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La crisis llevada a escena

En «El gran teatro del mundo», Philipp Blom dibuja un lienzo con la historia y las catástrofes que traen como reacción los grandes cambios sociales

PABLO GARCIA

«El gran teatro del mundo», un ensayo sobre el poder de la imaginación en tiempos de grandes cambios, del historiador alemán Philipp Blom (Hamburgo, 1970), surge de un encargo con ocasión del centenario del Festival de Salzburgo. Tratándose de una reflexión social y no exclusivamente artística, no es que no tenga nada que ver del todo con la dramaturgia escénica. Como cuenta el propio autor, según la concepción clásica del drama, hace ya mucho tiempo que el mundo vive sumido en una crisis sin que podamos entrever lo que vendrá a continuación, si una catástrofe más o el destello de una catarsis. El pequeño libro de Blom evoca la magia del escenario como una superficie de proyección, un lugar de imaginación compartida donde puede tener lugar el descubrimiento. Muestra, por ejemplo, que si bien William Shakespeare sospechaba que estaba viviendo una época de agitación, sus obras describían una visión que no había cambiado significativamente desde la tragedia griega. Sus personajes se quiebran por circunstancias irrefutables y muchas veces terminan muriendo de una manera trágica y bella, pero simplemente mueren. Casi doscientos años después de Shakespeare, los héroes de Friedrich Schiller también fracasarían bajo el abanico de las circunstancias, pero con una diferencia decisiva: quieren cambiar el mundo sin rebelarse hacia su infortunio personal pero sí contra la injusticia del orden imperante. Exigen libertad, igualdad y fraternidad para todos. Con la Ilustración, se abren formas de pensar e imágenes completamente nuevas, por lo que se supone que con la crisis actual tendrían que resurgir también nuevas historias. Por qué no ocurre así, es algo para lo que Blom no encuentra demasiadas respuestas, salvo cuando se refiere al movimiento antiglobalización.

Blom marca una distancia con la situación actual al yuxtaponer tres crisis históricas decisivas desde hace mucho tiempo con sus trastornos y persigue los cambios resultantes en la conciencia. Se trata de la llamada Pequeña Edad de Hielo en torno a la segunda mitad del siglo XVI, el Siglo de las Luces y la Primera Guerra Mundial. Con esta distancia histórica, la visión de nuestro presente se hace más precisa e ilustrada. En comparación con la crisis actual, surgen perspectivas sorprendentes. Como entonces, hoy se deberían encontrar nuevos enfoques para pensar, vivir y sobrevivir. En la llamada Pequeña Edad de Hielo la temperatura de Europa descendió drásticamente lo que trajo inviernos severos y largos que duraban hasta finales de mayo y veranos lluviosos, cosechas catastróficas, hambrunas, epidemias y disturbios sociales. Subió el precio del grano y se produjo una terrible inflación, los ríos y también algunos puertos se mantenían congelados, y los pájaros caían del cielo ateridos. El mundo se sumió en una crisis existencial como no se había conocido hasta entonces. Todavía se discuten las causas científicas de aquello pero las consecuencias están claras. En aquel tiempo de oscurantismo se atribuían las calamidades a los castigos divinos y a la brujería. Se inició una caza de brujas. El calentamiento y el cambio climático en la actualidad es achacado al maltrato del planeta por parte del hombre, aunque existe también un negacionismo más o menos argumentado. Hay que agradecer que nadie hasta ahora haya ido a la hoguera por ello. Después de la Pequeña Edad de Hielo, los botánicos, cuenta Blom, empezaron a investigar empíricamente el modo en que la agricultura podía ser más productiva e introdujeron la patata y el maíz como nuevos cultivos. En un solo siglo, de un mundo tardofeudal de campesinos surgió un paisaje precapitalista en torno a los mercados urbanos. La vida cambió.

Lo que Blom viene a explicar en su reflexión sobre el gran teatro del mundo, es que teníamos un modelo social, democrático y económico que funcionó muy bien en la posguerra y que ahora está fuera de control. Ha mudado y es lógico, se trataba de una fórmula diseñada para el crecimiento. Con ella no solo era posible crecer, sino que crecer era obligado para evitar la propia desaparición del modelo. Un crecimiento tan rápido solo puede lograrse con un mayor consumo de recursos, y el crecimiento infinito no es posible con recursos finitos. De modo que la pescadilla se muerde la cola. Blom sostiene que estamos socavando nuestro propio sustento. Y, mientras, la historia sugiere que un gran cambio solo ocurre cuando un sistema que ha tenido éxito durante mucho tiempo choca tanto con la realidad que en algún momento ya no es practicable.Todo ello nos lleva a la misma pregunta: ¿en qué tipo de sociedad queremos vivir realmente?

El gran teatro del mundo

Philipp Blom

Traducción de Daniel Najmías

Anagrama. 144 páginas

18 euros

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