La realidad misma es kafkiana, ¿o no?
Un siglo después de la publicación de "El proceso", ¿a quién corresponde el legado de su autor: es alemán, israelí, universal?

Frank Kafka. / Pablo García
Nos proponemos en estas líneas conmemorar el centenario de un libro inmortal: "El proceso", de Frank Kafka (1883-1924). Editado en 1925, fue posible porque, un año después de la muerte del autor, Max Brod (1884-1968) sabía que era su deber, a pesar de que Frank, su íntimo amigo, poco antes de morir le entregó sus escritos inéditos con el mandato de que lo quemara todo.
"El proceso" se ha consolidado, desde entonces, como el paradigma de aquella maquinaria legal que sobreviene de la nada, con impulso ciego y sin atender a razones –salvo seguir sus intrínsecas formalidades– y donde los artífices de la justicia, insensibles a los hechos, solo obedecen instrucciones. Pero lo que no sabía Kafka era que sus escritos iban a sufrir, ellos mismos, un largo proceso judicial para determinar la auténtica propiedad de su legado. ¿A quién pertenece Kafka?
Benjamin Balint, investigador de archivos y articulista de prensa internacional, trata de dar respuesta a esta cuestión en "El último proceso de Kafka. El juicio de un legado literario", y para ello rastrea en los múltiples juicios habidos a lo largo de cuatro procesos concatenados, entre 1974 y 2016, donde analiza no solo las peripecias jurídicas habidas sino también todas las consecuencias de carácter literario –llamémoslo así. Entraban en litigio tres partes: Israel (la Biblioteca Nacional de Jerusalén), Alemania (el Archivo Marbach) y los herederos personales del escritor.
Se demostró que la causa jurídica no cabía ser resuelta, tal como se planteó, apelando a las puras formalidades legales y a la exclusiva documentación sobre los derechos de herencia. Para poder decidir sobre el depositario final más auténtico entraban en liza consideraciones no testamentarias. Se trataba de un genio literario del siglo XX que había escrito en alemán, pero que era de Praga (Imperio austrohúngaro), cuya familia había sido en buena medida exterminada por el régimen nazi –y él mismo hubiera tenido probablemente ese destino si no hubiese muerto de tuberculosis a los 40 años. Estaba ligado por su genealogía y por amistades a la cultura judía y, en definitiva, su última voluntad fue legar sus escritos al fuego.
La trama es jurídica y literaria, pero enraizada en una problemática ética y estética, y además atravesada por vertientes morales: ideológicas, nacionalistas y de tomas de partido culturo-céntricas. Lo que hace Balint es tratar de racionalizar todos estos anclajes y exponerlos a nuestra mirada con el fin de que podamos emitir nuestro fallo. Para ello concede una importancia radical a la voluntad de Kafka, más a la voluntad creadora que a la psicológica, pero no solo, también a la voluntad de Max Brod, en quien Kafka delegó a lo largo de toda su vida, unidos como estaban en una íntima compenetración artística: Max creyó en la genialidad de su amigo ya desde sus años compartidos como estudiantes y tuvo que preservar su obra y contener su propensión a destruir todo lo que no alcanzaba la perfección estética. En este sentido Frank llegaba a decir en su diario "Estoy hecho de literatura. No soy nada más y no puedo ser nada más", pero al mismo tiempo se sentía infinitamente defraudado por su escritura cuando confesaba "no sé escribir. No he conseguido una sola línea de la que me enorgullezca", enfrentándose a su amigo Max, quien valoraba y enaltecía todo lo que salía de su mano. Así las cosas ¿hizo bien Max Brod cuando no quemó los escritos de su idolatrado amigo, incumpliendo su última voluntad?
El lector de la obra de Kafka está implicado en el veredicto sobre "a quién pertenece Kafka". ¿A quién debería pertenecer incluso el valor de sus originales?
Tal vez tenga sentido decir que la realidad humana es kafkiana, al menos el mundo contemporáneo, desde que su penetrante sensibilidad artística supo ver en "La metamorfosis", en "El castillo", en "El proceso" y en el resto de su obra que el ser humano puede convertirse en insecto y que se encuentra continuamente oscilante y perdido en medio de una maquinaria que gobierna desde estructuras rígidas, pero sin responsable último, y que las normas legales se asientan en su puro funcionamiento formal, porque la ulterior razón que las sustenta se halla siempre oculta y tal vez en realidad nadie la conozca. Pues bien, en la medida que la realidad de nuestro mundo esté bien descrita así, en esa proporción será kafkiana.
Kafka amó por encima de todo la literatura, mucho más que a cualquiera de sus cuatro amantes, Felice, Julie, Milena y Dora, e incomparablemente más que a sus lazos judíos, y no cabía parangón ("Admiro el sionismo y me da náuseas, dirá), pues si aprendió el yidis de los asquenazíes ¿lo hizo acaso llevado por impulsos nacionalistas o tocado por alguna ideología partidista o, más bien, por beber allí donde hubiera nuevas aguas literarias?
El autor de El proceso escribía en el alemán de los Habsburgo, pero pensaba a través de la lengua del absurdo que nunca llegó a traducir como él quería, pues entre lo vivido y lo expresado se le presentaba impenitentemente un abismo infranqueable ("Estoy constantemente intentando comunicar algo incomunicable"). ¿De ahí su insatisfacción de fondo? Y tras esa su verdadera lengua, que es universalmente comprendida, escribió en nombre de la reciedumbre de los impotentes enfrentados a poderes ocultos y de la entereza de los injustamente perseguidos. Y entrelazado con ello tematizó la vida interior onírica que es casa común de cualquiera.
¿No pertenece el legado de Kafka, más que a nadie, a todos los que son injustamente ultrajados como seres humanos?
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