Una vida perra
Diálogo y perspicacia observadora sustentan el éxito de "Una madre trabajadora", novela tan hilarante como desoladora de Agnes Owens

Cultura - Libros
Hilarante y desoladora a partes iguales, "Una madre trabajadora", de la escocesa Agnes Owens, es una novela brillante por el manejo que evidencia de dos pilares del arte narrativo: el diálogo y la perspicacia observadora. Servida como una tragicomedia no muy alejada de los mejores logros de Ken Loach (pobreza institucionalizada, alcoholismo asumido, degradación sistemática de un subproletariado sin futuro), la narración transcurre en un marco reconocible (la casa, el pub, el trabajo: los lugares de la conciencia resignada) y con unos personajes extraordinariamente cincelados. Betty, la narradora, es ingenua como una virgen y, a la vez, resulta afilada como un bisturí. Adam, el marido devastado por el recuerdo de la guerra y áspero como la lija, posee un capital de verdad encomiable. Robert y Rae, los dos hijos del matrimonio, se instalan en el ánimo del lector con la lacerante fuerza de los porvenires truncados. Brendan y Mai, amante y amiga de Betty respectivamente, funcionan como secundarios de lujo, construidos con agudeza. Finalmente, míster Robson y la señora Rossi, prolongaciones del mundo laboral de Betty y dueños de aficiones significativas (etnólogo amateur él; pitonisa ocasional ella), constelan un teatro de caracteres tan escueto como luminoso.
En su aparente humildad, "Una madre trabajadora" es una novela que provoca un fenomenal impacto. A ello conduce la decisión que toma Owens al conceder a Betty un final infeliz, sin medias tintas ni palabras de consuelo, que instala al personaje en la última escala del abandono y de la soledad. Hasta cierto punto todo parecía una broma que se podría esquivar con la cintura adecuada y con las oportunas dosis de buena suerte, pero a la postre resulta que la vida alcanza a la protagonista con ominosa intensidad. La novela revierte así el clima un tanto juguetón del que partía y que acompaña buena parte de su trayectoria (verbigracia: una vida perra, pero con una sonrisa siempre a mano) para concluir, sin crujir de dientes ni ruido de platillos, sin necesidad de un subrayado especialmente enérgico, en una isla de desolación: un hospital para borrachos y un auditorio de una sola persona.
Muchas novelas fían su capacidad de escrutinio a la abundancia. Por el contrario, Owens decanta y tamiza su material hasta llegar al hueso de la acción. Cada chiste de barra o de alcoba, cada escena ridícula o jocosa, cada réplica en esa lucha sin vencedores que es el matrimonio, parece haber sido depurada una y otra vez. Hay una ferocidad en lo que Betty y Adam se reprochan en torno al vino dulce y las salchichas quemadas que sólo puede nacer de le mot juste. Como hay un uso ejemplar de la elipsis, de lo que queda fuera de la página, que concede a esta magnífica obra un lugar de honor en la repisa de los libros que han hecho suyo el dicho de Gracián, según el cual más valen quintaesencias que fárragos. Aunque esta quintaesencia huela a habitación cerrada, alcohol barato y la soledad de las parejas.

Una madre trabajadora
Agnes Owens
Traducción de Blanca Gago
Muñeca Infinita, 176 páginas 18,95 euros
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