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Tinta fresca

Veneno, destino y deseo

Constantino Bértolo ofrece una reflexión sobre el oficio de editor en "El arte de rechazar manuscritos"

Constantino Bertolo.

Constantino Bertolo. / José Luis Roca

Tino Pertierra

Tino Pertierra

No se entendería la historia de la literatura española de las últimas décadas sin la figura de Constantino Bértolo, crítico de los que dejan huella y editor que marcó una época de audacia, rigor y devoción por la alta calidad y por el descubrimiento de voces nuevas. De ahí el interés sobresaliente de "El arte de rechazar manuscritos", una actividad de alto riesgo porque está en juego algo tan inflamable como los egos. Ay, los egos y sus peligrosas entrañas. Tengamos en cuenta que por cada uno de los noventa mil libros que se publican cada año en España hay veinte propuestas más que se descartan. Casi nada. Y hay un responsable de esa criba masiva: el editor. Bértolo reflexiona en un ensayo tan breve como bravo (pura adrenalina reflexiva en frasco pequeño) sobre un oficio de tinieblas y luces al que el autor se dedicó con pasión concienzuda y visionaria.

Claro que los tiempos han cambiado: "Con la aparición de internet, la expansión acelerada del mundo digital, el crecimiento de la autoedición o la brusca irrupción de la inteligencia artificial, ¿aquella vieja historia del escribo, mando el manuscrito a una editorial, me siento y espero una respuesta no era ya cosa del pasado?". Un mundo que "casi" no existía. Y ese "casi" le animó a seguir adelante. Tengamos en cuenta que "lo real es que publicar en edición tradicional sigue siendo lo que todo escritor desea: el prestigio sigue ahí, del mismo modo que quien entra en ese parto con los fórceps de la autoedición desea también tener cabida en el mundo editorial de siempre, el que, en definitiva, legitima y homologa los textos aceptados en el campo literario":

Aclara el autor que "un manuscrito no es un libro. Y quizá lo mejor sea empezar aclarando que los escritores no escriben libros, sino textos, y que los que hacen los libros son los editores, por más que el lenguaje cotidiano, ese que tantas veces solo refleja apariencias, les conceda a aquellos esa facultad". No olvidemos que los escritores son unos enfermos. ¿En serio? "Su enfermedad se llama Ego o Super Yo o Autoconsciencia o Alma, si ustedes quieren. Su enfermedad es el Yo, pero ocurre que el Yo siempre son los otros, lo que ves en la mirada ajena cuando te asomas a su espejo". Saber escribir es "saber mirar, y como oficio es un oficio extraño y peligroso, sea cual sea el resultado final del trabajo". La literatura como "veneno, como destino y deseo". Y la lectura como "voluntad de prisión y cárcel. El escritor como vocación de carcelero". El editor tiene dos almas, dos deseos: "Publicar buenos libros y obtener con su venta al menos los beneficios necesarios para el mantenimiento y la reproducción de la empresa editorial, dos deseos que corresponden a dos almas: el alma literaria y el alma económica".

Una utopía como broche final: "Una Literatura sin dioses, sacerdotes ni altares". Casi nada: "Mejor aprendamos del presente". Casi todo.

El arte de rechazar manuscritos

Constantino Bértolo

Penguin, 120 páginas, 12,90 euros

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