Música
Año nuevo musical
La espontaneidad de Yannick Nézet-Séguin ante el envarado público de Viena

El canadiense Yannick Nézet-Séguin, dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Viena, el pasado jueves, 1 de enero. / EFE
Resulta muy sorprendente que uno de los eventos internacionales que mayor atención concita en nuestros días sea un concierto de música clásica. Desde la capital de Austria, la Orquesta Filarmónica de Viena mantiene una fórmula musical que tiene como epicentro la música de la familia Strauss, con incursiones en otros compositores más o menos cercanos y, cada año, alguna nueva incorporación.
Todo en el concierto del primer día de enero está muy tasado, desde la elección del director encargado de estar al frente cada año hasta la liturgia de los bises y alguna de las obras que figuran con más asiduidad en el programa.
Lo que hoy vemos como una tradición empezó bajo auspicio del régimen nazi –la recaudación del concierto servía para financiar a proyectos del propio Tercer Reich– y una figura tan poco edificante como Joseph Goebbels está en la génesis de un proyecto que fue creciendo bajo diferentes batutas que fueron conformando el que hoy reconocemos como Concierto de Año Nuevo.
El salto definitivo llegaría cuando en 1959 se retransmitió por primera vez por televisión y cuando, después, a través de Eurovisión, creció su difusión a decenas de países, como sucede en la actualidad, logrando una audiencia millonaria y catapultando a la orquesta y a los maestros que cada año la dirigen al estrellato mundial.
La edición que se acaba de celebrar ha creado revuelo por la presencia en el podio de Yannick Nézet-Séguin, el maestro canadiense titular de la Orquesta de Filadelfia y de la Ópera Metropolitana de Nueva York. Es decir, un director que está al frente de dos instituciones musicales de primer rango internacional. ¿Y qué ha revolucionado Nézet-Séguin en esta edición? Nada y todo. Me explico: se ha mantenido el repertorio clásico –con alguna incorporación interesante de compositoras que al fin van adquiriendo presencia en los programas, en este caso habría que señalar a Florence Price– y todos los ítems esperables. Pero el maestro canadiense ha aportado dos elementos clave: por una parte un nivel de calidad extraordinario en la interpretación del repertorio, ante unos músicos que han demostrado que pueden dar un impulso y espantar la rutina sobre partituras que han interpretado cientos de veces y, por otra, una espontaneidad asombrosa que consiguió conectar de forma inmediata con el envarado público de la sala –muy formales ante el "sablazo" que pagan por asistir– y con los millones de espectadores que presencian el concierto en televisión como uno de sus hábitos más queridos en el cambio de año.
Nézet-Séguin es uno de los directores que han tomado el relevo de las grandes batutas históricas. Es una nueva generación que ya tiene gran poder en los circuitos y ha traído un acercamiento al sector más natural, menos forzado. Se trata de directores que enfocan su puesto de una manera más colegiada, menos impositiva y están abiertos a participar en el tablero de internet, hoy imprescindible para generar jóvenes espectadores. En Oviedo conocemos bien su buen hacer, su talento y la excelencia de su trabajo. También el de su sucesor el próximo año, Tugan Sokhiev, prácticamente de la misma edad que Nézet-Séguin pero con estilo muy diferente. Sin duda será interesante comparar el enfoque de ambos: servirá para ilustrarnos de la riqueza de la música clásica y de lección de cómo una partitura admite puntos de vista contrastados en su enfoque.
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