Los amores de un picaflor
Benjamin Constant, escritor y político ilustrado, truhan y señor, ofrece en cuatro novelitas autobiográficas el retrato apasionado de una educación sentimental

Benjamin Constant, retratado por Hercule de Roche en 1820. / Wikipedia
Tuve y aún conservo devoción por las historias de la vida de Casanova, probablemente las memorias más disolutas y emocionantes que existen en la literatura de todos tiempos. Leyendo las novelitas del escritor y político ilustrado suizo Benjamin Constant (1767-1830), truhan y seductor, a su vez, que ahora publica Periférica en el volumen "Los amores inconstantes", hallo el paralelismo y también la diferencia. Las memorias del libertino, aventurero y viajero veneciano Giacomo Casanova son la gran epopeya del deseo triunfante. Casanova ama mucho, ama a muchas mujeres, y en ese amar no se interroga sin cesar sobre sí mismo. El deseo es una fuerza natural que ejerce, goza y recuerda. Incluso cuando fracasa o es abandonado, el relato conserva la energía de que el mundo sigue siendo un lugar hospitalario para el placer, y el sujeto, aun derrotado, no queda paralizado por la culpa o la reflexión excesiva. Casanova narra sin analizarse a sí mismo. Benjamin Constant, en cambio, escribe desde un mundo ya despojado de esa inocencia. En "Adolphe", "Cécile", "Amélie y Germaine" o "El cuaderno rojo" el deseo no se vive sin pasar antes por el filtro de la conciencia moral y social. El amante ya no es un conquistador, sino un sujeto escindido que sospecha de sus propios impulsos. Constant no acumula experiencias, las examina constantemente. Donde Casanova convierte cada mujer en una aventura singular, cada relación parece ser en Constant un problema irresoluble. El placer, en lugar de justificarse por sí mismo, exige explicación, y esa exigencia lo debilita. Lo que une a ambos es que ambos entienden el amor como una experiencia individual, no como una institución.
Esta edición de Periférica se posa en las manos del lector como una joya capaz de expresar cómo ninguna otra las volatilidades del espíritu. Fue todo un personaje –su lema era "Sola inconstancia constants"–, amante y coleccionista de mujeres, un auténtico picaflor. "Los amores inconstantes" reúne en un mismo libro una novela autobiográfica, una autobiografía novelada, un diario y unas memorias de juventud. En suma, un edificio literario a la altura del autor.
"Adolphe" (1816) es el centro de gravedad de este universo. Se trata de una novela breve, seca, que narra la relación entre un joven intelectual y Ellénore, mujer mayor, apasionada, socialmente comprometida por ese amor que lo consume todo. Lo decisivo no es el argumento, sino el tono, el de esa voz que analiza sin piedad sus propias vacilaciones, su incapacidad para amar sin destruir, para abandonar sin crueldad, para quedarse sin asfixiarse. Adolphe no es un cínico; es un hombre lúcido, paralizado por la conciencia. Constant inaugura aquí una figura clave de la sensibilidad contemporánea, la de la clase de sujeto que sufre menos por lo que hace que por lo que no es capaz de hacer. Las novelas póstumas ("Cécile" y "Amélie y Germaine") profundizan esta herida. En la primera, el amor es una promesa siempre aplazada, sofocada por la indecisión y por un escrúpulo moral que funciona como coartada. El narrador ama, pero no actúa; desea, pero se repliega; comprende demasiado bien las consecuencias de sus actos como para atreverse a vivirlos. En "Amélie y Germaine", la imposibilidad se radicaliza cuando el amor choca con una barrera infranqueable –el incesto simbólico, la prohibición absoluta– y se sublima en la renuncia. Pero incluso allí, donde la moral parece imponerse, late la misma ambigüedad: ¿Virtud o miedo? ¿Sacrificio o egoísmo? A lo largo del tiempo todos han coincidido en que resulta difícil no leerla a la sombra de Madame de Staël, la gran pasión intelectual y afectiva de Constant, mujer brillante, dominante, excesiva, que encarna tanto la fascinación como la amenaza.
"El cuaderno rojo", finalmente, funciona como clave de lectura de todo lo anterior. No es una novela, sino un cuaderno autobiográfico, fragmentario, escrito con una frialdad casi notarial. Allí aparecen las mismas mujeres, los idénticos movimientos de aproximación y fuga, la misma incapacidad para sostener en el tiempo lo que el deseo inaugura con ímpetu. El lector descubre entonces que la repetición no es un recurso literario, sino que forma parte de una concepción vital. Constant no reescribe su vida porque carezca de imaginación; parece estar atrapado en un patrón del que no logra salir. Su grandeza reside en no absolverse. En sí no hay justificación ni moraleja, solo una obstinada fidelidad a la verdad psicológica. Es el documento moral de una época de transición.

Los amores inconstantes
Benjamin Constant
Traducción de Manuel Arranz Periférica, 328 páginas, 21,90 euros
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