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La duquesa amenazada

Ingeniosa e irónica, Maggie O’Farrell despliega una prosa elegante y cautivadora para devolver la vida a Lucrezia de Medici en "El retrato de casada", una novela, en la estela de "Hamnet", que recrea el Renacimiento

Maggie O'Farrell, por Pablo García.

Maggie O'Farrell, por Pablo García.

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

"He aquí a mi última duquesa pintada en la pared, como si estuviera viva". El monólogo dramático de Robert Browning es un poema narrado en el que en pocas líneas el duque de Ferrara cuenta la historia de su primer matrimonio al enviado especial que negocia los términos del segundo. Oscar Wilde dejó escrito que Browning sería recordado como un autor supremo de ficción que usa la poesía para poder expresarse en prosa. Lucrezia, silenciada por el marido que insinúa su asesinato, volvía a serlo también una vez más por Browning. Maggie O’Farrell le devuelve la vida en una espléndida novela que sigue la estela de "Hamnet", su obra anterior, aclamada por la crítica y celebrada por sus buenas ventas. Dado que el poema trata sobre un retrato aunque inverosímil, es natural que la pintura sea protagonista de las páginas del libro. En "El retrato de casada" todo fluye en medio de un suspense lujosamente imaginado; O’Farrell es generosa en imágenes, y su prosa rezuma cierto perfume embriagador; la historia que ya conocemos no le preocupa demasiado y pretende contarla de otra manera: a través de los ojos de una niña precoz, mujer de espíritu salvaje y desafiante, dotada de un extraordinario talento artístico, a la que pretenden someter.

El Renacimiento como decorado de fondo está cuidadosamente descrito con poderosas y a la vez delicadas figuras visuales: fuego, agua, miel, viandas, caballos, fieras y bordados. Afloran los detalles, nada se escatima. Las novelas excepcionales suelen mantener a plena luz sus claves ocultas. El color del pelo de una capa, los interiores de las estancias y los revestimientos de seda de las ventanas de un palazzo. Ninguna sensación o efecto luminoso queda sin reflejar. O’Farrell escribe en un cercano tercer tiempo presente y el lector, por momentos, llega a la conclusión de que esta autora irlandesa de ficción no ha recibido todavía los adjetivos que se merece: ingeniosa, inventiva e irónica. Incluso veraz.

Todo está bien cosido en "El retrato de casada": uno de los pasajes iniciales marca trágicamente el compás de la historia. Lucrezia di Cosimo de’ Medici, de siete años, destinada a casarse a los trece con Alfonso, heredero del Ducado de Ferrara, y morir solo tres años después en circunstancias extrañas, sigue a su padre, el gran duque de Florencia, al sótano del palacio que alberga su colección de criaturas exóticas. La niña se ha preparado para la visita: ha escuchado que su progenitor ordenó la captura de una tigresa y anhela verla. El duque conduce a sus hijos por estrechas escaleras y a través de pesadas puertas, vigiladas por soldados, hacia un grupo de animales salvajes, monos, lobos, un oso, dos leones, que se pasean inquietos rugiendo de un lado a otro. En la última jaula, le dicen, está la tigresa, escondida en las sombras. Mientras que el padre y sus hermanos siguen adelante, Lucrezia se queda atrás, prendida de los barrotes. La tigresa emerge de la penumbra: es lo más hermoso que ha visto en su vida. "Miraba a Lucrezia a los ojos, fijamente. Por un momento, la niña tuvo la sensación de que iba a pasar de largo, como la leona. Pero se detuvo justo enfrente de ella. No estaba pensando en otra cosa, como la leona. La había visto, estaba allí con Lucrezia; tenían muchas cosas que decirse la una a la otra. Lucrezia lo sabía… y la tigresa también" (pág. 51). Llega a rozarla pero la arrancan de ella con la mano aún extendida. Más tarde se entera de que la puerta entre la jaula de la tigresa y la de los leones queda abierta y esta es mutilada hasta la muerte. La secuencia es corta, extraña y onírica, no parece destinada a sobresalir en el conjunto puesto que aún queda mucho hasta el final. Sin embargo a medida que pasan las páginas y la atmósfera toma cuerpo y se condensa, vemos cómo se adentra en el corazón de la novela, presagiando sus imágenes recurrentes –la sensación de que la niña protagonista, un ser vulnerable, se siente enjaulada al igual que la fiera; los espacios opresivos y los personajes sobreexcitados; los destellos de color brillante que cruzan la oscuridad–, pero también los hechos principales que se describen.

Todo fluye en medio de un suspense lujosamente imaginado

En "El retrato de casada", la autora narra la breve y desdichada vida de Lucrezia de’ Medici, desde su nacimiento en Florencia y su educación en la corte de su padre, hasta el matrimonio forzado con el pudiente Alfonso, una unión que en principio parece ofrecer libertad y que poco a poco se revela como una trampa siniestra y espantosa. Es precisamente el retrato de matrimonio que el duque de Ferrara encarga para su novia lo que pone de manifiesto el deseo de controlar no solo lo que ella hace, sino también quién es. Él elige su vestido, sus joyas y accesorios, sus poses. Le dice al pintor que quiere que se sepa quién es desde el primer instante: una figura regia, refinada e intocable. No cuenta con que Lucrezia, artista también, sabe buscar la complicidad de quienes tienen la misión de inmortalizarla. El resultado es un retrato que, como sus propias pinturas, propone convencionalidad en la capa superficial y subversión en una segunda mirada. El duque solo ve en él lo que quiere: la transformación de la mujer que piensa y siente en un símbolo más de su poder, otro hermoso objeto para la colección. Al mostrarse maravillado por el trabajo, Lucrezia se da cuenta de que la pintura asumirá el que tendría que ser su papel en la vida del esposo. El amor que recorría las páginas hipnóticas de "Hamnet", su anterior recreación histórica, es en la última novela de Maggie O’Farrell amenaza constante, acecho que no ceja. La vida suspendida de un hilo.

Las intrigas se pueden oír a través de las paredes y en los pasillos. Crece la inquietud. ¿Qué pasará ahora con la mujer a la que el duque en una ocasión, en un lapso amenazador, se refirió, como su primera duquesa? En realidad, Alfonso II volvería a casarse dos veces, ninguna de ellas con descendencia. El propio Browning se equivocó, alegando que había ordenado ejecutar o encerrar a Lucrezia en un convento. La autora irlandesa de "El retrato de casada" propone una resolución del misterio planteado por el poema en una única versión. El peligro que se cierne, la tensión y el suspense acompañan la lectura, mientras Lucrezia, enjaulada como la tigresa que trajo su padre a Florencia, trata de escapar en medio de una estremecedora indefensión de su destino mortal.

O'Farrell portada

O'Farrell portada

El retrato de casada

Maggie O’Farrell 

Traducción de Concha Cardeñoso 

Libros del Asteroide, 400 páginas, 23,95 euros 

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