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Una grande de la literatura norteamericana

Joy Williams, la escritora más retorcida y extraña

La autora publica 'La rastra', su primera novela en veinte años, una narración posapocalíptica que alerta contra el cambio climático

Joy Williams.

Joy Williams es una escritora extraña. A ella le gusta más el adjetivo ‘retorcida’. Sus libros desde luego lo son, muy raros. Historias que se desarrollan en la América rural, muy apegados a la naturaleza, contados con un lenguaje poderoso y entrecortado sembrado de onomatopeyas con personajes que caminan como a oscuras en un mundo irreal. Williams (78 años) no hace ciencia ficción, pero utiliza las armas narrativas de ese género para sorprender al lector con un estilo que solo le pertenece a ella. Es como si Raymond Carver se hubiera tomado un tripi. Es una autora muy respetada que merecería ser más leída.

Cerrar una entrevista con Williams no es fácil porque es uno de esos pocos seres -quizá felices- que se pueden dar el gustazo de olvidar que estamos en el siglo XXI, que existen los ordenadores, las redes sociales, el zoom o el correo electrónico. A ella no le afecta. Así que el móvil con el que responde a esta entrevista no es suyo, lo ha pedido prestado. Se encuentra en Nantucket, en la costa de Massachusett, la ciudad de la que partió el Essex, el barco que colisionó con Moby Dick, la ballena blanca. Y el dato se revela como significativo. Hay mucho de sagrado en la prosa de Herman Melville y en la de Williams.

Sea como sea, Williams que ha llevado hasta allí a sus dos perros pastores en la furgoneta con la que se ha paseado por todo el país, se encuentra muy lejos de Tucson, donde reside su hija y ella algunos meses al año y es lo más más parecido a lo que el resto de los humanos llamamos hogar. “Mi pick-up ha recorrido ya unas 300.000 millas, mis perros y yo hemos viajado por todo el país, así que sí tengo que aceptar que soy una nómada”, explica con voz amabilísima pese a que se trasluce que esto de las entrevistas es un tramite que acepta con elegancia y alegría.

Joy Williams.

La singularidad de Williams puede medirse por el hecho de que ni siquiera el paso del tiempo es igual para ella que para el resto de los humanos. Así zanja la cuestión de los 20 años transcurridos desde su última y muy memorable novela, 'Los vivos y los muertos', que publicó Alpha Decay en castellano hace algunos años, una especie de ‘Pedro Páramo’ a la americana que fue finalista al Pulitzer y 'La rastra' (Seix Barral), su nuevo trabajo y actual aportación a la literatura postapocalíptica. 

“El tiempo pasa volando y yo no me percibo exactamente como novelista [muchos críticos están de acuerdo en que lo mejor de Williams se encuentra en sus relatos] así que no me preocupaba demasiado. La mayoría de los novelistas sacan una novela cada dos o tres años pero a mí no me salen a esa velocidad. Mientras tanto no he dejado de escribir ensayos y un volumen de 99 microrelatos”, explica. 

Advertir con un ensayo

‘La rastra’, título que procede de un instrumento para arar la tierra, parece un libro lógico en la trayectoria de una autora, gran amante de los animales y muy comprometida con la salvajguarda de la naturaleza. De hecho, en el 2001 ya escribió 'III Nature', un ensayo advertencia de cómo nos estábamos, y nos estamos, comportando frente a la emergencia climática. Esa inquietud se ha trasladado a la novela con no poco humor. Pero donde otros hablan del miedo ante el fin del mundo tal y cómo lo conocíamos, Williams dibuja un horizonte en el que la humanidad se ha conformado con una vida miserable. “Históricamente los hombres se han adaptado a todo, así que por qué no van a hacerlo frente a una naturaleza destruida. Lo hemos visto con el covid, todo el mundo decía que nos iba a transformar, que ya nada volvería a ser lo mismo, y aquí estamos, ahora hablamos más de esas señales que nos manda la naturaleza y compramos coches eléctricos, pero en el fondo tampoco hemos cambiado tanto”. 

La escritora Joy Williams. EPC

Hija de un ministro de la Iglesia congregacionista, Williams da mucho valor a esa herencia espiritual en su formación. Ella suele acudir todavía habitualmente a los oficios religiosos, quizá porque que le hacen regresar a una infancia vivida entre himnos y sermones. “Creo que la Biblia y los sermones de mi padre en cierta forma alimentan gran parte de mi trabajo. La fe es un misterio y creo que está en el centro de mi literatura”. 

Nada intelectual

La religión es, además, una clave secreta para establecer puentes entre el mundo de los vivos y el de los muertos y sobre todo un método intuitivo para tensar la realidad porque Williams no se percibe como una intelectual, de ahí que las situaciones de su novelas oscilen entre la tragedia y la ridiculez. Y ahí tienen a la protagonista, la adolescente Khristen, que murió brevemente cuando era un bebé, o eso cree firmemente su madre. Es muy posible que siga muerta y todo la atmósfera de la historia se explique por el hecho de que en realidad ese mundo es una especie de infierno o más bien, un mundo intermedio entre el más allá y la realidad. “Creo que en eso, en una especie de limbo, hemos convertido nuestra Tierra preciosa”, remacha Williams. 

 No quiere oír hablar de ordenadores, le basta y sobra con su maquina de escribir Corona, mecánica y portátil, de los años 50. “Es muy buena nunca me ha fallado, y aunque a veces me preguntan si el ritmo de una máquina mecánica establece de alguna forma el ritmo de la escritura, si es mejor que escribir en un ordenador, pero no puedo responder a ello, porque jamás he utilizado uno”.

 

Así es Williams, la más excéntrica de la literatura estadounidense. Un escritor que acabó siendo su amigo se sorprendió de encontrar a alguien tan cálido y divertido como ella cuando esperaba a alguien mucho más extraño. No lo es en absoluto la voz que se despide al otro lado de la línea en Nantucket. 

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