¿Puede tener la guerra algo bueno?
Enrique Bonete Perales recorre las posturas de veinticuatro destacados pensadores situados entre el pacifismo absoluto y el belicismo realista

Una anciana herida mira a través de una ventana de su casa de Kiev tras un bombardeo ruso, el pasado 23 de diciembre. / AP / Efrem Lukatsky
¿Puede tener la guerra algo bueno?
Si le preguntamos a Juan Luis Vives (1492-1540) nos dirá que no, que en absoluto, que la guerra ocasiona siempre graves males y nunca soluciona los conflictos humanos, sino que los multiplica.
Si le preguntamos a Hegel (1770-1831), nos dirá que sí, que por supuesto, que la guerra empuja al "espíritu objetivo" en su despliegue histórico y con ello el Estado progresa y la civilización también. En esta línea, el militar prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831), exacto coetáneo del filósofo idealista, se encargará de insistir en cómo "la guerra es la continuación de la política por otros medios" y el filósofo alemán Carl Schmitt (1888-1985) establecerá la esencia de lo político en la relación amigo/enemigo.
Si se lo planteamos a Kant (1724-1804)), responderá que si le preguntamos a la "razón pura práctica" nos dirá: "no debe haber guerras", pero si se delibera con la experiencia, se comprueba que son un hecho; y puestos a pensar racionalmente concluirá que las guerras solo podrían ser controladas (en una "paz perpetua") a través de una ley internacional y de un pacto entre los países, sometidos a una coacción superior al poder de los Estados.
Si sobre este asunto investigamos con Cicerón (106-43 a. C.), muy avezado en catilinarias, exclamará: "¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?", hasta cuándo guerra abusarás…, y en su fuero interno oiremos lo que contrariadamente piensa: Inter arma silent leges, pues, efectivamente, "cuando hablan las armas, las leyes callan".
¿Puede tener la guerra alguna justificación?, esta es la pregunta que el catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Salamanca, Enrique Bonete Perales, plantea a veinticuatro destacados autores que profundizaron en esta cuestión y a la que él mismo responde en las últimas treinta y cinco páginas, a modo de conclusión y de síntesis de lo más granado de las respuestas. Los interpelados son Platón, Aristóteles y Cicerón; Agustín, Juan de Salisbury y Tomás de Aquino; Maquiavelo, Erasmo y Moro; Vives, Vitoria y Suárez; Hobbes, Locke y Rousseau; Kant, Hegel y Nietzsche; Russell, Arendt y Bobbio; Rawls, Tugendhat y Walzer.
"Ética de la guerra" es un libro de investigación, por tanto con datos abundantes y precisos, pero que puede leerse con agrado gracias a una arquitectura que permite avanzar por la historia entre grandes filósofos, de tres en tres, unos ocupándose de plantar las semillas capaces de solucionar bien la cuestión planteada, otros haciendo germinar las raíces, a los que seguirán los humanistas que desarrollan el tallo e inmediatamente los pensadores españoles del siglo XVI que levantan el tronco sobre el que en lo sucesivo veremos apuntar cuatro ramas que van apareciendo en los siglos XVII-XVIII, en el XIX, en la primera mitad del XX y finalmente en nuestros días.
El lector puede aprender muchas cosas, incluso leyendo a buen trote, y si se lee con cierto detenimiento, asimila de una tirada nada menos que a veinticinco filósofos, que tienen que solventar esta ardua cuestión, siempre urgente y necesaria.
Llama la atención que, aunque cada uno parte de su circunstancia precisa –sea la guerra del Peloponeso, la colonización de América o las guerras mundiales–, que le lleva a introducir elementos valorativos nuevos, todos se encuadran dentro de un mismo aire de familia compartido. Unos están más cerca del pacifismo absoluto, otros pocos más próximos del belicismo realista, pero todos coinciden en que no les gustan las guerras y que son un mal a evitar. Incluso Hegel, que la justifica –pues "los héroes que hacen la historia no pueden evitar a su paso ir pisando algunas flores"–, cree que han de producirse solo de vez en cuando, como vientos que limpian las malezas, y recuerda que no se han de violar los derechos de los inocentes y de los civiles no combatientes y que los Estados no han de tender a la aniquilación del contrario…
El profesor salmantino, nacido en Valencia como Vives y a quien aún le llegan las voces de los filósofos de la Escuela de Salamanca –los Vitoria y Suárez y tantos otros–, nos viene a demostrar, en su detallado viaje al centro del mal, que la gran mayoría de las posturas, no pudiendo ser pacifistas absolutos como les gustaría, sin pecar de ingenuidad, y rehuyendo el crudo belicismo, por aborrecible, se sitúan en una reflexión conocida como ius in bello o justicia en la guerra, que desde un enfoque ético además de jurídico Bonete prefiere denominar ethica de la guerra. Y nos muestra cómo la práctica totalidad de los filósofos se han ocupado de las tres vertientes que habría que resolver: 1) qué buenas razones humanas hay para entrar en guerra (la ethica ad bellum), 2) qué modos de lucha son moralmente asumibles durante la contienda (la ethica in bello) y 3) qué obligaciones éticas se han adquirido después del fin de la disputa (la ethica post bellum). El lector llega a la conclusión de que si se aplicaran todos estos criterios de estas mentes preclaras, las guerras llegarían a ser un fenómeno extrañísimo y contendrían su dosis inevitable de crueldad, pero nada comparado con lo horrendo que conocemos.
Un repaso histórico de obligada lectura tanto para belicistas como pacifistas, para poner a prueba sus argumentos, y para quienes tienen dudas. Y un repertorio amplísimo y detallado de ideas bien construido para someter a examen la sagacidad militarista de la que se vanaglorian tipos humanos como Trump o Putin o Netanyahu.

Ética de la guerra
Evolución histórica y debates actuales
Enrique Bonete Perales
Tecnos, 278 páginas
26,50 euros
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