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Un siglo de filosofía con Edgar Morin

Próximo a cumplir 101 años, el francés mantiene toda su lucidez para ordenar lo vivido y pensado en unas “Lecciones” que quiere poner al alcance de “todo el mundo”

Edgar Morin. efe

“Lecciones de un siglo de vida” no es exactamente un libro de memorias. Tampoco es del todo –sino indirectamente– un texto moralizante. “Que quede claro que no pretendo aleccionar a nadie”, dice Edgar Morin (1921) en el preámbulo. Es una reflexión en voz alta, estimulada por Sabah Abouessalam, su actual compañera sentimental y su inspiradora. Una reflexión proyectada sobre su propia vida centenaria, sus primeros posicionamientos ideológicos y sus rectificaciones como reacción a los trágicos acontecimientos de la política nacional y mundial. Y, en paralelo, la progresión en el quehacer de su sistema filosófico. Pero todo ello trenzado en el contexto de las experiencias biográficas, su familia, su educación, sus convicciones de juventud y los eventos que canalizaron el devenir de su vida profesional. Tal vez este entrelazado de tres planos sea lo mejor, como me dijo mi amigo, JAZ, que me pasó el libro.

Estamos ante un texto que, desde un ángulo privilegiado, reconstruye el último siglo de nuestra historia. Y una obra al alcance de los lectores que no quieren rollos ni análisis técnicos, sino una lectura relajada e interesante. Ya lo hizo Cicerón en “Sobre la amistad”, cuando habló desde su propia experiencia; ya lo hizo Séneca en “De la brevedad de la vida” y ya lo hizo Marco Aurelio en sus “Meditaciones”. Morin se acoge, de esta manera, a un género literario que sin dejar de ser profundo –en sus ideas– va dirigido a “todo el mundo”. A todo el mundo dispuesto a leer, habría que decir.

Nos cuenta que es francés, pero de origen sefardí, parcialmente español e italiano. Su cultura es la europea, su sensibilidad la del ciudadano del mundo y su último compromiso la de ser hijo de la Tierra-patria. Educado bajo la influencia de Montaigne, Pascal, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Diderot, Hugo… En la tradición de lo profundamente francés, por tanto.

Nos cuenta que es hijo único, huérfano de madre a los diez años. Y después padre de dos hijas, y para compensar el haber estado sobreprotegido por la sombra paterna, él no intentará educarlas. Con todo, reconoce que “no recibí de mi padre ninguna convicción religiosa, política o ética”. Fueron mis lecturas adolescentes las que me moldearon al principio, confiesa. Tal vez quiso repetir el esquema.

Recuerda cómo vivió la persecución a los judíos y el Régimen de Vichy, la II Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel. Milita en la resistencia francesa y celebra la nueva patria judía, pero no deja de señalar que tiene que llevarse a cabo conjuntamente con la creación de un estado también palestino. Entonces es tratado de traidor y de antisemita, como le sucedió a Hannah Arendt. Es verdad, los dos “traicionan” la causa del fundamentalismo político-religioso. “Me defino como posmarrano, es decir, como hijo de Montaigne (de ascendencia judía) y del Spinoza anatematizado por la sinagoga”.

Nos vamos enterando de que su trabajo se mueve en la confluencia de la biología, la sociología, la antropología y la reflexión ético-política contemporánea. Que su apuesta es la de traspasar las fronteras de las disciplinas cerradas e indagar en un nuevo método capaz de fundirlas. Filosofía que bebe directamente de las ciencias pero con un método transdisciplinar. Y deja que se desprendan las consecuencias más notorias de este llamado “pensamiento complejo”, sin entrar en los enojosos detalles teóricos. Quien pida más, sabe que puede leer los seis volúmenes titulados “El método” y otros libros similares.

Su lineamiento filosófico puede tal vez enclavarse en el esfuerzo por superar a Marx, partiendo de él, al igual que hacen también Claude Lefort o Cornelius Castoriadis

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Su lineamiento filosófico puede tal vez enclavarse en el esfuerzo por superar a Marx, partiendo de él, al igual que hacen también Claude Lefort o Cornelius Castoriadis.

A lo largo de su dilatada vida ha ido aposentando una serie de convicciones profundas, mientras el escepticismo crecía especialmente en torno a la política. Si hay alguna verdad, es que “no hay ningún refugio de la verdad absoluta que elimine todo error, salvo en la teología y en la fe del fanático”. Ha visto cómo el país más culto de Europa, nos cuenta, se convierte en genocida; cómo masas antifascistas se pasan al fascismo; y cómo “comunistas animados por la más bella ideología fraternal se convierten en inhumanos y crueles”.

Entre los principios irrenunciables, la defensa de la razón (la del “homo sapiens”), combinada ésta en una fórmula magistral con la pasión y la fe. Y cuando habla de fe, en su caso, se refiere a la fe en la humanidad. “Conservo la religión de la fraternidad”. Intenta pensar la mezcla perfecta: habría que hacer “copular a Marx y a Shakespeare”, llega a decir.

Vivimos ante problemas que exigen soluciones clarividentes, que no admiten ser postergadas. Pero la capacidad de liderazgo de la clase política es decepcionante. Ha pasado medio siglo desde el informe Meadows, demoledor entonces sobre la degradación creciente de la biosfera, la pérdida de biodiversidad vegetal y animal y la contaminación planetaria. Ahora se está empezando a reaccionar, todavía con dudas.

¿El futuro inmediato que se prevé? Un neototalitarismo naciente. China, como modelo. Una nueva esclavitud y la domesticación de las mentes, apoyada en una vigilancia electrónica masiva.

Y le queda la sensación al sabio francés de que el curso civilizatorio se ha vuelto a dislocar.

Lecciones de un siglo de vida

Edgar Morin

Paidós, 118 páginas, 13,30 euros

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