Música
El tejido musical europeo se forja a base de giras
Las actuaciones de las orquestas por el continente ayudan a crear una identidad común

La Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Lorenzo Viotti, el pasado 22 de junio, en el Auditorio de Oviedo. / David Cabo
Hay numerosos estudios sobre los múltiples vínculos que han configurado la identidad cultural y social europea. Desde el desarrollo del ferrocarril que sustituyó a las rutas anteriores forjadas a lo largo de los siglos, una serie de valores políticos comunes que el tiempo ha llevado a converger, o incluso el cristianismo como fermento común y otros muchos factores de mayor o menor enjundia.
En el ámbito estrictamente cultural no se suele tener muy en cuenta un aspecto que, desde mi punto de vista, vertebra el continente con una intensidad inusitada. Y este es el intercambio y trasiego musical protagonizado por los artistas de forma individual, algo que ya vemos desde el Medievo, y que alcanzará su plenitud en el pasado siglo XX, teniendo un hito fundamental en el continuo fluir por el continente de las orquestas sinfónicas.
La mejora de las comunicaciones y la planificación a largo plazo de las agendas artísticas ha posibilitado un tejido musical, una trama muy tupida que ha permitido al público, a través de las temporadas de conciertos y de los festivales, disfrutar de formaciones de todos los países europeos y, de este modo, asistir a interpretaciones y versiones muy contrastadas del gran repertorio común, así como el descubrimiento de otras escuelas nacionales que son menos conocidas y que rompen, de esta forma, su aislamiento.
Mover una formación de cien profesores no es fácil. Requiere una logística que tiene un coste importante
Mover una orquesta de cien profesores no es fácil. Requiere una logística que, por sí misma, tiene un coste muy importante. De ahí que las orquestas apenas tengan beneficios económicos con sus giras de conciertos. Lo que sí tienen son otro tipo de resultados que, a largo plazo, son de mayor calidad: los que proporciona el contacto con otras realidades, la mezcla con otros públicos y colegas. Y la idea de un sustrato común, de una misma cultura que une y no separa. Que autores como Beethoven, Chaikovsksi, Ravel, Falla, Mozart o Dvorák, por poner unos ejemplos al azar, formen parte de un patrimonio compartido implica la obligación sobre un legado que hay que preservar y transmitir a las siguientes generaciones. Y las orquestas siguen en ruta, con ese mensaje de fondo, en un sistema de giras que comenzó a gestarse tiempo atrás pero que, tras la Segunda Guerra Mundial, se asentó con fuerza hasta nuestros días. Todo ese movimiento crea vínculos y conforma una identidad común. Las orquestas sinfónicas son una parte esencial de nuestra cultura y su trabajo ha de estar enfocado en un futuro por el que hay que luchar con el convencimiento necesario frente a todos los que quieren deshilvanar una cultura pública, vertebradora de los más importantes valores europeos.
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