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Hannah Arendt: compromiso, firmeza y libertad de pensamiento

Dieciocho escritos de una de las grandes filósofas del siglo XX que unió como pocas claridad y profundidad

Hannah Arendt es una de esas filósofas que te lleva sin ejercicios alambicados a ampliar el radio de lo que uno daba por ya sabido.

En las librerías y bibliotecas tenemos este compendio de textos representativos. Adolfo García Ortega se encarga de aclararnos el criterio de selección. Se trata de una miscelánea de temas guiados por su actualidad, que van desde el supremacismo nacional populista hasta el feminismo eclosionante y pasan por la todavía presente “cuestión judía”.

Arendt ha de ser clasificada en el grupo de los filósofos defensores de la función transformadora de la filosofía, de los que creen que no bastan las refinadas contorsiones lógicas, a veces necesarias. Sin praxis el pensamiento queda demediado.

La polimatía es el arte de abarcar conocimientos diversos, un saber, por tanto, muy próximo al de la filosofía. Pero cómo comprobar si además de variedad se da también profundidad. Hay una prueba que doy como bastante segura sobre cuando un académico de la filosofía alcanza la calidad filosófica, la profundidad. Se revela casi de un golpe cuando se constata que se es capaz de interpretar un tópico filosófico o un autor clásico bajo una novedosa mirada.

Entre los textos seleccionados en esta edición de noviembre de 2021, uno titulado “Sócrates”, en realidad dedicado al triplete Sócrates, Platón y Aristóteles, nos aclara detalles esenciales de la relación entre la política y la filosofía. En un análisis esclarecedor, penetramos mejor por qué Sócrates no convenció de su inocencia al tribunal que le juzgaba. El arte dialéctico es la contrapartida del arte de la persuasión política. En lugar de acogerse a una brillante retórica que el juicio público demandaba, el valiente hoplita prefirió los argumentos cuerpo a cuerpo que se desprendían de su dialéctica particular, la mayéutica. Y aclara la autora de “Los orígenes del totalitarismo”: “La principal diferencia entre persuasión retórica y dialéctica es que la primera siempre se dirige a una multitud mientras que la dialéctica solamente es posible en un diálogo entre dos”. La dialéctica recorre el camino de los acuerdos racionales posibles, paso a paso. La otra alternativa, la retórica, da saltos entre opiniones fulgurantes y seductoras. Y es posible que el tozudo cumplidor del deber, que le llevaba a asumir una sentencia de muerte injusta, todavía pudiera meditar: Ahora sé lo que significa no saber, ahora sé que no sé, ni siquiera he sabido defenderme, y he visto demasiado tarde que la política no necesita de la filosofía, ¿para qué querría alentar un método que le resulta contrario?

Una conclusión parece desprenderse de estos análisis. En la convulsión de aquel régimen democrático con sus verdaderas costuras demagógicas al descubierto, su joven discípulo Platón hizo de la crítica política uno de los principales cometidos de la dialéctica filosófica. Y dieron a Aristóteles, en el contexto trazado por sus dos maestros, los suficientes reflejos para huir a tiempo y no permitir que los atenienses pecaran dos veces contra la filosofía. Mientras tanto, el logro que se afianzaba para la posteridad era la diferente función entre lo retórico y lo dialéctico.

Tenemos ocasión de comprobar esto último, en otro de los capítulos del libro. En 1963, en respuesta a la posición de la filósofa sobre la “banalidad del mal” imputable a los responsables del holocausto, frente a la tesis de la retórica de masas más contundente de “mal radical” (mal de naturaleza malvada), Hannah recibe una carta de un viejo conocido que le reprocha carecer de verdadero” amor hacia el pueblo judío”, hacer una “burla del sionismo” y de valerse de un mero eslogan para sostener la tesis de la banalidad de aquel mal. La respuesta empieza así: “Hay ciertas afirmaciones en tu carta que no se prestan a controversia alguna, porque son simplemente falsas. Permíteme que me ocupe primero de ellas para que podamos pasar luego a los temas que merecen discusión”. Y despejado el camino de obstáculos insidiosos, pasa a discutir lo importante, le dice que tiene bastante razón cuando le imputa no amar al pueblo judío, pues ella no “ama” a ningún pueblo ni colectivo, alemán, francés, estadounidense, ni siquiera a la clase obrera ni nada semejante. El único amor en el que ella cree es en el amor a las personas. Y le viene a decir: soy judía y me siento muy honrada y muy involucrada con su causa, pero en ese sentido que tú, Scholem, lo utilizas “no amo al pueblo judío”.

Vemos, otra vez, la retórica de las frases populistas frente a los argumentos bien timbrados. Arendt entiende el amor como una cuestión ética, no como algo político. Se puede amar a un amigo o a toda la “humanidad”, pues se puede amar a cualquiera. Pero en qué consiste “amar a un pueblo” más allá de empeñarse en una causa justa por defender sus derechos. Porque también es preciso que ese llamado amor no sea excluyente, esa es la cuestión.

El lector que aún no conozca bien a la filósofa que estudió con denuedo los entresijos del totalitarismo, tiene ahora un acceso a su pensamiento muy bien escandido.

Entre cuestiones de calado que sí merece la pena discutir, determinar si el “mal” hunde sus raíces en la naturaleza humana sin más o es más bien fruto de una irresponsabilidad de quien, en el interior de un engranaje, se ampara en la obediencia que se debe a la maquinaria que le acoge: “cumplía con mi deber, obedecía”. Por eso Arendt vio claro que la pregunta en los juicios de Núremberg como en el juicio contra Eichmann no debía ser ¿por qué obedeció aquellas órdenes? Sino ¿por qué colaboró? y ¿cuándo empezó a consentir usted como persona?

El valor de pensar

Una selección a cargo de Adolfo García Ortega

Hannah Arendt 

Paidós, 538 páginas, 26 euros

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