El gulag de los zares
H. Leyvik narra su paso por las kátorgas de Nicolás II y levanta un vibrante testimonio entre el pesimismo más atroz y el interés por lo místico y lo mesiánico

Cultura - Libros
M. S. Suárez Lafuente
Este libro de memorias es un retrato de la convivencia cotidiana entre personas capaces de inventar las torturas más groseras para infligir dolor físico y mental a sus congéneres y aquellas que pueden generar empatía de la manera más fina y elemental. En medio de esta tormenta de emociones contradictorias H. Leyvik nos narra, en una primera parte, cómo sobrevivió a una de las kátorgas del zar donde cumplió condena entre 1906 y 1912 por haber repartido octavillas durante la Primera Revolución Rusa de 1905. En la segunda parte, titulada "Por los caminos de Siberia", el autor da cumplida cuenta, casi día a día, de la penosa marcha a pie con una cadena de presos, en el verano de 1912, hasta el pueblo remoto al que había sido exiliado "de por vida".
Leyvik pudo escapar un año después y emigrar a Estados Unidos, donde cumplió su sueño de convertirse en un poeta yiddish y redactar sus memorias antes de morir de tuberculosis en 1962, a los 74 años. En su país de adopción disfrutó de una vida intelectual activa y reconocida, como poeta y dramaturgo y como columnista de prensa. En las kátorgas del zar fue escrito en yiddish y publicado en 1958. Sus traductores explican, ya inicialmente, que "kátorga es un vocablo ruso inseparablemente unido, desde fines del siglo XVII, al tiránico e imperial poder zarista". El vocablo proviene del griego y es antecedente inmediato del gulag.
De la obra de Leyvik escribieron sus contemporáneos que combinaba "un pesimismo apocalíptico con un interés naive por lo místico y lo mesiánico". Efectivamente, el narrador alterna, a lo largo de toda la obra, pasajes de una crueldad inimaginable con rasgos que transforman la desesperación en un lugar habitable, tales como el regalo de una naranja o el préstamo de una camisa seca.
Ya al inicio, Leyvik nos depara un ejemplo palpable de lo que va a ser su estilo. Castigado a permanecer en una mazmorra exigua excavada bajo tierra, en una oscuridad total, tiritando de frío y a pan y agua, el autor comparte cubículo durante unas horas con un preso con el que se enfrasca en reflexiones filosóficas y políticas, con el que discute sobre la naturaleza del Mesías y cita a Nietzsche y a Dostoievski.
Este es el tenor de toda la obra. Leyvik siempre aportará su visión adulta, en una sociedad acomodada, a los recuerdos y sensaciones vividos en su juventud. Su homo homini lupus siempre está apoyado por la idea de que, en medio de la mayor catástrofe personal, se puede encontrar un punto de luz para seguir anhelando la vida.
La importancia que da el autor a la reflexión y el diálogo se refleja en que, cuando las circunstancias no le permiten otra alternativa, recupera la figura de su padre o del mismo Mesías para, cual hologramas, discutir con ellos y compartir argumentos. Paralelamente, el autor narra las historias de los diferentes presos, políticos y comunes, que se va encontrando a lo largo de su periplo; cada preso es definido como una persona con un pasado distintivo, bien idealista o irreflexivo, que se dejó arrastrar por una visión o por un momento de cólera.
Leyvik plantea incontables dudas: si debe predominar el compromiso personal sobre las normas sociales, si es egoísmo delatar "para salvarse de la horca", cómo se calcula el grado de una ofensa para imponer un castigo adecuado, a qué obliga la obediencia debida o si impone la miseria la ética personal, entre otras. Él prefiere pensar que, en el fondo, todo el mundo elegiría ser "bueno".
Al llegar a su destino, Vitim, "en la Siberia oriental, sobre el Lena", Leyvik titula el apartado "Libertad", aunque, si bien ya "no estaban encarcelados, seguían siendo presos", pues encontraban difícil moverse sin un fúsil apuntándoles: "No he podido ni encontrar la puerta. Ya había olvidado cómo la abre uno por sí mismo". Una broma que equivale a una moraleja.

En las kátorgas del zar
H. Leyvik
Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís
Acantilado 424 páginas, 26 euros
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