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Yuja Wang, György Ligeti y el interés de los músicos por la creación contemporánea

Yuja Wang, durante un concierto.

Yuja Wang, durante un concierto. / EFE

Cosme Marina

Cosme Marina

Resulta curioso cómo a una parte del público le llamó la atención que la célebre pianista Yuja Wang interpretase la pasada semana el "Concierto para piano" de György Ligeti junto a la Mahler Chamber Orchestra bajo de dirección de Fabien Gabel. Obra estrenada a finales de la década de los ochenta del siglo XX, es una partitura de gran dificultad interpretativa y muy exigente para el oyente.

Y resalto que llamó la atención porque, habitualmente, los artistas en gira apuestan por el repertorio más trillado con el fin de concitar la aprobación general del público y también, por qué no, realizar alardes virtuosísticos sobre los que se cimenta su fama. Pero esto, poco a poco, está cambiando. Cada vez encontramos a más músicos que tienen un firme compromiso con la creación o que muestran una especial predilección por partituras que, sin ser estrictamente contemporáneas, aún necesitan del apoyo de los intérpretes para asentarse en el repertorio.

Es esencial esa dedicación a la música escrita en nuestro tiempo. Casi diría que es una obligación. Y más aún cuando se trata de músicos que concitan multitudes porque ahí el altavoz es aún mayor y su influencia acrecienta el impacto de obras que debieran escucharse con otra asiduidad.

Tiempo atrás la creación contemporánea tendía a refugiarse en pequeños festivales o en formaciones especializadas que apuntaban a un sector del público muy concreto. Las orquestas incluían con cuentagotas algún encargo en su programación y poco más. Afortunadamente esto está cambiando. Nuevas generaciones de compositores han extendido la creación, rompiendo las rigideces y las imposiciones propias de otras épocas, y están consiguiendo audiencias extraordinarias. Los resultados podrán gustar o no, pero tienen su escaparate y muchas de ellas están logrando romper la maldición de la nueva música que significaba que gran parte de estas creaciones se escuchaban en el estreno y caían en el olvido absoluto de manera súbita. Ahora estamos ante óperas que se comisarían entre varios teatros u obras sinfónicas que encargan cuatro o cinco orquestas y que luego tienen vida más allá de esas primeras audiciones en otras formaciones y en países diversos. Está, por tanto, generándose un apoyo a la creación que ha conseguido integrarla con el repertorio tradicional y eso es una magnífica noticia para la formación de nuevo público y para que el tradicional sea capaz de romper unos prejuicios que empequeñecen su capacidad para producir nuevas experiencias artísticas.

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