada menos.

La carestía de pioneras hace que siempre se reincida en las mismas artistas, vendidas en cada ocasión bajo la etiqueta de la novedad. Pero, al contrario que otras muchas, ninguna de estas dos fue nunca postergada como pintora, y si Maruja Mallo lo estuvo alguna vez fue en su condición de exiliada republicana, no por ser mujer.

La carestía de pioneras hace que siempre se reincida en las mismas artistas, vendidas en cada ocasión bajo la etiqueta de la novedad

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A su regreso a España hacia 1960 lo pasó mal, como tantos otros, pero incluso entonces los reconocimientos le llegaron enseguida, con exposiciones antológicas, premios o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, concedida en 1982. Hasta su fallecimiento en 1995, fueron constantes los homenajes, que se han mantenido gracias a los desvelos por ejemplo de la Galería Guillermo de Osma de Madrid, custodia de su archivo y responsable del catálogo razonado de su obra. También la han hecho suya la Xunta de Galicia, que le otorgó su Medalla de Oro y le dedicó la exposición antológica de 1993 en Santiago de Compostela y Buenos Aires, o el Ministerio de Cultura, que en 2009 le hizo una conmemoración en Vigo y en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Nacida en Viveiro (Lugo) en 1902, se abrió al arte en Avilés, donde pasó, junto a su hermano Cristino, su adolescencia, desde los once a los veinte años

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Maruja Mallo es una artista asimismo omnipresente en la actual reordenación de las colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, primero encasillada en el epígrafe “Mujeres en vanguardia”, luego libre en otros como “Gecé: el inspector de alcantarillas”, “La hora universal de la cultura. Gaceta de Arte”, “Suspiros de España” o “Sátira, cíborgs y biología”, con obras como “La verbena” (1927), “Antro de fósiles” (1930), “Figuras” (1937) o “Viajeros del éter” (1982), representativas de toda su trayectoria.

“Antro de fósiles” (1930).

Es bien conocida pero lo que casi nunca se cuenta de ella es que la artista gallega, nacida en Viveiro (Lugo) en 1902, se abrió al arte en Avilés, donde pasó, junto a su hermano Cristino, su adolescencia, desde los once a los veinte años, a causa del nombramiento de su padre como Administrador de Aduanas del puerto. En la Escuela de Artes y Oficios de Avilés se formó como pintora, y allí tuvo relación con el resto de los artistas avilesinos, desde Luis Bayón hasta Alfredo Aguado, del que realizó un pequeño retrato al guache.

Estuvo vinculada a la renovación avilesina y a sus exposiciones veraniegas, hasta el punto de que en la segunda Exposición de Artistas Avilesinos, celebrada en 1922, expuso nada menos que diecisiete obras, firmadas todavía con su nombre real, Ana María Gómez González. Su participación fue comentada por Antonio Hevia Torre en “El Carbayón” y por Benito Álvarez Buylla en “La Voz de Avilés”. El principal estudioso de esta época, Ramón Rodríguez, no ha conseguido localizar una sola obra de este período avilesino, salvo el citado retrato de Alfredo Aguado.

Maruja Mallo hizo su primera exposición individual no en Madrid, como solía afirmar ella misma, sino en Asturias, en la edición de 1927 de la Feria de Muestras de Gijón, en la que expuso una veintena de obras

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Tras realizar estudios desde 1923 en la Escuela de San Fernando en Madrid, gracias a una beca de la Diputación de Lugo, y vivir brevemente en Tenerife, Maruja Mallo hizo su primera exposición individual no en Madrid, como solía afirmar ella misma, sino en Asturias, en la edición de 1927 de la Feria de Muestras de Gijón, en la que expuso una veintena de obras, algunas tan conocidas como “Verbena madrileña” o “Isleña”, que aparecieron reproducidas en “Región”.

Este periódico fue el primero en publicar una entrevista con la artista, firmada por Mercedes Valero de Cabal, que señalaba sus influencias ramonianas. Asimismo, la exposición fue ampliamente recogida en el resto de la prensa regional, con artículos del periodista José Díaz Fernández en el diario “El Noroeste” de Gijón y del escritor José María Malgor, secretario de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés, en el periódico “La Voz de Avilés”. Todo esto está bien recogido en el libro “Crítica de arte en la Asturias del primer tercio del siglo XX”, de Natalia Tielve.

"Viajeros del éter” (1982), una de las obras de Maruja Mallo.

En la entrevista citada, la pintora explicaba su vinculación con Asturias y detallaba sus planes más próximos, que pasaban por exponer en Madrid “cuando haya trabajado más” y viajar. Cumplido a los pocos meses su sueño de exponer en Madrid, en los locales de “Revista de Occidente”, en una exhibición que resultó todo un acontecimiento, en 1931 pudo también viajar al extranjero gracias a una beca de la Junta de Ampliación de Estudios, concretamente a París, en donde colaboró con el grupo surrealista. De vuelta a España, en 1937 se vio obligada a partir al exilio y tuvo que instalarse en Buenos Aires hasta su regreso definitivo, sin haber abandonado en ningún momento la pintura.

Que una artista de indiscutible calidad como ella tenga más o menos reconocimiento varía en función de múltiples circunstancias, no siempre relacionadas con su condición femenina y una posible discriminación. A veces son mucho más importantes la fortuna y las amistades, o su carencia. Y, dentro del sistema artístico, los apoyos críticos e institucionales, que tanto dependen de los juegos de poder fáctico y los equilibrios territoriales. Cabe preguntarse si Maruja Mallo seguiría teniendo tanta presencia en el arte español si hubiera sido una artista asturiana, como casi fue. No hay muchas como ella, bien es cierto, pero en un repaso más o menos rápido no sería difícil encontrar media docena de artistas de aquí que bien podrían figurar también en el Museo del Prado o en el Reina Sofía y no están ni se las espera, ni siquiera como invitadas.

Luis Feás Costilla

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