Sobre la cuestión vasca: Pérez Herranz frente a Sádaba

El nacionalismo ideológico es sometido en "Cuatro cuadros y cuatro contrastes" al examen de la filosofía de la historia

Cultura - Libros

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Silverio Sánchez Corredera

Fernando Miguel Pérez Herranz es un filósofo español autor de una obra profunda, crítica y consistente, de la que se derivan aplicaciones a asuntos que nos importan, de carácter político, antropológico y ético. En «Lindos y tornadizos» (2016) dejó contorneada su filosofía de la historia y en «Ambiguus Proteus» (2019) su ontología cierra el círculo abierto por sus obras anteriores. A partir de estas dos piezas clave –y de artículos paralelos y otros libros precedentes–, vemos cómo el «morfologismo filosófico» se aplica a diversos problemas esenciales, por ejemplo, el valor real de los llamados derechos humanos («El esclavo, sombra de su señor», 2021) o la trascendencia real (ontológica, no solo ideológica) de los nacionalismos. «Cuatro cuadros y cuatro contrastes. En torno a la cuestión vasca» (septiembre, 2022) es un libro de controversia. Su argumentación se despliega como comentario crítico a otro libro: «La cuestión vasca, dos miradas: Joseba Azkarraga y Javier Sádaba» (2020), de María del Olmo Ibáñez, historiadora y doctora en Filosofía (con una tesis dedicada al pensamiento de Javier Sádaba).

Esta controversia Herranz / Del Olmo (Sádaba) no contiene ni descalificaciones personales ni argumentos «ad hominem», porque la verdadera tarea es soslayar la batalla ideológica (partidista) para centrarse en la reflexión histórica y filosófica. El nacionalismo es un arma moral en manos de intereses de grupos definidos (frente a otros), pero por esta vía ¿cómo asumir éticamente la defensa del asesinato etarra en términos de «necesidad histórica»? Determinados personajes han defendido expresamente esta «necesidad histórica». Sádaba (al igual que el político de Eusko Alkartasuna, Azkarraga) se ha opuesto al terrorismo, pero admite la dialéctica de una revolución nacionalista.

Frente a esto, Pérez Herranz ha llegado a un diagnóstico contundente: «El nacionalismo siempre es perverso». ¿Tiene fundamento esta contundencia? El libro que comentamos trata, precisamente, de argumentarlo con precisión y profundidad histórica. ¿Puede el nacionalismo vasco plantear que posee un criterio legítimo de carácter superior (no ideológico, sino histórico-ontológico), para dirimir la confrontación de intereses y aspiraciones dadas en el seno de una sociedad: la española? Desde Sabino Arana hasta las últimas ramas del nacionalismo secesionista, estimarán que sí, que ese criterio superior existe. Pérez Herranz llegará a la conclusión de que no es así.

Tras los pasos de historiadores como Caro Baroja, García de Cortázar, Díaz de Durana, Martínez Gorriarán, Juaristi, Otazu, Azurmendi o Aranzadi, y con la ayuda de la filosofía de la historia que nuestro autor ha ido laboriosamente construyendo, ya no se trata de desmentir la existencia de un pueblo que hundiría sus raíces en la descendencia directa de Noé, de uno de sus nietos venido a Hispania, o de que el euskera sea una de las lenguas que Dios habría dado a la especie humana, sino de volver patente las líneas argumentales que, si no se acogen ya a estos orígenes, sí se amparan en la filosofía de la historia que enlaza con esos supuestos fabulados, aunque ahora modernizados. ¿Qué supuestos son esos? ¿Puede defenderse que el pueblo vasco posee legítimamente derechos excepcionales? En la filosofía de la historia de Pérez Herranz se contraponen los «lindos» frente a los «tornadizos». Todos los vascos serían lindos, según la leyenda. Los lindos (cristianos viejos) son puros por línea genealógica, mientras que los tornadizos (cristianos nuevos: moriscos o judíos conversos) son españoles que no podían obtener determinados empleos, porque su «limpieza de sangre» no estaba acreditada. Un lindo sostendrá que hay dos tipos de personas: superiores e inferiores.

Un tornadizo (como Cervantes, Teresa de Jesús o Spinoza) defenderá que todos los seres humanos son fruto de múltiples cruces y de infinidad de mezclas de acontecimientos históricos. El libro alcanza a mostrar en qué términos la monarquía castellana y los Augsburgo concedieron privilegios sucesivamente a las provincias vascongadas (hasta llegar a la «hidalguía universal»), y explica el papel que jugaron las ferrerías vascas, el monopolio del comercio industrial, el acceso a los puestos de funcionario del estado (secretarios, escribanos…) que la expulsión de los moriscos iba dejando vacante. Pero este rol territorial de los «vizcaínos» dentro de la estructura económica española había que revestirlo de elementos intemporales (para eso está la mitología). Ahí encaja el recurso a la pureza, de modo que habrá que ensanchar el mito: «estas tierras (fronterizas), nunca habrían sido conquistadas por romanos, celtas o árabes». Por ello serán precisas leyes reforzadas que expulsen a los cristianos tornadizos y no solo a los judíos. Y se comprende muy bien por qué Sabino Arana soñó con un país étnicamente puro bajo el principio supremo de la catolicidad. Y se entiende por qué ETA en la segunda mitad del siglo XX se acogió al nuevo ideal legitimado de la descolonización. ¿Pero es que tiene sentido afirmar que el País Vasco ha sido colonizado? A la luz de los rigurosos análisis de Pérez Herranz, la función que el nacionalismo (el periférico y el central) tiene en la historia, de pronto, se ha esclarecido.

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