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Un debate central

"La definición liberal de la libertad", de Raymond Aron, nace como comentario al Hayek de "Los fundamentos de la libertad" y explicita las discrepancias entre ambos

Raymond Aron.

Raymond Aron. / LNE

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Óscar R. Buznego

Óscar R. Buznego

Para muchos la libertad es el valor supremo. Por ella se han entregado innumerables vidas. Puesto que siempre hay una libertad por conquistar, así como la posibilidad de perderla, el anhelo permanece en forma latente dispuesto a manifestarse en cualquier momento. A medida que evoluciona una sociedad, la libertad suscita mayor aprecio en los individuos y una sensibilidad más a flor de piel. Pero la libertad, por exceso o por defecto, en todos sus grados, afecta integralmente a la vida de las personas, tanto la particular como la colectiva, y en consecuencia resulta problemática. Los filósofos, a través de los siglos, le han dedicado una atención preferente. Y en la actualidad los científicos están logrando averiguar la complejidad extrema e insospechada que se ocultaba en el interior de la palabra.

La primera cuestión que se plantea es la definición del concepto: ¿qué es la libertad? Acto seguido nos preguntaremos si para nombrarla corresponde utilizar el singular o el plural, si debemos hablar de libertad o de libertades. Luego, convendrá analizar las condiciones que favorecen o impiden su ejercicio. Es preciso explicar por qué la libertad no ha seguido una línea recta en la historia, sino otra sinuosa o discontinua. De estos y otros interrogantes han surgido diferentes concepciones de la libertad, inspiradas en credos, ideologías, corrientes filosóficas o postulados científicos diversos. Un mínimo acuerdo parece lejano, pero gracias a la altura que ha alcanzado la discusión tenemos un conocimiento incomparablemente más profundo sobre las implicaciones de todo tipo de la libertad para nuestras vidas.

Raymond Aron es, junto con Karl Popper e Isaiah Berlin, uno de los llamados "liberales de la Guerra Fría". El texto ahora publicado es un artículo escrito en 1961 a propósito de la aparición un año antes del libro de Friedrich A. Hayek titulado en su versión en español "Los fundamentos de la libertad", que es considerado uno de los grandes clásicos de la teoría política del siglo pasado. En esta edición, está precedido por un trabajo de Gwendal Chaton, publicado en 2016 en Francia, que sirve de introducción. Aron y Hayek se habían conocido en Londres, en las tertulias que celebraba los jueves el Club Reforma, durante la segunda guerra mundial. La relación entre ambos fue respetuosa y cordial, sin ser amistosa. Hayek le envió un ejemplar a Aron y este mostró su admiración hacia el economista austriaco y recomendó la lectura de la obra, convencido de su interés. Pierre Manent, un discípulo de Aron, recomienda este texto como la mejor lectura que se puede hacer para comprender el liberalismo del pensador francés.

En el texto, Aron explicita, con la elegancia que caracteriza su prosa, pero sin remilgos ni rodeos, la discrepancia más que puntual que lo aleja de Hayek. Discute su idea de coerción, la relación que establece entre la libertad y la ley, el individualismo exacerbado y el economicismo que rebosan la obra. Aron y Hayek tienen una coincidencia elemental, por su común adscripción liberal, al lado de enormes diferencias. El choque se produce cuando se posicionan ante la democracia. Hayek propone reducirla a la mínima expresión para garantizar la máxima libertad posible. Aron, que había sido socialista en sus años jóvenes, la defiende como algo más que un procedimiento y entiende que Hayek piensa solamente en el individuo, no en la sociedad, lo que le lleva a ocuparse exclusivamente de la libertad del empresario y del consumidor, pero no de la del trabajador. Concluye que la filosofía política de Hayek admite la combinación de un mercado libre con un régimen político autoritario, supuesto que deja en evidencia su liberalismo excéntrico. Aron percibe que la democracia trae consigo una intervención más amplia del estado en la sociedad y algún riesgo añadido. Sin embargo, para él, un liberal realista y escéptico, la adhesión a una democracia basada en la competencia abierta por el poder, controles y participación política, es incondicional. Lo dice en su crítica a Hayek, en prosa ligera, pero lúcida y densa, que lo distinguen como un intelectual único.

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