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El calor exacto de la estufa

En los poemas de "Amarilla", Marta Sanz reafirma su creencia en la literatura como servicio y vuelve a tocar con mimo no exento de humor la soledad y la enfermedad de los viejos

Marta Sanz.

Marta Sanz. / Pablo García

Jaime Priede

Jaime Priede

Quizá el pie de foto que mejor capte la imagen de Marta Sanz en el ámbito literario sea ese "me pienso pensando" que ella misma se apuntaba como lectora de "Un mundo deslumbrante", de Siri Hustvedt, cuando se publicó en España. Una auto vigilancia marcadamente cerebral, tensionada por su respetuosa corrección política, atenta a esos recorridos mentales que brillan como el acero cuando toma conciencia de las trampas en las que caemos a diario, se sitúa en las antípodas de la resignación y no se calla ni debajo del agua.

Marta Sanz ha puesto todos los huevos en la cesta de la escritura con la intención de ser socialmente útil. Escribe de forma apelativa, entiende su oficio como un proceso en marcha en el que se vigila mientras se prepara para lo de fuera. Una escritura, la suya, abierta a una dimensión social que dé verdadero sentido al combate interior. Por ese motivo, alterna narrativa, poesía, ensayo y colaboración mediática con un gran sentido de responsabilidad textual, sea oral o por escrito. Solo hay que escucharla en la radio para entender lo que quiero decir.

La última prueba de este proceso es un color. "Todos los poemas me salen amarillos", escribe en la última página de "Amarilla" (La Bella Varsovia), el libro que sucede a su poesía reunida en "Corpórea" (2022). El amarillo puede evocarte la luminosidad de aquel lento membrillo de Antonio López o la explosión de los girasoles de Van Gogh, pero andamos lejos de eso, en este caso tiene que ver con la aguja que une el brazo con la bolsa de antibiótico o de bilis. El amarillo del trastorno hepático, de la paloma que ha perdido lustre. Es el amarillo del ilustrador Román Linacero en la portada del libro, un verdadero poema visual, una obra de arte como lectura de un libro de poemas. Es el amarillo de la vejez, no de la muerte, de la vejez, del proceso en marcha. Lejos del renacentista collige virgo rosas y más todavía de la retorcida resignación barroca, aquí se trata del dolor que sentimos ante la sospecha de la enfermedad, el atisbo de lo que viene, el frío en los pies.

Sin dejar nunca de lado que el poema es ritmo y se sustenta en él por encima de todo, el lenguaje poético de Marta Sanz tiene anclajes muy sólidos en las cosas que pasan, sus poemas nombran exactamente lo que están nombrando. Como ha repetido en diversas entrevistas de promoción, si en un poema de este libro dice: "Cuando sea vieja, / salvadme de los rigores / de la temperatura. No me obliguéis a gritar por falta de abrigo. // La rebeca de lana siempre bien abrochadita", está hablando del abandono y de la soledad, pero, sobre todo, está hablando del frío, ese frío puntual de las personas mayores y delgadas que lo sienten porque no se les arropa lo suficiente. Y, efectivamente, cuando está hablando de ese frío, está hablando también de la factura de la luz, de cosas importantes que parecen no tener espacio en un poema, pero que lo tienen cuando se cree en la literatura como servicio o cuando se está convencida de que, para ciertas cosas, el yo poético puede ser la primera persona del plural, interpelando desde un sentido del humor que en su caso viene de serie.

"Amarilla" está en las antípodas de la visión romántica de una vejez de telefilme, pero tampoco escatima que puede haber una particular belleza en determinados gestos corporales, en texturas de la piel, en maneras de mirar. En la vejez somos más frágiles, nadie lo duda, pero lo que Marta Sanz, desde la dimensión social de "Amarilla", nos empuja a no tolerar es que esa fragilidad se convierta en una vulnerabilidad sistémica, es decir, en una especie de crueldad por desatención.

Publicada en 2006 y finalista del Premio Nadal, "Susana y los viejos", en este caso dando una vuelta al mito bíblico, ya dejaba constancia de su interés por los problemas reales con personajes de carne y hueso, viejos que se mueren de soledad en medio de la calle. Han pasado veinte años de una escritura que desde entonces no trata de usurpar la voz del que sufre, pero sí de dejar testimonio de la vergüenza y de la culpa.

Como intentaba explicar al principio, la escritura de Marta Sanz es un proceso que va de lo más íntimo a lo más colectivo y es muy difícil separar el adentro del afuera, porque en Amarilla" también están presentes los crímenes de guerra en Gaza, la ultraderecha norteamericana, el rechazo de lo woke, los desahucios. Una escritura obsesionada por dejar testimonio de las cosas que pasan a través de las experiencias personales y pequeñas, poniendo de manifiesto una voz de alerta ante el riesgo de inmunidad por acumulación de violencias, de dolores. Ese pájaro que en verano escuchamos caer desde casa. No nos olvidemos de ese pájaro en la portada de Román Linacero.

Amarilla

Marta Sanz

La Bella Varsovia, 96 páginas 12,90 euros

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