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Salto al vacío

La impostura y la suplantación sirven en la novela de MacDonald Harris para plantear la pregunta de si somos narradores fiables de nuestra propia existencia

MacDonald Harris.

MacDonald Harris. / Gatopardo Ediciones

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Larry Backus es el único superviviente después de que su barco se hunde en una batalla naval en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial. Desnudo y gravemente quemado, con los rasgos faciales desfigurados, lo rescatan y es llevado a un hospital de Pearl Harbor. Carece de acreditación y los oficiales navales lo identifican erróneamente como el teniente Ben Davenant. La esposa de este, Ary, llega a Hawái y respalda erróneamente la identidad atribuida. Permanece completamente vendado y ella misma está predispuesta a identificarlo; algo que parece inverosímil. Backus decide seguirles el juego, adoptando el papel de Davenant mientras Ary organiza su baja de la marina y lo lleva a la casa de su adinerado padre en California. Este inesperado ascenso social se explora con detalles minuciosos mientras nuestro protagonista narrador lucha por mantenerse a flote en un entorno social refinado para el que no está preparado en absoluto.

"Salto mortal", la novela que nos ocupa, escrita por MacDonald Harris (1921-1993), apareció por primera vez en 1964, y en algún momento sus editores la promocionaron como precursora de la serie de televisión "Mad Men", en la que el personaje principal, el publicista Don Draper, se abre camino en la vida adoptando una personalidad falsa altamente calculada. Tanto esta novela como aquella serie exploran las ansiedades asociadas con lo que ahora llamamos "síndrome del impostor". El trasunto no deja de ser universal. Irónicamente, MacDonald Harris fue, en sí mismo, una invención. Su verdadero nombre era Donald Heiney, marino mercante y oficial naval que había ido a la universidad con la Ley de Reajuste para Veteranos tras la Segunda Guerra Mundial y allí se convirtió en profesor de Literatura. MacDonald Harris era el seudónimo que usó primero para los cuentos publicados en revistas y luego, a partir de principios de la década de 1960, para un total de dieciséis novelas, un libro de no ficción y una colección de relatos antes de su muerte en 1993. Su obra, a menudo, recibió fuertes elogios de la crítica, y C. P. Snow dijo una vez de él: "Harris es un verdadero escritor, y no uso esa frase excepto para alguien que debería ser apreciado y alentado".

El autor de "Salto mortal" se adentra en uno de esos territorios inciertos donde la identidad deja de ser un núcleo estable y se convierte en una máscara pegada a la piel. La novela, pese a su relativa discreción dentro del canon norteamericano, posee una cualidad magnética que la emparenta con aquellas obras capaces de sostenerse en el tiempo gracias a una mezcla de ambigüedad moral y precisión narrativa. Harris plantea, desde la primera página, una pregunta que atraviesa la literatura del siglo XX: ¿hasta qué punto somos narradores fiables de nuestra propia existencia? El protagonista, en este caso, responde con hechos, no con discursos: suplantar a otro puede ser, en el fondo, otra forma de escapar de uno mismo. De esa manera, MacDonald Harris penetra en la impostura literaria, aunque sin la exuberancia de Patricia Highsmith ni el carácter lúdico de Nabokov. Si Tom Ripley convierte el engaño en una forma de ascenso social, el protagonista de Harris se adentra en él como quien cae en un sueño del que no sabe si quiere despertar. Hay más introspección que ambición: el desconcierto suplanta también a cualquier plan. En vez de la tensión psicológica del thriller, Harris prefiere cultivar un clima de extrañeza que nos recuerda, en ciertos pasajes, a un Kafka de andar por casa. El estilo narrativo coquetea, a la vez, con el del existencialismo europeo. Como sucede con Meursault en "El extranjero", la novela de Camus, el desajuste emocional, es una especie de desapego que, lejos de volver inhumano al narrador, lo revela como un ser profundamente vulnerable. Sin embargo, no hay doctrina que valga en él; se aprecia algo más esa grieta silenciosa de los personajes de John Cheever que separa a un hombre de lo que aparenta a lo que en realidad es.

"Salto mortal" no es una novela fácil de catalogar pero sí permanece intacta en el recuerdo después de leída. Se sostiene en la paradoja de que la sencillez puede resultar asimismo abismal. En manos de un autor fantasioso podría haberse convertido en una aventura fantástica o en un juego metaliterario, mientras que con Harris termina siendo un estudio íntimo del desconcierto. Nada más y nada menos.

Salto mortal

MacDonald Harris

Traducción de Íñigo F. Lomana

Gatopardo, 348 páginas, 23,95 euros

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