El destino según Borges
El bonaerense Lucas Adur indaga sobre cómo la escritura se convirtió en el hado metafísico de un autor que concibió la vida como un juego de espejos y laberintos

Jorge Luis Borges / Pablo García
Borges escribió para vivir, que no es lo mismo que vivir para escribir. En "Jorge Luis Borges. Un destino literario", que acaba de publicar Cátedra, Lucas Adur (Buenos Aires, 1983) emprende una lectura fascinante de esa actitud y del modo en que el autor argentino convirtió su existencia en una obra y su destino en literatura. Adur no propone un retrato biográfico convencional, sino una indagación sobre cómo la escritura destapó el hado metafísico de un hombre que concibió la vida como un juego de espejos y laberintos.
¿Es el destino algo que simplemente nos sucede o algo que elegimos? No es fácil responder. Borges descreía de toda fatalidad, desconfiaba de los dogmas y habría sonreído irónicamente ante la idea de que su vida estuviera trazada por los dioses o las letras. Sin embargo supo construir deliberadamente su propio destino y, no padeciéndolo, lo escribió. No se puede decir que fuese una víctima del tiempo, pero sí que se ocupó de recrearlo. Adur, investigador dedicado por entero a descifrar una obra universal, nos recuerda en esta su deslumbrante biografía borgiana que Borges fue, quizás, el primer autor moderno plenamente consciente de que el escritor es una ficción. Desde sus tempranas "Inquisiciones" hasta "El Aleph", Borges profundizó en la idea de que toda identidad es un artificio, un relato que se cuenta y se vuelve a contar hasta volverse verdadero. De ahí que su autobiografía desperdigada sea una poética del yo por encima de una confesión. El personaje Borges de "Un destino literario" es un sujeto que se inventa a sí mismo por medio del lenguaje. Adur señala que en su obra el "yo" no es sustancia, sino un sistema de símbolos que tienden hacia el infinito. Borges llevó al extremo aquello que la filosofía idealista había sugerido al mantener que la realidad –y, por tanto, la persona– es una proyección de la mente. Según Adur, su biografiado no se limita a ser un protagonista pasivo del relato histórico, sino su principal artífice. De ese relato emerge una figura casi arquetípica, la del ciego que ve más que otros, la del lector capaz de superar al propio autor, y la del hombre que sospecha que todos los libros del mundo son uno solo. El biógrafo rescata esa voluntad de autofiguración como el núcleo de un destino literario en el que Borges no se limita a vivir en la literatura, sino que la literatura es la forma que adopta su vida. Es precisamente ese contenido elegido por Adur el que mayor interés aporta en esta biografía literaria.
Son distintos también los "Borges" que coexisten en un mismo cuerpo y en una misma obra. Están el joven vanguardista que desafía la tradición, el ensayista que busca el orden en el caos, el poeta que se reconoce ciego y lúcido, y el anciano que acepta su condición de mito en una última etapa ya decadente. Esta pluralidad no supone incoherencia. Es sencillamente la aplicación de un método. Borges sabía que la identidad es una variación incesante; él mismo dejó escrito que entre el hombre que escribe y el hombre que vive no hay frontera posible. Ambos se alternan, se confunden y sustituyen. Lo que hace Adur es convertir esa idea en un principio hermenéutico. Entender a Borges es aceptar su multiplicidad. Su destino espiral no es la línea recta y cada época de su vida vuelve sobre las anteriores, como si el tiempo, en él, obedeciera a una geometría circular. Borges hizo de la repetición una forma de eternidad. Cada reescritura, versión o prólogo es también un intento de volver a escribir su propio destino.
"Un destino literario" se puede leer a la vez como una biografía del tiempo ya que Borges percibía la existencia como un tejido de instantes repetidos, un espejo en el que todo ya ha sido. Una cita infinita. Se ha dicho y escrito en repetidas ocasiones que en el autor de "El Aleph" conviven el eterno retorno de Nietzsche, el idealismo de Schopenhauer y el panteísmo de Spinoza. Adur no reduce estas influencias a nombres, muestra cómo se traducen en una experiencia literaria que consiste en escribir como si cada palabra ya hubiera sido escrita. Se trata de repetir más que de avanzar. Y en esa repetición, como sucede con el mito del eterno retorno, reside la libertad de considerar que en la circularidad del tiempo se halla precisamente el modo de escapar de él.
Otro de los aspectos interesantes del libro de Adur es el concepto que introduce sobre la modernidad borgiana, proponiendo una lectura contemporánea de Borges. Lo presenta como un autor que anticipó la fragmentación posmoderna, la disolución de la verdad y la expansión de la inteligencia artificial. Fue, según el biógrafo, el primer escritor digital antes de la eclosión de ese mundo. Sus laberintos y bibliotecas serían metáforas de la hipertextualidad, y su Biblioteca de Babel la imagen perfecta del exceso de información que hoy padecemos. La idea de que todo texto es una reescritura presagia la lógica del algoritmo y del plagio infinito. En un siglo XXI que vive entre la abundancia de datos y la escasez de sentido, Borges aparece, en la visión de Adur, como un profeta de lo inminente que entendió que la humanidad no dejaría de escribir pero sí de leer. Su destino literario y filosófico se convierte así en la advertencia de que la literatura, más que un refugio, es una forma de pensar el mundo. Cuando Adur habla de la soledad de su biografiado, de su ceguera y sus pérdidas, de sus contradicciones políticas y estéticas, no lo hace para humanizarlo en un sentido sentimental barato. Es para mostrar cómo esos aspectos íntimos alimentaron además su creación literaria. Su vida no es una mera biografía, es parte de su narrativa. Esta conciencia de sí mismo como personaje, mucho más allá del ego que no concordaba con la modestia de Borges, acabó convirtiéndose en una estrategia literaria de lo más fructífera.

Jorge Luis Borges
Un destino literario
Lucas Adur
Cátedra, serie Biografías
720 paginas, 27,50 euros
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