La vida al desnudo
Michelle Grangaud recopila en "Calendario de poetas" gestos pequeños pero reveladores de quienes situaron la creación en el centro de su vida

Cultura - Libros
Recuerdo haber recopilado, desde muy joven, apuntes en una libreta escolar de anillas en la que coleccionaba anécdotas y curiosidades acerca de la vida y obra de artistas y pensadores. Algunas eran notas jocosas, como el hecho de que Dalí se hubiera inspirado en el queso Camembert para concebir sus relojes blandos; otras informaban de las rutinas de los aludidos, como la circunstancia de que los ciudadanos de Konigsberg pusieran sus relojes en hora cuando Kant salía a dar su paseo cotidiano; tampoco faltaban las que apuntaban a aspectos tan prosaicos como esclarecedores de las existencias a examen, como la evidencia de que García Márquez redactara sus ficciones descalzo. Aquel catálogo arrojaba un saldo iluminador: las vidas de todas aquellas personas a quienes yo admiraba y, ocasionalmente, emulaba estaban recorridas por manías, azares y cadenas causales tan banales como diáfanas. Pintores, músicos, cineastas, escritores y filósofos pautaban sus días con un material parecido al de cualquier otra vida: rituales que escondían supersticiones, cuitas financieras o amorosas sutilmente reiteradas, olvidos y fingimientos, sandeces y sublimidades, problemas con el alcohol, con los impuestos, con maridos crueles y con esposas aburridas. En definitiva: la prosa y la poesía del mundo.
"Calendario de poetas", de Michelle Grangaud, exprime esta idea de la recopilación de anécdotas relativas a las vidas de quienes situaron la creación en el corazón de su aventura para entregarnos un año de peripecias, desmanes e intrascendencias que, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, recopila un sinfín de pequeños aunque clamorosos gestos. Todo parece tener cabida en este elenco íntimo: las cuentas domésticas de Victor Hugo dialogan con la dieta que Jacopo da Pontormo ingería mientras trabajaba en una de sus obras maestras; el inglés macarrónico de Voltaire se cita con las lecturas de Althusser en el Stalag XA de Schleswig; la correspondencia entre Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva se cruza con la última pipa que Spinoza se permitió antes de morir. El impacto que en el lector provoca esta recopilación de actos resulta muy sutil. Poco a poco, quien lee se va empapando, como si lo mojara una lluvia finísima, de las experiencias de un puñado de creadores que acaban por aparecer ante sus ojos como una nutrida representación de personas acuciadas por los mismos diminutos sinsabores y por las mismas no menos diminutas alegrías que presiden cualquier vida. El libro, así, alcanza un doble propósito: por un lado, al humanizar a sus protagonistas, los reviste de una insólita claridad, como si, al acercar la lupa a su cotidianidad, ciertas imágenes reverenciadas y mitificadas se nos entregaran en su verdadera estatura, que es la de cualquier ser humano que sufre, ama, triunfa y fracasa; por otro, desmonta toda pretensión de solemnidad sin por ello dejar de transmitir los aspectos heroicos que una vida consagrada al arte contiene. El resultado es la excursión por una bellísima educación sentimental, tanto la de Grangaud como la del joven que recopilaba anécdotas en aquella hoy perdida libreta escolar de anillas.

Calendario de poetas
Michelle Grangaud
Traducción de Mateo Pierre Avit Ferrero y Pablo Martín Sánchez
La Navaja Suiza, 192 páginas, 19,50 euros
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