50 años de la muerte de Franco
La esfinge sin secreto
La biografía canónica de Paul Preston, leída a los 50 años de la muerte de quien se dio a sí mismo el título de Caudillo

Franco / Pablo García
El general Francisco Franco Bahamonde (El Ferrol, 1892), Jefe del Estado español, falleció el 20 de noviembre de 1975, hace hoy cincuenta años. Su muerte, precedida de un verdadero encarnizamiento terapéutico instado por su yerno para prolongarle a toda costa la vida, resultó de una crueldad que hizo felices a sus enemigos. Paul Preston, prestigioso historiador británico, le ha dedicado una monumental biografía cuya última actualización es de este mismo año. Franco, una figura enigmática y compleja, ha dado pábulo a muchos mitos, escribe Preston. No obstante, un hombre tan excepcional y carismático en el plano político, está claro que resultaba letal para la convivencia democrática. Algo así sostenía ya el Sócrates de Platón ante la pregunta de cómo debe ser tratado en el Estado ideal un hombre "admirable y arrebatador": habría que honrarle y luego acompañarle a la frontera ("La República", III, 9).
Pero, más allá de la propaganda aduladora de su régimen, ¿era Franco alguien admirable? Fue, según todos los testimonios independientes, un hombre frío y cruel y a la vez muy propenso al llanto, políticamente ambicioso y al mismo tiempo un convencido de ser un elegido de Dios. En abril de 1939, tras la victoria en la Guerra Civil, su ambición de poder, dice Preston, era casi ilimitada. Un compañero de armas, el general Kindelán, le definió como "un enfermo del poder". En un aspecto, la seguridad en sí mismo estaba justificada. Había demostrado una habilidad y una crueldad incomparables para enfrentarse con la hostilidad de la población republicana vencida (con la que no tuvo piedad alguna, a pesar de los ruegos de Hitler, Himmler, Mussolini y el Vaticano) y con las pretensiones y rivalidades de las diversas fuerzas políticas de la coalición de los "nacionales". Su instinto, prosigue Preston, formado en África, le inclinaba a comportarse en España como si estuviera en Marruecos, es decir, como un gobernador militar colonial plenipotenciario. El enemigo sería aplastado sin miramientos y las "familias" políticas del Movimiento serían manipuladas como cabilas amigas, sobornadas, inducidas a competir entre ellas, implicadas en la corrupción y la represión, de manera que las haría recelar entre sí, pero no ser capaces de actuar sin el árbitro supremo. Cuando en 1945 su ministro de Asuntos Exteriores le sugirió una amnistía parcial para los presos políticos, Franco replicó: "Nosotros no borramos".
Franco logró la supremacía total tras la muerte en sendos accidentes aéreos de Sanjurjo y Mola. Según Hitler, "la verdadera tragedia para España fue la muerte de Mola; ahí estaba el auténtico cerebro, el verdadero líder. Franco llegó a la cima como Poncio Pilatos al Credo". Y un enviado de Mussolini, el jerarca fascista Farinacci, le describió en una carta al Duce como "un hombre bastante tímido cuyo rostro no es ciertamente el de un condottiero". Sin embargo, a partir de entonces, aquel que había sido designado por sus compañeros de sublevación simplemente como "Jefe del Gobierno del Estado español", alcanzó la Jefatura del Estado, la condición de Generalísimo y el título de Caudillo de España y de la Cruzada, es decir, el poder absoluto, que conservaría de modo vitalicio.
El ideario político de Franco, que puede resumirse muy brevemente, permaneció en su cabeza hasta el último aliento: lucha sin cuartel contra lo que denominaba obsesivamente la conjura judeomasónica para implantar el comunismo en España, hipernacionalismo e imperialismo. Este último aspecto puede parecer incomprensible: salvo la ampliación del territorio marroquí a costa de Francia y la recuperación de Gibraltar, ¿qué más se podría soñar? Pues bien, la idea de anexionarse Portugal, observa Preston, fue siempre uno de los sueños imperiales de Franco. En mayo de 1941, el general Aranda aseguró al embajador alemán que tenía órdenes de elaborar planes preliminares para un ataque a Portugal. Otro rasgo esencial del pensamiento franquista fue la versión más tradicional y reaccionaria de la religión católica, el nacionalcatolicismo, según la cual la contienda civil había sido una verdadera cruzada religiosa. A ello se atuvo el Caudillo hasta el final, incluso en los incómodos tiempos posconciliares, en que la Iglesia, incomprensiblemente para Franco, quería soltar amarras con respecto al Régimen.
Los años 40 fueron de una penuria espantosa en España, en gran medida como consecuencia de las decisiones económicas del Caudillo. En realidad, España pagó el precio económico de la supervivencia de Franco y de su ideológica política de autarquía, que tan bien encajaba en su mentalidad militar y que el apoyo estadounidense en los 50 obligó a revisar. La cancelación a finales de esa década de la autarquía económica y la apertura internacional, muy a desgana de Franco, conllevó, según cree Preston, la relegación del Caudillo "a una irrelevancia anacrónica". Sin embargo, el desarrollismo de los tecnócratas planificadores prolongó indudablemente la existencia de la dictadura y preparó al país para su despegue posterior en todos los órdenes.
Franco vivió oculto bajo una densa capa de adulación. A partir de 1975 memorialistas e historiadores presentaron un cuadro muy poco edificante de su persona, descubriendo, como hizo Javier Tusell, la pasmosa mediocridad de "una esfinge sin secreto".
El balance que hoy hace Paul Preston resulta concluyentemente negativo. Francisco Franco, sostiene, será recordado ante todo por su implacable dirección del esfuerzo de guerra nacional entre 1936 y 1939, por la determinación con que buscó la aniquilación sistemática de sus enemigos de izquierda y, posteriormente, por su férrea voluntad de supervivencia. Sus rasgos característicos fueron una astucia instintiva y la sangre fría imperturbable y desabrida con que manipuló las rivalidades entre las fuerzas del Régimen y derrotó sin dificultad los desafíos de quienes, desde Ramón Serrano Súñer hasta don Juan de Borbón, eran superiores a él en inteligencia e integridad. Los logros de Franco no fueron los de un gran benefactor de España, sino los de un hábil manipulador del poder que siempre atendió preferentemente a sus propios intereses. Ya el monárquico general Sanjurjo, alzado infructuosamente contra la República en 1932 sin la participación de Franco, había dicho de este: "Franquito es un cuquito que va a lo suyito".
El auge económico español –tan habitualmente calificado por sus propagandistas como la mejor obra de Franco– tuvo poco que ver con él, igual que la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial. Su jefatura en la esfera económica resultó lamentable en tanto se aferró a la tesis fascista del control central autárquico. Las exigencias de los organismos financieros internacionales y la inspiración de los modelos franceses de planificación económica, sin entender ni unas ni otros, los asumió renuentemente con objeto de permanecer en el poder.
Como se advierte, se trata de una biografía sumamente crítica. La figura del Caudillo queda anudada inescindiblemente, y con razón bien documentada, a las tachas de mediocridad y crueldad. No hay en Franco, en definitiva, ningún asomo de patriotismo ni de grandeza de espíritu. Nada que ver con De Gaulle.

Franco Caudillo de España
Paul Preston
Debate, 1.096 páginas 39,90 euros
Suscríbete para seguir leyendo
- Esta es la fecha en la que abrirá el gran supermercado que inaugurará el área empresarial de Santa Ana en El Entrego
- Las razones de la fuerte eclosión de la colonia balear en Asturias: 'Las islas están masificadas, el norte es tranquilidad
- Así son los dos 'modernos' supermercados que han reabierto en Asturias, tras ser reformados de arriba a abajo: secciones de libre servicio, más cajas y etiquetas electrónicas de última generación
- Culturismo natural con músculo mierense: dos bronces mundiales para una historia de esfuerzo y honestidad
- Detienen a Natalio Grueso en un pueblo del sur de Portugal tras más de dos años de fuga
- Las condiciones para adecuar locales como viviendas en Gijón: el Ayuntamiento resume los criterios básicos a cumplir
- Dimite Jorge Fernández-Mier, director general de Urbanismo de Oviedo y cargo de confianza de Canteli
- Fallece un joven motorista de 22 años en Gijón al salirse de la vía en la autovía del Cantábrico
