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Miriam Reyes, indestructible verde

La Premio Nacional de Poesía de este año debuta en la novela con una historia de aprendizaje y duelo por el paraíso perdido, con la emigración gallega a Venezuela como escenario

Miriam Reyes

Miriam Reyes / Pablo García

Fernando Menéndez

Fernando Menéndez

Al acabar de leer la extraordinaria novela de Miriam Reyes "La edad infinita", me acordé de aquello que le leí hace ya años a Umberto Eco: que leer es una manera incomparable de viajar y vivir las vidas de otras personas. No creo que el maestro italiano lo dijera por dar un titular o una afirmación resultona. Realmente creo que lo dijo con todo el sentido, pues cada lector que se sumerja en un libro puede experimentar lo dicho por el autor de "Apocalípticos e integrados". En "La edad infinita" esto se advierte especialmente; la escritura se plantea aquí como un medio para viajar. Pero el viaje que nos plantea Reyes en su primera novela es un viaje a lo hondo y a lo interior. La incursión que nos ofrece plantea una mirada desafiante al relato tantas veces plagado de tópicos de la emigración española (gallega en este caso concreto) a países del otro lado del Atlántico, como es en esta ocasión Venezuela.

"Hacia dentro es el único lugar seguro", se dice en un momento del libro y resulta conmovedor el punto de vista poliédrico que se toma: una narradora que se desdobla ella misma en una tercera persona y que se dirige constantemente a una interlocutora: Venezuela. Y la relación que se establece a través del lenguaje con un lugar del pasado de la narradora se hace más porosa y menos drástica, dirigiéndose a una matria y no a una patria.

Este recorrido a través de una identidad que se construye, deconstruye y se vuelve a construir tiene mucho de observación detenida a valores impuestos que la niña, adolescente y joven no acepta así como así, más aún si se trata de lo que afecta especialmente al patriarcado.

Pero que nadie se crea que la no aceptación consiste en desafíos en voz alta, retadores. "La edad infinita" es la narración de un proceso de descubrimiento y autodescubrimiento. En este sentido, es una novela de aprendizaje que, entre otras cosas, nos enseña que las identidades son geometrías complejas, irregulares.

Los padres de una niña emigran a Venezuela y la dejan en Orense con sus abuelos. Cuando tiene ocho años, vuelven a buscarla para llevarla con ellos: "Admito que nada más llegar te vi como una cárcel. Muy pronto te convertiste en mi hábitat preferido, yo perfectamente amoldada a ti. Más tarde, fuiste mi manicomio, mi isla del tesoro y mi sala de fiestas, todo a la vez".

La complejidad del "todo a la vez" o la irremediable simultaneidad de vivir: contradicciones, paradojas; manicomios, islas del tesoro, salas de fiestas… Reyes es capaz y muy capaz de filtrar todo eso en su historia. No hay lugar para discursos rotundos. Sí para concluir: "mi paraíso perdido". ¿Se plantea entonces la novela como la búsqueda de algo imposible de recuperar? Eso sería demasiado fácil, un guiño a una nostalgia que aquí no se abona. La lucidez de quien narra es la lucidez de quien cuenta y lo hace, creo, sin discriminación ni jerarquía: "Todo relato reencuadra los hechos, los resignifica". Y es en este aspecto donde la novela alcanza para mí una estatura notable. Ya nos lo avisa la narradora desde bien pronto: "Algo verde puede ser destruido pero el verde no puede ser destruido. Así funciona también el mundo que se construye con el lenguaje: no puede ser destruido". Es una intención y diría que, a la vez, una poética o posicionamiento. La escritura y el arte no restañarán el pasado, pero si pueden modificar sus antiguas relaciones con la realidad.

En "La edad infinita" abundan las alusiones al lenguaje, a los nombres de las cosas. La misma Reyes, no dejándonos olvidar que es poeta, nombra situaciones; narra hechos con precisión y belleza al mismo tiempo: "En su nueva vida a la niña le gusta leer la Biblia porque está llena de enigmas y rabia". Ese vínculo inquietante entre enigma y rabia será importante avanzada la novela.

Las identidades se astillan en muchos ámbitos y el lenguaje es uno de ellos: gallego, español de la península, español de Venezuela (trufado de palabras propias). A la voz que nos habla le entra un nuevo paisaje: "Yaracoy, Petaquirito, Oritapo, Borburata…

Las vidas privadas y las vidas públicas chocan; las vidas individuales y las vidas comunitarias; las historias y la Historia. La estancia en Venezuela de la narradora va en paralelo con el inicio de la crisis económica del país hasta acabar desembocando en una dinámica de violencia insoportable. Reyes atraviesa todo esto recordando que, cuando todo se vuelve irrespirable, la joven que fue niña en Orense disfruta de la vida; la simultaneidad de nuevo: "¿Tan insoportable es vivir con miedo, mirar a ambos lados antes de acercarse al portal con la llave lista en la mano para abrir en un solo movimiento y cerrar con todo el cuerpo? (…) Está acostumbrada a vivir en estado de alerta, cuál es el problema, todos lo hacen y bien que disfrutan de la vida".

No hay una sola causa porque hay muchas.

La edad infinita es aquella que, como una enredadera, se nos aferra a pesar de los años pasados y cumplidos. No hay nostalgia (ya se dijo), tampoco revancha ni complacencia. Hay esa capacidad de la escritura para viajar en el tiempo y en el espacio. No es un truco, es un poder ancestral que emana de las palabras.

Cuando no habíamos acabado de celebrar el Premio Nacional de Poesía a Miriam Reyes por su poemario "Con" (La Bella Varsovia), aparece de nuevo con su primera novela. Yo le veo un recorrido largo y hondo. Indestructible verde.

La edad infinita

Miriam Reyes

Tránsito, 182 páginas

18,95 euros

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