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Madre Rusia

"La educación soviética", de Olga Medvedkova, esboza la liberación de una joven atrapada en la ortodoxia de un régimen moribundo

Ceremonia de inauguración de los JJ OO de Moscú en 1980.

Ceremonia de inauguración de los JJ OO de Moscú en 1980. / AP

M. S. Suárez Lafuente

En los últimos meses hemos asistido a la traducción de varias obras que describen cómo transcurría la vida más allá del entonces denominado "telón de acero". A esta tendencia se une Olga Medvedkova con su hasta ahora única novela, "La educación soviética" (2014), que fue galardonada con el premio "Revelación" de la Sociedad de Escritores de Francia. Medvedkova nació en Moscú en 1963 y, en 1991, se mudó a París, donde trabaja como investigadora en el Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia.

Tanto el título como la portada constituyen una buena introducción a lo que vamos a encontrar en sus páginas: una educación centrada en el ideario comunista, muy adelgazado ya, roto en parte por el mismo martillo que lo emblematiza y rodeado de otros colores políticos que apuntan hacia el exterior. El dibujo, "Plato cubierto con martillo", es de Serguéi Chekhoin y data de 1919.

La novela está narrada por Liza Klein, una adolescente dominada por su madre, Lucie, que quiere hacer de ella un genio de las matemáticas, porque en ellas "el tiempo no cuenta. Están en un eterno presente. Ni ‘eran’ ni ‘serán’". Pero cuando la celebración de los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 les impele a salir unos días de la ciudad, tomada por la policía y los turistas, Liza, que abandona por primera vez su burbuja moscovita, entra en contacto con otros presentes y con su pasado. Ya desde las primeras páginas, el estilo sobrio y objetivo de Liza va sufriendo una transformación propiciada por las muchas dudas que ese mundo nuevo origina en su discurso.

La vida en el pueblo de sus antepasados, anclado en la pobreza y la carencia absoluta de futuro –al estar escasamente habitado por viejos, discapacitados y un disidente, antiguo amigo de su madre–, impacta en la visión del mundo de Liza. A punto de cambiar su apellido alemán por el de su madre, ruso, para facilitar su admisión en la universidad, Liza entiende al fin que un cambio de nombre no indica un cambio de pasado.

La decadencia del palacete de sus bisabuelos, que es presa del pillaje por quienes no entienden de obras de arte ni de libros, escandalizan a una Liza que, a pesar de las voces de Lucie para que no se desvíe de su vocación matemática, decide comer de la manzana prohibida que el disidente, David, le ofrece: "También ella mordió su mitad y sintió un escalofrío". A partir de aquí, Liza reconoce que su cuerpo enjuto y poco desarrollado es un remedo de lo que fue su educación y se dispone a indagar en su pasado y en el de su país.

No sin miedo, entra en el bosque que amenaza con engullir totalmente la mansión, un bosque que "todo lo que tenía de límpido a la luz del día lo tenía ahora de opaco y misterioso", dispuesta a probar que está viva, que "aún estamos vivos". Dispuesta a disipar la red que la atrapa, a ella y a su madre, entre un pasado familiar de aristócratas terratenientes que tenían esclavos e hibernaban en el sur de Francia, una revolución, varias dictaduras y, más cercana a ella, la invasión alemana que destruyó la familia paterna, judía, y desestructuró totalmente el entorno inmediato de Liza, convirtiéndolo en un espacio amedrentado, mentalmente colonizado y silenciado.

La voz de la madre, que restalla "como un latigazo […] para que cada uno se quede en su puesto", pierde la partida contra el grito de la historia. Aún hay esperanza.

La educación soviética

Olga Medvedkova

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego

Acantilado 214 páginas, 16 euros

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