CONCIERTO
Dani Martín, malote por naturaleza: pone en ebullición un Movistar Arena salvaje, salvaje, salvaje
Celebra 25 años de carrera con 10 conciertos abarrotados en Madrid: descarado y afilado, recupera la chispa que encumbró a El Canto del Loco en los 2000

PI STUDIO
Menos mal que Dani Martín (Madrid, 1977) ha fulminado al moñas que fue cuando dejó El Canto del Loco. Aquella careta pseudopija sin mayor aliciente que despertar suspiritos, por fin, aleluya, yace en los recuerdos. Es cierto que fue una época de gran éxito, pero sin chispa alguna. Le faltaba el puntito canalla que, hoy, en su vuelta a los escenarios, ha recuperado pletórico. En el primero de los 10 Movistar Arena que ha abarrotado hasta diciembre, ojo, el viejo Dani ha tomado la pista: descarado, malote y afilado, ha resucitado a quien le encumbró en los 2000. Ese jovenzuelo que, guitarra eléctrica en mano, siempre en efervescencia, agitó España hasta la extenuación. Anoche, lo volvió a hacer. Y, durante dos horas, agotadísimo, el público se quitó 25 primaveras de encima.
Estuvo magnético, improvisando al gusto. De un lado para otro, eufórico. Durante este cuarto de siglo ha aprendido a dominar las tablas como pocos. Este viernes, lo demostró con creces: no le hizo falta un gran despliegue tecnológico para calar al instante. Se valió de su abrumadora personalidad para captar la atención durante dos horas. “¿Estáis a gusto? Bienvenidos a nuestro sitio seguro. Aquí nadie juzga a nadie”, soltó. Y, claro, entre gritos, desató un alboroto que se mantuvo hasta el final.
No escatimó en clásicos: tiró de Zapatillas, Volverá, Besos, Cero, Puede ser… Fue un concierto de himnos reformulados bajo su mirada actual. Tiene 48 años y, aunque se mantenga en forma, bastante lozano, hay versos que ya no se viven igual. Para muestra: “Tú en mí nunca te habías fijado, por eso te tengo que inventar”. Por ello, no le quedó otra que arropar aquellas letras juveniles con un eco modernizado. Flanqueado por ocho músicos, azuzó a un gallinero que respondió al unísono a sus peticiones: palmas, coros, saltos… Supo cómo mantener la llama encendida, incluso cuando revivió temas de su etapa en solitario. El músculo físico y mental que ha trabajado en toda su carrera, hoy, en el arranque de la gira 25 p*t*s años, le ha recolocado a una altura no apta para cualquiera.
“Esta noche no se va repetir nunca más. Solo tenemos esta oportunidad. Olvidaos de todo, centraos en vosotros. ¿De acuerdo? Estamos solos”, añadió intentando contener la emoción. Este aniversario no sólo es musical, sino también vital. Sus canciones forman parte del imaginario popular y, de algún modo, ay, reivindicarlas tanto tiempo después es una manera de homenajear a quienes fuimos entonces. Un ejercicio de nostalgia que, lejos de sonar descafeinado, sin caer en lo evidente, subrayó su don para hacer canciones eternas. Escucharlas fue el ejercicio más bonito de regresar a casa.
Los hijos de 'La madre de José'
Tocó la puntillosa Qué bonita la vida, la bohemia Tal como eres y la suntuosa A contracorriente. A cada segundo la pompa se volvió aún más grande si cabe. Ya veremos si es capaz de mantenerla intacta de aquí al 20 de diciembre, cuando cerrará su paso por Madrid. Lo tiene todo vendido, así que la expectativa es alta. Tal y como reconoció tras anunciar las fechas, su prioridad es el sonido. Por ello, precisamente, ha descartado recintos más ambiciosos como el estadio Riyadh Air Metropolitano. Un objetivo que ha cumplido con creces: el directo de su banda fue impoluto, siempre atenta a la espontaneidad de un Dani que no dejó de bromear durante la velada. Está, tal vez, desde su divorcio con El Canto del Loco en 2010, en uno de sus mejores momentos. Se notó.
A diferencia de lo que pueda parecer, no sólo de su quinta vive el proyecto. Gran parte de las 17.000 almas que llenaron el Movistar Arena eran jóvenes: quizá, los hijos de la generación que creció al aullido de La madre de José. En ningún instante se quedaron al margen. Todo lo contrario. Han sabido llevar las canciones a su terreno, dándoles los significados que mejor casan hoy con ellos. Están dentro, como sus padres. Han pasado 25 años, pero el fuego de Dani no se ha apagado. Menos mal.
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