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Música

Cien años de Boulez, el músico infinito

El compositor francés, nacido en 1925, dictó el gusto en la segunda mitad del XX

Pierre Boulez.

Pierre Boulez. / Efe

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Cosme Marina

Cosme Marina

Desde la perspectiva española, produce asombro el imponente homenaje nacional que, desde Francia, irradia el centenario de Pierre Boulez (1925- 2016). Especialmente por la calidad de las propuestas y por una cohesión cultural de país que, a nosotros, tanto nos falta cuando de la música propia hablamos. O lo que es lo mismo: en Francia no se está, ni mucho menos, en la indigencia hacia el patrimonio musical en la que chapotea el mundo y el submundo de la cultura, también a veces la institucional, española.

Pierre Boulez ha sido una de las personalidades musicales de mayor peso e influencia internacional en la segunda mitad del siglo XX. Antes que nada, por su legado como compositor, con obras clave en la búsqueda de la modernidad. En este sentido, dos ejemplos significativos son "Le marteau sans maître" o "Estructuras para dos pianos", aunque encontramos mucha más música de muy alto interés. En su trabajo compositivo se percibe una exploración que juega con la riqueza tímbrica de la instrumentación hasta límites que antes nadie se había atrevido y abre caminos a autores posteriores que han trabajado en su estela. Pero Boulez es mucho más que un gran compositor.

Como director de orquesta tuvo vinculación con las mejores formaciones del mundo y como titular de las filarmónicas de Nueva York y la BBC contribuyó a extender el repertorio, a luchar por integrar la contemporaneidad en el devenir normal de la actividad orquestal. En la ópera, el ahora célebre, y entonces no tanto, "Anillo del Nibelungo" de Richard Wagner en Bayreuth, que conmemoraba los cien años de su estreno y que Patrice Chéreau comandó escénicamente, marcó un punto de inflexión. Ese acercamiento tan audaz a la tetralogía supuso un fogonazo de creatividad que incidió en la transformación del repertorio lírico hasta llevarlo a nuestros días con un auge del que aquella aventura creativa fue uno de sus motores principales.

Fuera de la composición y del podio, otra labor suya fue determinante y sigue vigente. Creó estructuras estables que permitieron nuevos retos. Por una parte su vocación formativa y como ensayista fue ingente: desde la sociedad del Domaine Musical en la década de los cincuenta, con programas que unían a Bach con Stockhausen, y que fue un revulsivo para el París del medio siglo, hasta su evolución en el IRCAM, encargo del presidente Georges Pompidou, con el cual también enlaza esa formación soberbia que es el Ensemble Intercontemporain de París, que sigue su labor en ese paraíso del melómano que es la Cité de la Musique, en cuya gestación también estuvo, siendo, a la vez, uno de los impulsores de la nueva Ópera de la Bastilla que ha convertido a la capital francesa, por su conjunto de teatros, en un epicentro lírico mundial. Su inmenso poder levantó suspicacias, sobre todo entre colegas compositores, porque, al final, era el gran demiurgo que dictaba el gusto a su antojo. Pese a ello, no hay duda de la profunda huella que deja en la historia de la música y en décadas venideras muchas de sus obras se irán asentando en el repertorio.

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