Paseo por el amor y la muerte
Gilles Marchand urde una fantasía borisvianesca para asomarse a la peripecia de la Gran Guerra en "El soldado desafinado"

Cultura - Libros
Entre 1914 y 1918, Europa se desgarró en una contienda de una magnitud, una crueldad y una contumacia jamás vistas con anterioridad. Fue tal la estatura del desastre que, a su término, abundaron las voces conmovidas que proclamaron que aquella, sin duda, había sido la última guerra de la humanidad. Una especie de consenso piadoso brotó de la carnicería como una flor moral y se instaló en el ánimo colectivo. Ninguna pesadilla podría construir en el futuro una realidad más dolorosa que la vivida entre el asesinato de Francisco Fernando y el Armisticio de Compiegne. El desmentido a semejante buen propósito, que llegaría en apenas veinte años, y que había ya conocido su ensayo general en los campos del honor españoles, probó una vez más que el horror no es otra cosa que un atributo de la imaginación. Aunque esa es otra historia.
"El soldado desafinado", de Gilles Marchand, se asoma a la peripecia de la Gran Guerra mediante un curioso expediente. En el París de la década de los años veinte, una ciudad cosmopolita que intenta dejar atrás el espanto vivido, una urbe apasionada en la que Picasso explota como genio, Hemingway derrama su talento en hoteles y bares, y Kiki de Montparnasse se convierte en la musa de Picabia, de Cocteau y de Man Ray, un soldado mutilado se reinventa como improvisado detective y dedica sus días y sus noches a rastrear la pista de compatriotas a los que la guerra devoró. Este veterano sin nombre, que perdió algo más que su mano izquierda en la batalla del Marne, fatiga archivos, ministerios y cementerios, se enreda en correspondencias sin fin y agota la geografía del Hexágono a la búsqueda de huellas que permitan a madres, a esposas y a hermanas recuperar los cuerpos, la memoria y, en ocasiones, la dignidad de sus seres queridos, a quienes se tragaron las fenomenales tormentas de acero de las que con tanta precisión y agudeza habló Jünger.
En una de sus investigaciones, la que presta cohesión a la novela, este detective no sólo de lo material, sino también de voluntades y de anhelos, se enreda en la reconstrucción de la historia de amor entre Émile, un soldado con aspiraciones de poeta, y Lucie, una joven alsaciana. Su arrebatada historia, que ni las diferencias de clase ni el espanto del conflicto consigue apaciguar, y que convierte a sus actores en renovados protagonistas de la Pareja como idealización de la pasión romántica, sirve a Marchand para urdir una fantasía borisvianesca, llena del fulgor, la urgencia, el encanto y, por descontado, el exceso con el que el autor de "La hierba roja" empapaba sus ficciones, un elogio de la hipérbole que, soslayando la verosimilitud narrativa, se pone al servicio de la emoción. La misma emoción que, concluida la lectura de "El soldado desafinado", habrá sacudido el ánimo de quien lee, por un instante también él conmovido ante la posibilidad de que el amor pueda, en ocasiones, resultar tan constante y fiel como la muerte.

El soldado desafinado
Gilles Marchand
Traducción de Lydia Vázquez
Seix Barral, 232 páginas, 18,90 euros
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