Cuando la vida son páginas
En junio, junto con el centenario de su nacimiento, se cumplen diez años de la muerte de James Salter, autor de escritores, gran fabulador del paso del tiempo y dueño de una de las prosas contemporáneas más exquisitas

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Con 90 años, James Salter, nacido Horowitz, sufrió un infarto en el gimnasio. Este junio, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, se cumplirán diez años de su muerte. No por la avanzada edad, la noticia, a su manera inesperada, dejó de percibirse en 2015 como uno de esos giros sorprendentes de sus mejores novelas, "Años luz", su obra maestra, o "Todo lo que hay", la última de ellas. Ambas abarcan décadas y retratan vidas ordinarias golpeadas por el destino. Autor venerado por los escritores –Susan Sontag, Richard Ford, entre otros– e insuficientemente reconocido por el gran público, Salter era dueño de una prosa exquisita, capaz de romperte el corazón con una sola de sus frases, y de una altura casi incomparable en cuanto al talento y el gusto con que narraba el paso del tiempo. "Nos hicimos mayores bebiendo". Amigos, ostras, martinis, camisas y trajes de lino blanco, poseedor de ingenio y de encanto, fue un experto tanto en vivir bien como en describir la buena vida, pero quizás doblemente en transmitir la transitoriedad. La suya, su vida, no había sido precisamente corriente como la de muchos de los personajes de sus historias. Estudió Ingeniería en West Point, fue piloto de combate, veterano de la Guerra de Corea, cineasta y guionista, deportista, esquiador, espadachín, libertino: hombre auténtico primero y escritor verdadero después. Su obra, delicada, puede resultar más austera que su existencia pero casi igual de tímida.
Con él probablemente desapareció el último de los escritores viriles de una época. Alguien consideró viril su obra quizás por la soltura evidente con la que supo hilar un conjunto de preocupaciones, pruebas e iniciaciones aparentemente masculinas. Salter, sin embargo, explicó que se había esforzado por cultivar una feminidad, no abiertamente pero sí para responder ante determinadas situaciones y, pese a declararse satisfecho con su género, admitía que la masculinidad pura, a la que había estado expuesto tantas veces, resultaba algo tediosa. "Es genial escuchar a los hombres hablar de deportes, de la guerra, incluso de cazar, pero la presencia del arte y la belleza, que la masculinidad cruda parece descartar, es esencial. Me parece que la verdadera civilización y la verdadera hombría incluyen ese tipo de cosas". Cuando cumplió 79, recibió una llamada telefónica de un admirador suyo: un general estadounidense que había leído la novela "Los cazadores" y regalado ejemplares a todos los comandantes a sus órdenes. El general le preguntó si estaría interesado en volar en un F-16, un avión de combate diez veces más potente que el 86-F que había pilotado en Corea. Salter se lo pensó, habían pasado 44 años desde su última vez en una cabina. Pero, por otro lado, ¿por qué no iba a volar? "Creo que sí lo haré", dijo finalmente. Acordaron una fecha y se presentó en la base de Fort Worth, Texas, antes de transcurrir un mes. Aterrizó una y hasta dos veces. De hecho, su experiencia de piloto había sido para él, como él mismo cuenta en sus memorias, "el gran viaje de su vida". Quiso recordarlo.
En "No guardar nada", el nuevo volumen de crónicas que acaba de publicar Salamandra un año después de que viera la luz otro anterior de viajes, incluye "La cabeza fría", donde relata una de las dos ocasiones en las que siendo piloto estuvo a punto de morir; regalándonos una aguda reflexión sobre el significado del coraje y de cómo el miedo convertía a quienes cedían ante él, en cierto sentido, en una especie de infelices atenazados por el insomnio y la vergüenza oculta. Y en "Las primeras graduadas", acerca de las cadetes pioneras de West Point, cuenta cómo aquellas mujeres se abrían paso con dificultad en un ambiente masculino y hostil. "Hay mujeres con insignias de salto, mujeres que han disparado morteros y conducido tanques. Hay algo de ellas que hace pensar en China, en los estados socialistas profundos. Han alcanzado logros asombrosos en West Point. Aún así, siempre serán una minoría, quizás el 15 por ciento de una academia con una mayoría aplastante masculina". Las cadetes no tardaron en percatarse; incluso las que iban advertidas sobre la discriminación que sufrían los negros en los cuarteles enseguida se dieron cuenta de que ellas eran aún peor recibidas y tratadas.
Por el libro de reportajes, crónicas y ensayos de Salter, publicados en su día en "Esquire", "The Paris Review", "The New Yorker" o "Food & Wine", no solo desfilan West Point, y la etapa como piloto, los hombres y las mujeres; también están Eisenhower y Bill Clinton; el esquí, Toni Sailer y Aspen; el legendario escalador del Yosemite, Royal Robbins; algo del tiempo transcurrido en su querida Francia, y también la gente del oficio: Frank Conroy, Isaak Bábel, sus admirados Graham Greene y Nabokov, la autora china Han Suyin y el italiano Gabriele D’Annunzio, poeta "de escritura opulenta, deslumbrante y sensual", además de guerrero que lideró incursiones con torpederos en la batalla de Buccari y comandó un escuadrón aéreo sobre Viena, pilotando con botas de charol y, en ocasiones, sosteniendo las bombas entre las rodillas.
Novelista de lectores distinguidos, autor de un estupendo par de colecciones de cuentos, de unas espléndidas memorias, "Quemar los días", y un estimulante ensayo literario, "El arte de la ficción", James Salter fue un observador atento de todo cuanto le rodeaba, tomaba notas cuidadosas y abundantes en detalles en dondequiera que iba: Europa y Asia, el Ejército o el valle del Hudson para formar una familia, a Manhattan para establecerse como escritor y a Hollywood para escribir guiones de películas, entre las que se incluye "El descenso de la muerte", que dirigió Michael Ritchie en 1969, con su amigo Robert Redford en el papel de un tenaz esquiador. Con Redford viajó durante semanas junto al equipo olímpico de Estados Unidos a los Juegos de Invierno de Grenoble. "La vida, si es que pasa algo, se convierte en páginas", escribió. Cuando el hombre pisó por primera vez la Luna, en julio de 1969, Salter se encontraba en un hotel con una mujer haciendo el amor en silencio y aguardando el momento de la cuenta atrás. "Nunca he olvidado esa noche ni su angustia", recordaría más tarde.

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No guardar nada
James Salter
Traducción de Aurora Echevarría
Salamandra, 320 páginas, 22 euros
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