Espejo roto
Andrew Crumey erige el edificio narrativo de "Música en una lengua extranjera" violando la regla que prohíbe al novelista repetir motivos y estructuras

Andrew Crumey. / Wikipedia
En su posfacio a "Música en una lengua extranjera", novela del escocés Andrew Crumey, de la que también oficia como traductor, Rodrigo Guijarro Lasheras establece una diferencia fundamental entre el arte musical y el arte literario. Mientras que la música atesora como uno de sus motivos recurrentes la repetición o, en su defecto, la variación sobre un tema, la literatura no parece compadecerse de semejante estrategia. Aquello que adhiere nuestra intelección y nuestra emoción a lo musical, genera rechazo e incluso provoca disgusto en lo literario. Cuando escuchamos música, se trate de canciones intrascedentes o de piezas maestras, la reaparición de pasajes sonoros o de ideas armónicas genera un clima de reconocimiento y aceptación. Pero la reiteración en una obra ficcional de imágenes, estructuras sintácticas y marcos narrativos conduce, en apariencia, al derrumbe del mecanismo y, en definitiva, al fracaso de la experiencia estética. Y sin embargo, "Música en una lengua extranjera" levanta el edificio de su peripecia sobre esta prohibición inexpresa. Todo en la novela se repite. Se repiten las historias. Se repiten las situaciones. Se repiten los párrafos y las palabras. Se repiten los diálogos y los espacios de la acción.
Juguete metaliterario, con múltiples referentes sancionados por la mejor escritura del pasado siglo, con las sombras tutelares de Borges, Calvino y Kundera como guardianes del experimento, "Música en una lengua extranjera" hace suya una idea de Lydia Goehr (que cualquier obra musical es un mutante ontológico, un fruto técnico que sólo cobra sentido a través de su interpretación, pues cada interpretación supone una variación sobre la precedente) y la trasvasa al ámbito literario. En realidad, otro modelo notable opera como clima del texto, un modelo de resonancias mucho más antiguas que las mencionadas y que instala esta extraña novela, que se mueve entre lo sublime y lo banal con aquilatada ironía, en una de las más viejas tradiciones narrativas que manejamos. "Música en una lengua extranjera" es, así, una fidedigna desviación de la estrategia de Sherezade. Pues mientras la narradora de "Las mil y una noches" suspende al amanecer su relato hasta ganarse el amor de su oyente y salvar su vida, el narrador de "Música en una lengua extranjera" interrumpe una y otra vez la historia que desea contar, hasta el punto de lograr que la sustancia de la novela constituya aquello que impide su materialización.
El propio Crumey, en una página especialmente inspirada, advierte de esa renuencia incesante, de ese mecanismo averiado pero paradójicamente funcional que es su novela, al constatar, valiéndose sin citarlo de un famosísimo ejemplo literario, que "si el escritor es alguien que pasea un espejo por el mundo, entonces ese espejo ha de estar necesariamente roto y reflejar así sólo los puntos de la realidad, distorsionando las distancias que lo separan". Labor del lector, por momentos heroica, gratificante siempre en todo caso, es recomponer los fragmentos para advertir la arquitectura de una obra que seduce por su reivindicación de la literatura como una plausible manifestación de la música por otros medios.

Música en una lengua extranjera
Andrew Crumey
Traducción de Rodrigo Guijarro Lasheras
Krk, 526 páginas, 29,95 euros
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