Fragmentos para apuntalar las ruinas

David Markson abre espacio a la emoción en "La última novela", donde culmina su desafiante e insólita trayectoria narrativa

David Markson, por Pablo García.

David Markson, por Pablo García. / .

Luis Muñiz

Luis Muñiz

"El Novelista hablará más de sí mismo solo cuando no encuentre ninguna manera de evitarlo, pero no en caso contrario".

"Su último libro. Lo cual también proporciona al Novelista carta blanca para […] escribir en un género propio y personal, por decirlo así".

"El género personal del Novelista. En el que parte del experimento consiste en permanecer entre bambalinas todo lo posible, mientras compele al lector atento a quizá recobrar el aliento cuando las cosas pese a todo llegan a un final".

"No lineal. Discontinuo. Como un collage. Una recopilación".

"Viejo. Cansado. Enfermo. Solo. Arruinado".

Estos cinco fragmentos pertenecen a "La última novela" (2007), el libro con que el escritor estadounidense David Markson (1927-2010), autor de la celebrada "La amante de Wittgenstein" (1988, Sexto Piso 2022), culminó su desafiante e insólita trayectoria narrativa; una novela que apenas puede considerarse una novela, pues carece de cualquiera de los elementos que solemos buscar en una novela: trama, personajes, perfiles psicológicos, diálogos, intriga… Todo lo cual, sorprendentemente, vamos descubriendo a medida que leemos que, de alguna forma, la novela de Markson sí tiene, por más que la naturaleza de su escritura, radical y felizmente experimental, y que progresa valiéndose de yuxtaposiciones y repeticiones sujetas a variaciones mínimas, la aproxima más al tipo de poema que inaugura "La tierra baldía" –o al Beckett de "Fin de partida" o "La última cinta de Krapp"– que al modelo de novela posmoderna norteamericana, su pariente narrativo más cercano, ya nos lo sirva Pynchon o Foster Wallace. Como Eliot, además, Markson es capaz de hacer brotar una devastadora corriente emocional –la que encarna el Novelista cuando esporádicamente "habla más de sí mismo"– de la ingente acumulación de anécdotas sobre literatos, artistas, pensadores y científicos que pueblan las 190 páginas del libro, fragmentos con los que, de eliotiana forma, el Novelista también quiere "apuntalar sus ruinas".

Lo que ya tiene más difícil explicación es la intriga que despierta en el lector una escritura en apariencia tan estéril. Es verdad que el cuidadoso trenzado de las anécdotas y la meticulosa graduación, en suave alternancia o firme oposición, de las humoradas y las efemérides ("2 de febrero de 1940, Meyerhold fue ejecutado el") ayudan a hacer inesperadamente entretenida y placentera la digestión de los fragmentos; y lo recalco: inesperadamente; pero ¿por qué, además, tan cautivadora, incluso tan conmovedora? ¿Por qué la lectura de 1.800 anotaciones del estilo de "Édith Piaf medía un metro y cuarenta y dos centímetros", o "No hay nada más vergonzoso que ser poeta. Sospechaba Elizabeth Bishop", seduce de tal modo a quien se adentra en las páginas de "La última novela"? ¿Es quizá porque entra con los ojos y los oídos bien abiertos, y provisto de red para cazar mariposas, no de escalpelo? ¿Porque entra decidido a dejarse deslumbrar, es decir, a dejarse descubrir, en vez de para desenmascarar a Markson, ese impostor, ese escritor de novelas que no sabe escribir novelas?

Casi podemos ver al Novelista en su apartamento del Greenwich Village aplicándose a la tarea de seleccionar los fragmentos, quizá todavía pensando que puede apuntalar con ellos una verdadera novela, pues como dice una de las primeras anotaciones en que, siempre en tercera persona, se refiere a sí mismo o a su producto, la suya será su "una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decirlo, menos una buena parte de la novela". Esa "buena parte de la novela" que no consta de "referencias y alusiones intelectuales" no es, descubrimos al llegar al final, una novela al uso, buena pero convencionalmente novela, sino una suerte de dietario discontinuo en que el Novelista, "viejo, cansado, enfermo, solo, arruinado", nos informa de achaques vulgares y de avances de su mal ("metástasis"); de la recepción de sus creaciones ("esas cosillas") y de su respuesta, entre morbosa y desesperada, al incesante goteo de muertes a su alrededor: "Llamar por teléfono a los fallecidos, cuyos contestadores automáticos probablemente todavía nadie ha desconectado, y pensar en sus voces una escalofriante última vez".

Cabe pensar que digerimos a toda prisa las "referencias y alusiones intelectuales" para llegar cuanto antes a la siguiente anotación personal del Novelista, para saber qué le ocurre al final al compulsivo acumulador de anécdotas que escribe cosas como "Nadie viene. Nadie llama" y "La poesía no hace que pase nada. Dijo Auden" –se supone que para distraer pensamientos más funestos, a la vez que para reconocer lo fútil de su tentativa. Sin embargo, también cabe que leamos uno tras otro esos casi dos mil párrafos de cinco o seis líneas como máximo para probarnos intelectualmente, para saber cuánta de esa información ya conocíamos –con lo que Markson estaría jugando con nuestra fatuidad tanto como con nuestra sed de conocimiento, y en medio de una novela que a duras penas puede ser considerada una novela, estaría siendo fiel al primer deber del novelista convencional: provocar una lectura ansiosa que solo se resuelve en la última página.

En las últimas y más perturbadoras páginas del libro, donde la pulsión luctuosa del Novelista se posesiona del texto y el humor se diluye, Markson perfila conmovedoramente el retrato de un hombre roto que se resiste a perder su último atisbo de voluntad, cuando todo a su alrededor lo acosa para que agache la cabeza; el retrato de un escritor luchando a brazo partido por seguir en la brecha, aunque sea ordenando las notas para una novela que no va a tener tiempo de escribir. (Otra de las posibles interpretaciones de la obra, y que a este lector, insospechadamente, le llevó a pensar en la relación que guardan los "Pensamientos" de Pascal con su abortada "Apología de la religión cristiana".)

En la última línea de la última página de "La última novela", el Novelista escribe: "Als ick kan: Lo mejor que puedo hacer", una frase en neerlandés antiguo que, según anota, Jan van Eyck escribió o grabó en el marco de uno de sus retratos. Y así, a no dudar, el Novelista nos entrega lo mejor que puede hacer, quizá lo único (ya) que puede hacer: nos entrega la ruina que él es, y la hermosa ruina que su última obra aspira a ser.

la ultima novela

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La última novela

David Markson

Traducción de Mariano Peyrou

Sexto Piso, 190 páginas, 19,90 euros

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