Teatro Cocteau
En "Thomas el impostor", una de sus primeras novelas, el escritor francés ofrece una visión muy particular sobre la I Guerra Mundial

Retrato de Jean Cocteau por Amedeo Modigliani (1916-1917). / AP
Moisés Mori
Según Ramón Gómez de la Serna, que visitó en la capital francesa a Jean Cocteau, este evocaba su juventud en los siguientes términos: "¡Yo que era célebre en París a los quince años!". En efecto, Jean Cocteau (1889-1963) fue un niño prodigio, un joven poeta que no solo cultivaría luego otros géneros literarios (de la novela al drama, las memorias, el ensayo), sino que llegaría a ser un artista tan famoso como polifacético (música, ballet, artes plásticas y decorativas, cine), toda una personalidad en el París de la primera mitad del siglo XX.
Lo que ya no resulta tan seguro es que la obra de Cocteau permanezca hoy activa entre nosotros. Si nos limitamos al campo literario, con la excepción de "Los niños terribles" y algún otro título ("Opio", tal vez), su producción está bastante olvidada. En cualquier caso, la reedición de "Thomas el impostor", una de sus primeras novelas (1923), invita no tanto a leer ese libro por sí mismo, por el tirón que indiscutiblemente aún tiene su autor, como a comprobar si en efecto Jean Cocteau sigue de algún modo vigente, diciéndonos algo, si acaso no es hoy poco más que un nombre sonoro o un mortecino ismo (de serafismo hablaba Ramón, que recolectaba ismos por las esquinas y encontraba ángeles nuevos, cándidos y mecánicos en los versos de un célebre francés más bien luciferino).
"Thomas el impostor" es una novela ambientada en la Primera Guerra Mundial, aunque tiene poco que ver con otras obras muy significativas sobre aquella terrible, gran guerra ("El fuego", "Sin novedad en el frente"...). Es cierto que el relato de Cocteau recoge experiencias del propio escritor durante la guerra, pues pese a ser declarado no apto para el ejército, participó como voluntario en servicios sanitarios (hospital ambulante, etc.). No obstante, y aun sin eludir los horrores de la carne y el fuego de las trincheras, el narrador de esta novela –que a veces duda entre un punto de vista impersonal y la primera persona– parece ante todo interesado en las maneras de una dama aristocrática, de enorme ambición, y el descaro moral de un bello joven; en las vibraciones sentimentales de ambos sobre un escenario cargado de padecimientos, obuses y muerte.
El sustrato autobiográfico de la historia es conocido, pues Cocteau acompañó a la pianista y mecenas Misia Sert (en aquel momento aún conocida como Misia Edwards), quien para colaborar con la Cruz Roja había habilitado parte de un edificio de París como hospital y organizado a su vez un servicio de ambulancias en el que tanto ella como el escritor acudían al frente para recoger y cuidar heridos. En la novela, el papel de Misia lo desempeña la princesa Clémence de Bormes, una inteligente, orgullosa e intrigante viuda de mediana edad; el impostor es Guillaume Thomas, que exhibe el atrevimiento y la belleza de sus diez y nueve años. Princesa y joven viajan en ese convoy sanitario, son el centro de la historia. En torno a ellos y su empresa benéfica se mueven los demás personajes (médicos, un periodista, la enfermera supervisora, también Henriette, linda hija de Madame de Bormes); entretanto, Thomas se hace pasar por sobrino de un famoso general ("toda una celebridad") para recibir así, con su impostura, los consiguientes privilegios y en definitiva un particular renombre, pues todo lo demás, incluso el espanto que tiene ante los ojos, poco parece importarle. Por su parte, la ilustre señora Clémence ha organizado toda esa operación no movida por algo así como clemencia, sino porque ha intuido las posibilidades del momento; o sea: "Olfateaba la gloria como un caballo de cuadra. Trotaba tras nuestras tropas".
Y es que tanto Thomas como la princesa, aun en circunstancias tan excepcionales como en las que se encuentran, pretenden estar al margen, por encima de los acontecimientos; su condición moral es un egoísmo asumido y declarado, lo que comporta a su vez el completo desprecio por todos aquellos que no son sus pares. Lo asegura el narrador, ellos mismos lo certifican ("No me gustan los pobres. Detesto a los enfermos"). Pero esa misma o muy semejante posición es la que se traspasa y parece alimentar la raigambre ética del relato, pues la mayoría de los personajes son tratados con parecido desdén, como seres insignificantes o estúpidos (la enfermera fea y vulgar, el clérigo grosero, el médico espiritista...); solo se salvan unos pocos elegidos, que bien pueden ser anónimos pero bellos fusileros o una muchacha inglesa ("un verdadero muchacho") cuyas maneras de amazona se ven como encantadoras.
El resultado de esta mirada narrativa termina por defender un lugar común: que la vida es un teatro, que cada cual representa un papel. Y en este punto la principal y más delicada aportación de la novela sería esta: que aun en tiempos de guerra rige esa misma y teatral ley. En efecto, no es necesario acudir a Shakespeare, a la sociología de Erving Goffman o a la letra de los boleros para sostener y justificar una tesis de carácter similar. Pero lo que acaba por resultar cuestionable no es tanto que se defienda ese punto de vista hasta llevarlo al extremo, sino que se haga tan teatralmente y con tal reiteración que no solo se rebaja así la calidad estética del texto, sino que resuena en él justamente lo mucho que tiene de exceso y, en definitiva, de justificación. Todo en "Thomas el impostor" es gran y repetido teatro, no vaya a ser que no se vea; las señales son innumerables y en cualquier página, con todas sus letras ("entrada en escena", "había nacido actriz", "su espectáculo favorito", "un entremés absurdo", "interpretaba el papel de", "entraban en los bastidores de un drama", "este hombre teatral"...). El libro se cierra con un índice de episodios titulado "Escenas".
Por lo demás, la escritura de Cocteau alcanza momentos espléndidos, en verdad brillantes, valga de muestra esa línea que hemos citado en la que se compara el olfato de Madame de Bormes con el de un caballo. Bien es cierto que el abuso de ese mismo procedimiento comparativo, con marcas expresas del tipo "como", "igual que", "cual", "semejante a", desluce una escritura cargada de energía.

Thomas el impostor
Jean Cocteau
Traducción de Montserrat Morales Peco
Cabaret Voltaire 160 páginas, 17, 95 euros
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