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Proust, perdido y hallado en el tiempo

Un par de libros que arrojan luz sobre la figura del autor de la Recherche al cumplirse cien años de su fallecimiento

Cultura - Libros

Marcel Proust empezó a escribir "En busca del tiempo perdido" en París en 1906 y hasta seis años después no completaría su primer borrador. Como se trata de una búsqueda del tiempo, el argumento se alía sin quererlo con los años, los meses, los días y las horas empleados en dar forma a uno de los trabajos literarios considerados cumbres del pasado siglo. Por las sucesivas novelas, o quizás deberíamos decir por la novela, circulan los flujos y reflujos de la memoria, los deseos y sentimientos de los personajes que vagan por las páginas en perfecto diletantismo. No se conocen sus profesiones: simplemente están ahí para llenar los momentos del lector con sus ocurrencias, como los clásicos griegos o los protagonistas romanos de las bacanales. Hay quienes todavía piensan que se trata de una autobiografía del propio Proust. No es así, el autor se valió de su experiencia en los salones para convertir su obra, o la del narrador, en un espejo caprichoso de su vida y de las de otros que frecuentó. El narrador y el autor se mueven en los mismos ambientes o parecidos, pero no hay que confundir. Así lo pensaba Nabokov, acertado en su análisis de la novela. Proust le confesó alguna vez a Élisabeth de Gramont que lo suyo era mirar por el ojo de la cerradura. Ella hacía lo mismo. Robert de Montesquiou, Madame Straus, Antoine Bibesco, Antonelli, la pícara de Polignac, la condesa de Chevigné, etcétera, serán parte de ese espejo caprichoso de "En busca del tiempo perdido", que proyectará sus reflejos en Charles Swann, Odette de Crécy, Robert de Saint-Loup, el barón de Charlus o Madame Verdurin. También están los baños de mar, el Gran Hotel y la playa de Cabourg, y siempre la evocación de Combray, con sus campanarios, y los caminos que solía recorrer el narrador de pequeño. El que va en dirección a Meséglise pasando por Tansoville, donde vive Swann, y el que termina en la casa de los duques de Guermantes. En cada una de las siete partes de la novela vuelven los caminos a cruzarse en la memoria.

En el libro "Siete conferencias sobre Marcel Proust", que acaba de publicar Ediciones del Subuelo, el desaparecido editor y catedrático Bernard de Fallois, uno de los grandes observadores de la obra del escritor francés, se detiene en los personajes que pueblan la Recherche, para imponer claridad sobre sus aportaciones radicalmente nuevas. En primer lugar, está el impacto del tiempo en algunos de estos personajes que van cambiando a lo largo de la novela y sorprenden con un nuevo rasgo de carácter cada vez que aparecen. Y también cómo el escritor supo darles la palabra para hacerlos increíblemente vivos y despertar sonrisas en los lectores, lo que le convierte, como señala Fallois con un toque provocador, en el verdadero autor de "La Comedia Humana", sin querer quitarle méritos a la extensa trama dramática más que cómica de Balzac. Según Fallois, Balzac creó héroes de novelas con destinos singulares, que representan una sociedad realmente pequeña, Proust identificó leyes universales sobre el hombre con solo una treintena de su numeroso elenco de personajes. Las conferencias de Bernard de Fallois son, pues, una vuelta a las fuentes donde el proustiano refrescará el objeto de su pasión, pero sobre todo entretendrán al neófito que se pueda sentir abrumado ante la monumentalidad literaria, la imagen inflada de Proust a lo largo de los años y la reverencia que reclama. ¿Qué dijo realmente el autor de la Recherche sobre las cuestiones que interesan a todos? ¿Cuál es su verdadero lugar en la literatura? Fallois responde.

Marcel Proust, que desconfiaba del recién inventado teléfono, era un grafómano devoto de la correspondencia. Desde adolescente, luego en el mundo, en el tiempo de Ruskin, durante la génesis de la Recherche, en el corazón mismo de la Gran Guerra, hasta su muerte en 1922, escribió sin tregua a parientes, amigos, a los defensores de sus libros, a sus enemigos e indiferentes, a multitud de expertos en cosas del arte, se refirió discretamente al amor, a la coquetería y a las finanzas. En sus cartas hay confidencias íntimas (¡destrúyanlas!), impresiones sobre lecturas, negociaciones con editores, comentarios sobre actualidad política, y también, en forma de bocetos, una serie de episodios y motivos que alimentan la investigación. "Marcel Proust. Cartas escogidas", la edición de Estela Ocampo, publicada ahora por Acantilado, reúne 179 de ellas, escritas desde los diecisiete años hasta sus últimos días; por la diversidad del tono, las formas y las posturas que adopta el grafómano, ofrecen una luz insustituible sobre la monumental obra proustiana.

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