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Gramsci y la novela detectivesca

El profesor de Filosofía Ramón del Castillo indaga en la recepción del policial por la crítica marxista

Antes de analizar el ensayo "Divinos detectives: Chesterton, Gramsci y otros casos criminales", de Ramón del Castillo, profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la UNED, se impone relatar el nacimiento de este original y profundo trabajo. En 2020, durante la XXXIII Semana Negra de Gijón, se organizó una mesa debate en la que se encontraba el profesor Del Castillo, el escritor Juan Madrid y un servidor, con el título "Marxismo y novela negra: de Gramsci a Mandel". La exposición del primero sobre la postura de Antonio Gramsci respecto al relato policial se publicó en el número 4 de "A Quemarropa" el 6 de julio de 2020, con el título de "Los detectives de Antonio Gramsci". Posteriormente, en mayo de 2022, se organizaron en el Círculo de Bellas Artes unas jornadas con el título "Crimen e ideología" en las que tomaron parte los profesores Del Castillo y Cristina Oñoro. Este proceso es el que culminó con el ensayo "Divinos detectives", al que se añadió el filósofo y crítico cultural Fredric Jameson con un interesante prólogo.

En esta publicación, el profesor Del Castillo se centra en la novela detectivesca que se escribía y publicaba antes de la llegada del hard-boiled –con Raymond Chandler y Dashiell Hammett como referentes–, y que fue la única que conoció Gramsci. De ahí que el ensayo comience con los estudios del género detectivesco de Ricardo Piglia, Fereydoon Hoveyda, John Walton, Jorge Luis Borges, W. H. Auden, Jacques Rivière y Georg Lukács. La mayoría de ellos considera que es un tipo de novela que nace con la creación del Estado burgués y los cuerpos policiales profesionales. Algunos la ven como una evolución de la novela de aventuras y, en otras ocasiones, como reflejo de un sistema que elogia la seguridad burguesa. "Las narraciones de Doyle fueron un ejemplo de una ideología de la seguridad" (p. 34), nos dirá Lukács a este respecto.

A partir del epígrafe 5, el autor se introduce en la forma de ver este género por los teóricos marxistas, principalmente Lukács, Walter Benjamin, Bertolt Brecht, Ernest Mandel, Siegfried Kracauer, Theodor W. Adorno y, en especial, Gramsci. Antes de detenerse en el padre del eurocomunismo, el autor recrea la Italia fascista de Benito Mussolini, con su forma de entender la novela policial y su utilización: obligar a las editoriales a que un 20 % de los autores fueran italianos y no permitir que los delitos de sus ficciones se cometieran en territorio nacional. En 1937, el Ministerio de Cultura del gobierno de Mussolini aún incrementó su presión y prohibió que los asesinos fueran italianos, promoviendo la imagen de una Italia segura y ordenada. Esto provocó que se ambientaran las tramas en países extranjeros y que no naciera una novela autóctona, sino esquemas importados. Como podemos observar, es el mismo camino que siguieron, posteriormente, el régimen de Franco y las dictaduras latinoamericanas.

En ese escenario y desde la cárcel, Gramsci comienza a leer a Gilbert Keith Chesterton y a Arthur Conan Doyle en las publicaciones que le hacía llegar su cuñada. De tal manera que el filósofo y líder del PCI, el 6 de octubre de 1930, escribió desde la cárcel de Turín a su cuñada agradeciéndole el envío y descolgando una serie de reflexiones sobre la ficción criminal que han sido orilladas por los analistas de su obra. En dicho texto, considera a Chesterton un gran artista y a Doyle un escritor mediocre; además, analiza cómo el personaje del padre Brown es un católico que se burla de la forma de pensar mecánica de los protestantes que representa Sherlock Holmes. Brown utiliza el método psicológico de la confesión católica unida a la casuística sacerdotal que conoce para llegar a la verdad. Gramsci cree que Brown derrotaría a Sherlock Holmes, haciéndole parecer un niño pequeño pretensioso.

"Brown no descubre los misterios gracias a la iluminación divina, sino porque usa la cabeza, la imaginación y, sobre todo, el sentido común. Holmes es demasiado racional y en la vida real había adivinado la mitad de los hechos mucho antes de deducirlos. En lugar de deducir a partir de rasgos caligráficos la inconsistencia de unos sospechosos, habría visto en sus caras que eran un par de sinvergüenzas" (p. 129).

Sea como fuere, Ramón del Castillo ha culminado una investigación de obligada presencia en todas las bibliotecas dedicadas a la ficción criminal.

Divinos detectives

Ramón del Castillo

Círculo de Bellas Artes, 184 páginas, 13 euros

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