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El triunfo de la banalidad

El norteamericano David Rieff constata en un ensayo clarificador la derrota de la cultura por la abolición de los altos criterios estéticos y del pensamiento

David Rieff.

David Rieff. / EFE

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

El analista político y crítico cultural David Rieff (Boston, 1952) actúa en "Deseo y destino" como notario de un derrumbe que ya ha ocurrido, aunque sigamos comportándonos como si aún hubiera tiempo para evitarlo. Es el del conflicto irresuelto –y probablemente irresoluble– entre el deseo moderno de autodeterminación absoluta y el peso de un destino que ya no se llama Historia y que sigue imponiéndose bajo las formas más extremadamente vulgares: la cultura del espectáculo, la moral sentimental de las redes y la política convertida en performance identitaria. La tragedia ha sido sustituida por el melodrama; y el pensamiento, por las consignas. No existe en el perspicaz y por momentos brillante ensayo de Rieff un lamento reaccionario por un pasado idealizado, sino una constatación amarga de que la alta cultura ha perdido la batalla no frente a la censura o la represión, sino ante la banalización. No ha sido derrotada por enemigos externos, pero sí disuelta desde dentro, en nombre de una supuesta democratización que ha confundido acceso con abolición de los criterios. Un precedente del siglo pasado podemos encontrarlo en "La derrota del pensamiento", el manifiesto con que Alain Finkielkraut se posicionó en los años ochenta del pasado siglo contra una "cultura zombi" y un conformismo posmoderno.

El blanco más claro y evidente de "Deseo y destino" es lo que Rieff identifica como moralismo "woke", no tanto por sus intenciones –que pueden ser, el mismo autor lo admite, comprensibles– como por sus efectos culturales. En su versión más dogmática, esta sensibilidad convierte la literatura, el arte y la historia en meros instrumentos de reparación simbólica. Todo debe servir a una causa, toda obra tiene que ser evaluada no por su complejidad o su verdad incómoda, sino por alinearse con el catecismo del momento. Un ropaje uniforme, repleto de excesos y estupideces arrogantes, en lucha encarnizada contra la ambigüedad, el conflicto y la ironía; un catecismo abrazado por la izquierda aunque sus comisarios sean totalmente indiferentes a la política de clases. Rieff escribe que acaso lo "woke" no se tambalee y, sin embargo, los ricos se están enriqueciendo muchísimo más. De este modo es posible –apunta– cuadrar la satanización de la alta cultura de Occidente y la actitud más permisiva ante las desigualdades de clase. Como el propio John Banville recuerda en el prólogo invocando los argumentos del autor del libro, en el mundo burgués recién despertado todos tienen que ser especiales, uno es lo que decide ser: un niño de nueve años puede decir que es una niña, y pobre del que se atreva a contradecirlo, y una prestigiosa editorial universitaria puede publicar "Marx para gatos: un bestiario radical", de una profesora que identifica la animalidad en el corazón de la crítica marxista, pues como ella misma escribe los gatos "hace mucho que se tienen por animales de crítica económica y posibilidad liberadora". ¡Toma ya! Mientras tanto, recuerda Banville, "una mujer con un uniforme barato cuida diez horas, de noche y en invierno, un teléfono público, a menudo con temperaturas bajo cero" por un mísero salario.

La liberación total, en el doctrinario woke, no produce sujetos más libres, sino más frágiles, más dependientes del reconocimiento constante y más hostiles a cualquier forma de crítica. Entrenados en una forma de ansiedad, victimismo y una política de la identidad que necesita enemigos perpetuos para justificarse.

A riesgo de que pueda interpretarse como una provocación, David Rieff escribe con suficiente claridad. Su estilo es seco, ascético, como si pretendiera en cada frase cargar con la responsabilidad de decir algo verdadero en un entorno saturado de ruido. Esa sobriedad es, en sí misma, una toma de partido que consiste en proponer una disciplina del pensamiento frente a la inflación emocional del presente. La nitidez del mensaje se percibe constantemente en la advertencia de que una cultura que renuncia a la complejidad, que sustituye el juicio estético por el juicio moral y que confunde empatía con sentimentalismo está condenada a la irrelevancia. No a la desaparición, sino a algo peor todavía, que es seguir existiendo como si se tratara de un simulacro. Es el triunfo de una estética kitsch que, además, en su actitud no se reconoce como tal. En la estela de Kundera, Rieff, hijo de Susan Sontag, quiere redundar en esa negación sistemática de lo trágico, de lo contradictorio, de lo que no puede resolverse con una sonrisa o un eslogan. Libro clarificador.

Deseo y destino

Lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitschDavid Rieff

Traducción de Aurelio Major

Debate, 248 páginas, 20 euros

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