Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ficción, realidad y parodia de un detective

Alba reúne en una antología, “Los otros Sherlocks Holmes”, recreaciones de trece escritores sobre el personaje creado por Arthur Conan Doyle

Sherlock Holmes es el hombre que nunca vivió y jamás morirá, como rezaba el enunciado de aquella exposición de hace unos años del Museo de Londres. Más allá de las recreaciones y los decorados, los atuendos, las pipas y los violines, las soluciones de cocaína, la luz de gas, el rap nervioso de los bastones sobre los adoquines, la sempiterna niebla, los relinchos de los caballos y el traqueteo de los cabriolés, el personaje supo escapar de los confines de sus historias, al igual que lo hizo del intento de su autor, Arthur Conan Doyle, por matarlo junto al profesor Moriarty en los Alpes suizos. Mucho de su pretendido bagaje está ausente de esas historias, como por ejemplo “Elemental, querido Watson”, la frase que no pronunció. La lupa es de Sir Arthur, su creador, pero el característico gorro se debió a Sidney Paget, ilustrador de la revista “Strand”. Fueron los dibujos de Paget los que contribuyeron a hacer su figura inmortal y a protegerla de esa porosidad característica del mito. Antes de que se pusiera en marcha la fantasía ficción tal como la conocemos ahora, algunos holmesianos ya habían empezado a profundizar académicamente en la creencia extendida de que Holmes y Watson eran personajes reales. De acuerdo con esa teoría, el último habría escrito los relatos, y al autor que firma los libros simplemente le correspondería la misión del agente literario. Algunos estudios llegaron a referirse al alimón a las preferencias del detective de Baker Street y de sus contemporáneos. Conan Doyle lo había situado en un mundo real de contradicciones y a través de él su personaje obtuvo una difusión memética en la cultura. Luego, al sentirse fagocitado, quiso hacerlo desaparecer. Era ya demasiado tarde y el personaje regreso por aclamación pública hasta 1929. De ahí voló hacia la inmortalidad.

Como la llamó Conan Doyle, hay una “cadena compleja” que conduce a la creación del detective más famoso de todos los tiempos. No tan complicado resultó investigar los modelos de la vida que inspiraron al creador, dado lo que se conoce de él antes de que escribiera “Estudio en escarlata”, la primera de las novelas de la serie, en 1886. Se sabe que era un lector voraz y que para escribir se basaba en gran medida en la ficción analítico-detectivesca de Edgar Allan Poe y Émile Gaboriau. También sabemos que Doyle estaba preocupado por encontrar la fórmula narrativa con que mostrar el potencial de la ciencia forense para resolver crímenes. Y se puede decir con seguridad que aportó una dimensión moral a las historias, que por extravagantes que fueran sus tramas, iban siendo restauradas con éxito a su legítimo orden victoriano tardío. Muchos de estos hilos coincidieron en la persona de Joseph Bell, una eminencia de la facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo que en 1878 eligió a Doyle para que fuera su asistente. Fue el comienzo de la relación entre aquel brillante profesor y el cómplice un tanto impasible, que presagiaría la posterior entre Holmes y el doctor Watson. Escribir, para Doyle, era en gran medida un ejercicio imaginativo o moral, y no solo un juego de salón en el que la élite intelectual intentaba identificar los modelos de sus obras más conocidas. Sherlock Holmes seguramente fue una combinación de varias figuras históricas, vivas o inventadas, además del reflejo acusado de la personalidad de su autor, un hombre que combinó la pasión por la investigación científica con un gran sentido del honor y la justicia, y que era, además de original, algo desconcertante. En 1928, el escritor S. S. Van Dine, creador de otro popular sabueso, Philo Vance, imponía, como el primero de sus diez mandamientos para escribir historias de ficción detectivesca, que “el lector debería tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio”. Pero en el caso de Conan Doyle, las deducciones que hace Holmes rara vez están disponibles para que el lector se adelante y descubra antes de tiempo lo que va a ocurrir. También da la impresión de que no se preocupaba del todo por los detalles; ocasionalmente se observa que los nombres de los personajes mudan a mitad de una historia. A veces Holmes se comporta como un notorio bromista muy particular; otras, parece carecer del más elemental sentido del humor. Esta manualidad contradictoria del autor escocés hace más divertidas las historias, sobremanera si se trata de someterlas al escrutinio forense obsesivo. Y es justo en ese momento cuando no resulta difícil pasar del análisis a la parodia.

“Los otros Sherlock Holmes”, la antología que acaba de ver la luz gracias a la editorial Alba, recoge ese tono paródico con relatos de trece autores entre 1892 y 1944. Empezando por J. M. Barrie, creador de Peter Pan y el primero de los escritores coetáneos de Doyle que se fijó en el detective. Uno de los tres relatos que figuran en esta selección de Pablo Muñoz se titula precisamente “El difunto Sherlock Holmes” y fue publicado apenas un mes después de que Doyle “matase” a su personaje, el 29 de diciembre de 1893 en la “Saint James Gazette”. El resto de las incursiones holmesianas corresponden a Bret Harte, Mark Twain, Maurice Leblanc, Sadie Shaw, Ludwig Thoma, Wodehouse, Leo Belmont, Frans Oskar Wågman, P. Orlovets, O. Henry, Ellery Queen y Enrique Jardiel Poncela, además de un texto anónimo de 1911.

Las tres aportaciones de Jardiel Poncela aparecieron en el semanario “Buen Humor” en 1928 bajo el título de “Novísimas aventuras de Sherlock Holmes”. En ellas opera la “reductio ad absurdum” y el disparate que practicó como pocos el humorista madrileño. Narrada por Watson al igual que las otras dos, “La serpiente amaestrada de Whitechapel” comienza así: “Aquel día, tres de septiembre, me dirigía a casa de Sherlock Holmes a una velocidad de veintiséis toesas por minuto. Desde el primer momento me extrañaron dos cosas: lo mal que me había puesto la corbata y la fruición y la ansiedad con que todos los transeúntes devoraban los periódicos matutinos. ‘¡Algo gordo sucede –pensé–. Porque si no ocurriera algo gordo, los transeúntes, en lugar de mirar los periódicos con gesto grave, mirarían mi corbata entre carcajadas salvajes. Y, además, no me hubiera escrito Sherlock Holmes…”.

Muy recomendable la lectura de esta colección de relatos que permite viajar a bordo de diferentes escritores junto a Sherlock Holmes, no solo atravesando sus escenarios habituales, sino también por otros lugares diversos, valles amenos y boscosos, por donde fluyen arroyos plateados, con orillas cubiertas de flores y árboles repletos de frutas maduras de todo tipo, con figuras aquí y allá que parecen vagamente familiares. Hasta que los ojos se acostumbran al brillo que lo baña todo y empiezas a darte cuenta de que deben de ser los Campos Elíseos, “de los que tanto ha oído uno hablar”, como escribe otro de los humoristas de la antología ilustrada de Alba: el incomparable Pelham Grenville Wodehouse.

Los otros Sherlocks Holmes (1892-1944)

J. M. Barrie, Bret Harte, Mark Twain, Ellery Queen y otros  

Traducción de Miguel Temprano García y otros  Alba

312 páginas, 22,50 euros

Compartir el artículo

stats