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El tapiz de vidas de Mary Cholmondeley

El tejido de personajes y la trama de "Diana Tempest" permiten a la novelista inglesa adentrarnos de lleno en la estupidez humana

Mary Cholmondeley, por Pablo García.

Mary Cholmondeley, por Pablo García.

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M. S. Suárez Lafuente

La obra de la novelista inglesa Mary Cholmondeley (1859-1925) tuvo un moderado éxito en su momento, perdida entre la mucha y buena literatura que se publicaba en el país y el interés creciente del público lector hacia temas relacionados con el capitalismo incipiente y el reparto de poder en Europa y en las colonias. Si bien es cierto que la sexta novela de la autora, «Un guiso de lentejas», publicada en 1899, obtuvo un notable éxito y fue llevada al cine por Meyrick Milton en 1918, con el título, en inglés, de «Red Pottage».

Cholmondeley, que «no tenía ni belleza ni dinero» para atraer a un marido, casi la única forma de subsistencia de las mujeres de la época, se dedicó a cuidar a su madre enferma y a escribir novelas, aunque, al principio, hubo de hacerlo bajo pseudónimo, puesto que los temas sobre los que escribía se consideraban impropios de una señora. Al publicar, en 1893, su cuarta novela, «Diana Tempest», más atemperada en su temática, la autora se arriesgó a firmar con su nombre real.

«Diana Tempest» exhibe una estructura muy inteligente a lo largo de sus más de 400 páginas, en las que un número considerable de personajes se mueve de manera natural, cada uno a su debido tiempo y con sus características individuales; unas vidas se imbrican en otras sin que se pierda nunca el ritmo de la narración. Esto permite a Cholmondeley hacer crítica social, darnos opiniones éticas y morales variadas y, aún así, mantener su obra alejada de cualquier carácter moralista o didáctico. Cada uno de sus cuarenta y cuatro capítulos, conclusión incluida, lleva una cita como entradilla que refuerza la opinión de la novelista y la enlaza con toda una tradición literaria.

«Diana Tempest» mezcla la tragedia con el humor y con la más fina ironía, mezcla el realismo de la novela de su tiempo con la prosa poética y describe tanto la vida de la aristocracia decimonónica, generalmente venida a menos por los avatares de la industrialización, como la de la gente de a pie y los vividores del momento. Con los diferentes personajes, la autora nos introduce en el pensamiento de quienes saben reflexionar y tienen tiempo para hacerlo, pero también nos adentra de lleno en la estupidez humana.

La crítica ha comparado a Cholmondeley con Jane Austen (1775-1817), sobre todo, en lo que se refiere a la ironía con que describe a algunos de sus personajes. El coronel Tempest, que abre la novela, es un ejemplo inagotable e ilustrativo de esta aseveración, pues de él dice que «se entregaba a las reflexiones que le planteaba su intelecto de calibre medio y exento de gravámenes que él creía profundo». Su inconsistencia personal le convierte en un activo de la novela, a pesar de que es un pusilánime, pues pone en marcha, por puro egocentrismo, la trama criminal que atraviesa toda la narración y deja un número considerable de asesinos a sueldo sueltos por el país y a la caza de uno de los personajes principales. La autora consigue mantener esta tensión, reavivándola convenientemente cada cierto tiempo, a la manera de otro gran escritor contemporáneo suyo, William Wilkie Collins (1824-1889).

Cholmondeley cita una y otra vez a Mary Ann Evans (1819-1880), quien sólo pudo publicar bajo el pseudónimo de George Eliot, no solo por lo «escabroso» de sus temas sino por vivir abiertamente con un hombre casado. Evans es la autora de, entre otras muchas, una novela fundamental en la historia de la literatura occidental, «Middlemarch» (1871-1872). En ella establece la teoría de la tela de araña, según la cual, lo que sucede en un punto cualquiera del tejido social repercute, tarde o temprano, en el resto de los puntos de la conexión. Cholmondeley, fiel a su maestra, recoge sus palabras como falsilla de su novela: «Las olas pequeñas hacen las grandes, y unas y otras responden al mismo esquema».

El castillo de Overleigh y sus extensos terrenos circundantes se convierten en un personaje más y hacen de la obra una novela denominada «de lugar», es decir, aquella que se refiere reiteradamente a un espacio físico que imprime carácter a los personajes, configura sus acciones y determina el destino de muchos de ellos, al igual que Manderley en «Rebeca (1938), la novela de Daphne du Maurier.

La galería de personajes que se mueven tanto dentro de Overleigh como en torno a él constituyen un variado desfile de la sociedad que Cholmondeley conocía bien desde su atalaya pequeño-burguesa de hija de un vicario inglés y de una ávida lectora de literatura. Overleigh es un digno escenario del «upstairs, downstairs» de la época, en el que se mueven tanto la gente de las clases medias y altas como la servidumbre, resentidos algunos y agradecidos otros, y las personas advenedizas de todas las capas de la sociedad. En la novela se inscribe con la misma fuerza la enfermedad y la muerte en un barrio envuelto en la miseria que la fiesta nocturna de las luces en un Overleigh ornado por el hielo.

La novela habla de "egoísmo, mentira, traición e infidelidad"

En «Diana Tempest», Cholmondeley ofrece a cada personaje la oportunidad de reconocer su propia historia, en mayor o menor medida, por lo que tanto nos conmueve la ternura de Mitty, una de las criadas, como la entereza de Lord Hemsworth, lo etéreo de la tía Fane o la frivolidad de Madeleine. El cuadro social de la novela no estaría completo sin el concurso de todos estos personajes y sus motivaciones, que hacen que, a pesar de los muchos acontecimientos difíciles e incluso violentos que suceden en la obra, comprendamos las razones que mueven a cada uno de ellos a actuar de la forma que lo hacen. En esta novela no hay buenos ni malos.

Esta cercanía a las vidas tanto pasadas como actuales de los personajes, engarzadas en la novela de manera coherente, dan al tiempo narrativo un efecto peculiar. Según la edad y las expectativas de quien lo percibe, unas veces «nunca importaba qué hora del día era», otras no terminaban de pasar los minutos, y en los acontecimientos álgidos, el tiempo y lo que éste puede abarcar deja estupefacto a quien lo considera: «[e]n realidad no había pasado todavía una semana desde aquella tarde remota, aislada del presente como por un abismo en que…». Quienes leemos nos movemos con este flujo temporal y con quienes lo habitan en cada momento, de ahí lo inteligente de esta cadencia.

Es difícil ser más precisa sobre «Diana Tempest» sin caer en los spoilers; pero baste decir, con las reseñas publicitarias, que trata de amor y desamor, matrimonios adulterados en su base, herencias, amistad, «egoísmo, mentira, traición e infidelidad». Todo esto está, efectivamente, presente en la novela, pero el tapiz final es mucho más, ofrece un conocimiento profundo de la condición humana y es un ejemplo perfectamente sostenido de que nada de lo que hacemos es irrelevante para nuestra biografía ni para el conjunto de la sociedad en la que vivimos.

Diana Tempest

Diana Tempest

Diana Tempest

Mary Cholmondeley

Traducción de Ricardo García Pérez

Nocturna, 476 páginas, 19,95 euros

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