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Filosofía

Gabriel Albiac, un filósofo en tierra de nadie

Ensayista, pero también novelista y poeta, cultiva un pensamiento paradójico y circular, que va desde tesis englobantes nihilistas hacia pequeños islotes de sentido

Gabriel Albiac habla con dos asistentes  a su conferencia   del pasado 30 de octubre en Oviedo.

Gabriel Albiac habla con dos asistentes a su conferencia del pasado 30 de octubre en Oviedo. / Miki López

Se acostumbra a afirmar que "la filosofía se ocupa esencialmente de la verdad" ¿Quién lo duda? Gabriel Albiac mismo parece corroborarlo cuando la primera parte, de las tres en que divide su "Elogio de la filosofía", lleva por título "De la Verdad". Sin embargo, tras leer atentamente al filósofo madrileño –en verdad nacido en Utiel, en 1950– enseguida nos percatamos de que su gran pasión tiene que ver con lo falso, con la falsedad. Lo dice él mismo con su prosa lúcida: la filosofía no es disciplina de la verdad o de la transparencia –pues no llegaría a tanto– "sino meditación sobre la paradoja constituyente del engaño escénico". Por eso su función principal no es acumular respuestas definitivas –mero autoengaño–, sino saber plantear las cuestiones determinantes por amor a la sabiduría, siquiera esta resulte ser poca cosa y para no ser engañados. Y porque la vida contiene un noble sentido posible –la belleza–, dentro de su sinsentido absoluto.

Albiac, profundo estudioso de Blaise Pascal (1623-1662), de quien ha escrito mucho, además de la edición crítica de su "Pensamientos", coincide con el filósofo francés no en su mística ni en su piedad religiosa –pues al español en nada trascendente le cabe creer–, pero sí comparte cierta visión sobre el valor del hombre: ser una "nada" que se sabe nada. Así pues, es el pensamiento lo valioso en el hombre. Y dicho con más precisión, el pensamiento como un saber jugar el juego que es todo pensar y todo filosofar, no para apostar y ganar, pues la muerte es lo realmente seguro y es polvo y es nada, sino para llenar el tiempo fugaz (y mentiroso) de la vida de la forma más bella posible. Sin negocio y sin créditos a asegurar en trascendencias esperadas –pues el tiempo todo engulle y anonada todo– y sin "nubes imaginarias que emborrachan nuestros pensamientos". Sin pretender moralizar y sin identidad existencial estable, pues el yo es precario, y dotado, sí, de una voluntad libre (pero pretendidamente libre) que en realidad desvela ser una servidumbre voluntaria. "Servidumbre voluntaria" cuyo despliegue histórico Albiac ha estudiado con detalle en el pensamiento moderno que va de Maquiavelo a Spinoza, pasando por Guicciardini, Montaigne, La Boétie y Pascal, en otro libro también muy bien trabado: "Sumisiones voluntarias" (2011).

Los que más se han acercado a Dios saben que está esencialmente oculto, un ocultarse de donde Albiac infiere que sucedería más bien que en realidad está ausente. Y si Dios no existe, siempre le queda el dios de los poetas: la belleza. Y la belleza de pensar con aquellos que alcanzaron la sabia meditación, como Marco Aurelio, que aunó ser filósofo y emperador, aunó estar en la batalla más mundana y distanciarse del mundo para entenderlo. Cuando el catedrático de la Universidad Complutense, ahora ya jubilado, filosofa, lo hace tanto subido a su arquitectura mental como a cientos de libros que le abren las mejores rutas. Piensa con los clásicos más que con los contemporáneos –con quienes fácilmente se cae en la cháchara–, y especialmente con un puñado a los que siempre vuelve: yo diría con Spinoza, siempre, quien nos enseña que el objetivo no es "burlarse, deplorar o maldecir las acciones humanas, sino entenderlas", para transformarlas si se puede y, cuando no, por la satisfacción del mero entender. Piensa también con la dupla Maquiavelo-Pascal, tan distantes el uno del otro –la "razón de Estado" frente a la "razón del corazón"– como próximos entre sí. Pero la filosofía, posible a través de una tradición nacida en Grecia y preservada en las bibliotecas (ese lugar sagrado para el autor de "La sinagoga vacía"), arrastra un torrente de sabiduría –en medio de su modestia– y por ello son cientos con quienes se puede pensar mejor, filósofos, poetas, artistas…, desde Homero, Platón, Aristóteles, los estoicos, Epicuro, Lucrecio, Vitruvio, san Pablo y san Agustín hasta Schelling, Hölderlin, John Keats, Marx, Nietzsche, Arthur Koestler, Simone Weil y J. L. Borges, pasando por Pierre de Ronsard, Andrea Palladio, Shakespeare, Quevedo y sor Juana Inés de la Cruz. Y tantos otros.

Este ejercicio de ensamblaje del pensar, navegando en un mar de autores, lo lleva a cabo también más allá del ensayo. Ahí tenemos "Dormir con vuestros ojos", una de sus cuatro novelas, donde la ficción –de trama amorosa– se entrevera a la perfección con la erudición investigadora, la sensibilidad del poeta y la penetración filosófica que consigue revivir a Maquiavelo, como político y diplomático que fue también amante de mujeres bellas.

Pero paradójicamente, Albiac, rodeado de tanta buena compañía, es un filósofo "En tierra de nadie" (2022), así se ve a sí mismo en sus memorias. Parecería que reflexiona en el interior de una tensión descoyuntantante: entre un pobre Yo –un yo tan inconsistente como mera fantasía– y, por otra parte, la defensa pasional y política que le lleva a defender lo poco que somos: fugacidad, pero tiempo. Y por eso afirma: "El primer imperativo ético, tal vez el único, es no tolerar a nadie que nos robe el tiempo. Menos que a nadie, a nosotros mismos".

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