Mi reino por un caballo
"Rusia contra Napoleón", de Dominic Lieven, es un monumental estudio de la derrota de la "Grande Armée" en las heladas tierras del zar

Cultura - Libros
Dominic Lieven, prestigioso historiador británico especializado en la Rusia imperial, no se sentía satisfecho con el tratamiento historiográfico del gran duelo continental entre el zar Alejandro I Romanov y el emperador de los franceses Napoleón Bonaparte. No le convencían ni el chovinismo interesado de los historiadores de los distintos países europeos que intervinieron en la contienda ni la falta de profundidad de los estudios sobre el desarrollo de las campañas militares, sobre todo al descuidar los aspectos logísticos (es decir, el avituallamiento y equipamiento de los ejércitos), verdaderos protagonistas de la ardua investigación que Lieven nos ofrece. En muchos extremos, escribe, el mayor héroe del esfuerzo bélico ruso en 1812-1814 no fue un ser humano, sino el caballo. La enorme superioridad de la caballería ligera rusa desempeñó un papel fundamental. En 1812, Napoleón no solo perdió a casi todos los hombres, sino prácticamente todos los caballos con los que había invadido Rusia.
Esta monumental (en todos los sentidos) obra de Lieven comienza afirmando que la derrota napoleónica en Rusia constituye uno de los relatos más dramáticos y llenos de avatares de la historia europea. Las dos batallas más grandes, Borodinó y Leipzig, y muchos otros acontecimientos resultan de gran interés para el historiador militar. Añádase que el ejército ruso persiguió a los franceses desde Moscú hasta París y entró en la capital enemiga a la cabeza de la coalición victoriosa el 31 de marzo de 1814. Este libro ofrece, pues, una relación fascinante y admirablemente documentada de semejante hazaña. Muy lejos, desde luego, de la mitología construida en la gran novela de Tolstói "Guerra y paz", cuyo populismo antielitista se separa del protagonismo otorgado por Lieven al gobierno y al ejército en la victoria sobre Francia, sin ahorrar críticas a uno y otro. En efecto, la política militar rusa en esos años se concibió con inteligencia y se ejecutó con un propósito coherente. En realidad, distaba mucho de la mitología tolstoiana. Hay que estudiar, por consiguiente, la gran estrategia, las operaciones militares y la diplomacia, o sea, la política del poder.
Al final de su magnífico libro se pregunta el autor si, a la vista de la historia europea posterior a 1814, los enormes sacrificios del pueblo ruso durante estos años terribles merecieron la pena. No se trata sólo de cuánto sufrió la población del país durante el tremendo conflicto bélico. Como ocurre siempre, razona Lieven, la victoria consolidó y legitimó el régimen existente, que en Rusia estaba enraizado en la autocracia y la servidumbre. La sensación de que el imperio ruso había triunfado y estaba, por tanto, seguro desincentivó la voluntad de una profunda reforma interna. El extremadamente conservador y represivo reinado de Nicolás I (1825-1855) descansaba en tal convicción, que no se vio cuestionada hasta la derrota rusa en la guerra de Crimea (1854-1856). Entonces se asistió a una oleada de reformas modernizadoras bajo el reinado de Alejandro II. Pero en 1815 aún no se daban las condiciones (sobre todo la existencia de una fuerte y amplia clase ilustrada) para llevar a cabo reformas radicales como las que se emprendieron dos generaciones más tarde.
¿Por qué se produjo la invasión francesa? Los excelentes servicios de inteligencia rusos en París averiguaron la determinación belicista de Napoleón ya en 1810. Estaba claro, pues, que el precio de adherirse al bloqueo continental al Reino Unido decretado por París para evitar la guerra equivalía a socavar las bases económicas de Rusia como gran potencia. Tal vez la historia europea posterior, dice Lieven, habría sido más feliz de haberse impuesto de un modo u otro la hegemonía francesa, pero es absurdo pensar que el gobierno de Alejandro I hubiera podido preverlo o aceptarlo sin combatir.
Por otra parte, el zar se hallaba persuadido de que la seguridad rusa y la europea eran mutuamente dependientes, algo, concluye lúcidamente Lieven, que sigue siendo cierto hoy. Y tal vez, añade, pueda extraerse alguna lección de ese momento en que mayoritariamente se vio al ejército ruso que avanzaba a través de Europa en 1813-1814 como un ejército de liberación cuyas victorias significaban el final de las extorsiones de Napoleón y de una época de constantes guerras, y el restablecimiento del comercio y la prosperidad europeas.
El lector debe saber, no obstante, que la vesión en inglés de esta obra maestra de Dominic Lieven ("Russia against Napoleon") vio la luz en 2009, años antes, por tanto, del inicio del expansionismo de Putin en Ucrania.

Rusia contra Napoleón
Dominic Lieven
Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez
Acantilado, 928 páginas, 44 euros
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