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Paisaje calcinado

Toni Sala retrata en «Los chicos» el desastre subsecuente al desplome de 2008 y sus plagas

Toni Sala en la presentación de un libro. F. Nadeu

En 2014, el escritor gerundense Toni Sala obtuvo el Premio de la Crítica de Narrativa Catalana por su novela «Els nois». Ocho años más tarde, «Los chicos» llega al lector en castellano gracias a la versión de Carlos Mayor para Trotalibros. El resultado es felicísimo. Estamos ante una obra tan desoladora como bella. Tan arrebatada como precisa. Tan furiosa en su sustancia como aquilatada en su estructura.

«Los chicos» es una novela de la crisis, pero no es una novela cualquiera. Su ámbito es el paisaje calcinado que el desastre subsecuente al desplome del año 2008 y sus plagas grabó en la piel de nuestra sociedad. De hecho, la novela empieza con una carretera inacabada y con una prostituta que se vende en ese no lugar desolado, pero pronto abandona el marco de la infraestructura fallida y de la carne convertida en mercancía para adentrarse en un escenario más vasto: los infiernos interiores propiciados por el colapso de un sistema irresponsable, auspiciado por las financieras y por el neoliberalismo con su receta de la felicidad como un deber y no como un derecho.

La coartada mediante la que Sala organiza su desfile infernal es un accidente de tráfico en el que fallecen los chicos del título, dos hermanos de 22 y 20 años. Estas muertes permiten a Sala introducir su bisturí de patólogo en el cadáver insepulto de un mundo exhausto y sacar a la luz el estado de sus órganos. Desfila así un estamento agrario que al identificar sangre y tierra está condenado a perecer sin remedio; una clase media personificada en la figura de un agente bancario que desde su mirador de privilegio admira la lenta corrosión del dinero y de los sueños; un proletariado violento y salaz, encarnado en la figura de un transportista sin dios ni amo; incluso un artista del fuego y del mal, el más inolvidable de los personajes de un libro repleto de personajes inolvidables, que abraza en su peripecia el sentido completo de la novela y protagoniza páginas de una lacerante potencia visual.

Los personajes que recorren «Los chicos» son heraldos de una época confusa, descreída

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Escribe Sala: «¿Quién sabía qué encontraríamos al fondo de una palabra? Las palabras eran traidoras, estaban llenas de sedimentos, mientras que la acción era luminosa, podía grabarse». Esta desconfianza hacia el lenguaje, por impostor y ambiguo, recorre como un calambre la novela. La interpretación agotadora del mundo, su constante hermenéutica, no conduce a otro destino que a la melancolía en el mejor de los casos. En cambio, la transformación, la ejecución, la destrucción –tocar, agarrar, demoler, quemar, consumir–, son gestos que vivifican y otorgan, si no un sentido, al menos sí un consuelo. Los hombres y mujeres que recorren «Los chicos» son heraldos de una época confusa, descreída, que sospecha incluso de sus propias intenciones. No debemos, en cualquier caso, hacer demasiado caso a la declaración de Sala. Porque son sus propias palabras, las del escritor, tan llenas de sedimento, las que permiten levantar este panóptico astuto y turbador, que propone una visión de formidable agudeza.

Los chicos 

Toni Sala

Traducción de Carlos Mayor

Trotalibros, 226 páginas, 20,75 euros

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