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Regreso a la novela negra rural

Alberto Cavilla Peñalver radiografía el odio y la codicia de la España rural de los años cincuenta en "La venganza del colibrí"

Cultura - Libros

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Alejandro M. Gallo

La novela negra es principalmente urbana, tanto en su origen como en su desarrollo. Desde su aparición fue un buen vehículo para mostrar la vida en las grandes ciudades, así como sus contradicciones sociales. De ahí que la ambientación en los medios rurales sea más escasa. Sin embargo, también nos hemos encontrado con grandes obras, como "1280 almas" de Jim Thompson, donde la trama se desarrolla en el pueblo imaginario de Potts County. En el campo europeo, George Simenon situó en ocasiones a su comisario Jules Maigret en diferentes departamentos donde nos cuenta historias en los pueblos y muestra el alma rural francesa. En la novela policial española, alejada de los estereotipos anglosajones, nos encontramos con la pluma de Francisco García Pavón y los casos de Plinio en Tomelloso. Entre los escritores que han seguido esta senda, podemos encontrar a Eugenio Fuentes en algunas aventuras de su detective Ricardo Cupido; Alberto Pasamontes en "Traedme a la rusa"; José Ramón Gómez Cabezas con sus novelas ambientadas en Ciudad Real durante la dictadura de Primo de Rivera, y podríamos añadir a Lorenzo Silva en su saga sobre los guardias civiles Vila y Chamorro, pues muchas de sus tramas se desarrollan en zonas rurales.

A este selecto club se une ahora Alberto Cavilla Peñalver con "La venganza del colibrí", una novela ambientada en Camino de las Piedras, provincia de Badajoz, en 1953. De esta forma, a través del asesinato del patriarca de una familia poderosa en la Extremadura de la época, el autor pasa revista a la sociedad española de posguerra constreñida por la religión y la falsa moralidad, donde la codicia, el odio, el dolor, la ira y la venganza planean como una radicación de fondo. De esa forma, Francisco Pizarro y Pizarro, terrateniente de la comarca y propietario de la finca La Torre, antes denominada Tres Espadas, aparece muerto con doce puñaladas en el pecho y una en el rostro. La investigación correrá a cargo de la policía de Zafra, que envía al comisario Casto Ameiros, natural de Mugardos, El Ferrol, que echa en falta el orvallo, el ribeiro y el lacón con grelos y es admirador de Sherlock Holmes, por lo que siempre lleva una pipa con cazoleta de marfil que no enciende. Al comisario le asiste el inspector Guillermo Buenavista, alias el Zorro, antiguo estudiante de medicina que abandonó la carrera porque la sangre le provocaba mareos. Ambos se presentan en el escenario del crimen a realizar una inspección ocular. La recogida de indicios y las deducciones previas sobre los mismos es uno de los momentos cumbre de la novela, pues está realizada con el mayor rigor. Así, recogerán cenizas de cigarros, que luego descubrirán que uno era de tabaco rubio y otro, negro; restos de tierra en la alfombra y su deducción de que provenía de botas de suela de goma con surcos; pintalabios marca Dunhill inglesa, cerámica, restos de uralita, sangre y cabellos en la almohada. Sin embargo, no aparece el arma homicida.

El día del asesinato se encontraban en la finca veintiocho personas, incluido el cura del pueblo y el servicio, por lo que, para el comisario Casto y su ayudante, interrogarlos se convierte en prioritario. De esta forma, la vida en el pueblo se desgrana en las declaraciones de cada uno, en las que el odio incrustado en sus entrañas no se evapora como el agua; al contrario, permanece y alimenta la venganza. De esa forma, al igual un Maigret hispano, Casto bucea en el alma individual y colectiva, pues considera que ahí se encuentra la verdad. En paralelo, los reporteros del diario "Extremadura", el periodista Garrido y el fotógrafo Flash Gordon, realizan su propia investigación. Lo mismo hará la Guardia Civil del puesto de Camino de las Piedras, cuando detiene por enésima vez al Tuerto, el "rojo peligroso" que les sirve como chivo expiatorio de todas las desgracias del pueblo. De esta manera, la resolución del enigma es esquiva, como el colibrí, que bate sus alas ochenta veces por segundo y puede volar hacia atrás, y que da título a la novela.

colibrí

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La venganza del colibrí 

Alberto Cavilla Peñalver

Booket (Planeta), 562 páginas, 13,95 euros

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