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Silencio incómodo

Elisabeth de Waal devuelve al lector los ecos de la Viena de "El tercer hombre" en "El regreso de los exiliados", una novela que permaneció injustamente olvidada

Cultura - Libros

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Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Igual que otros muchos, no había leído "El regreso de los exiliados", novela injustamente olvidada de Elisabeth de Waal (Viena, 1899-1991), abuela de Edmund de Waal, que celebra en el prólogo la felicidad de encontrarse con una reedición transcurridos tantos años.

Publicada por primera vez en 1959, cuenta el regreso de un pequeño grupo de judíos austríacos a Viena tras el final de la Segunda Guerra Mundial. No vuelven como vencedores ni como héroes, sino como supervivientes que cargan la culpa difusa de haber vivido mientras otros murieron, de haber escapado y de no encajar ya en ningún sitio. Viena, por su parte, tampoco los espera. La ciudad es un organismo herido que finge normalidad mientras esconde sus fracturas bajo una capa de cortesía cansada y silencios calculados. El sonido de la cítara de Anton Karas parece emerger de las cloacas como en "El tercer hombre" para todos los que vieron la extraordinaria película de Carol Reed, basada en la novela de Graham Greene. Calles en penumbra, cafés escenarios de medias verdades, una atmósfera moralmente ambigua donde nadie es completamente inocente y casi todos prefieren no recordar. Pero mientras la película de Reed se apoya en el suspense y el cinismo, De Waal opta por una mirada más íntima y melancólica. Su Viena no es tanto un tablero de intrigas como un espacio erosionado, donde cada gesto cotidiano –un saludo, una invitación a cenar, una conversación trivial– oculta una historia reprimida. No hay grandes revelaciones ni clímax evidentes. La tensión es baja pero constante, como si llegara acompañada de un zumbido. Los personajes se mueven en círculos sociales que han perdido su centro, repiten rituales vacíos, intentan reconstruir una vida que ya no les pertenece. El exilio –parece decir De Waal– no termina cuando se cruza una frontera de regreso; se instala dentro y se vuelve permanente. La lectura de "El regreso de los exiliados", que ahora publica Libros del Asteroide, obliga a preguntarse qué es lo que ya no puede recuperarse de lo que quedó tras la catástrofe.

Elisabeth  de Waal.

Elisabeth de Waal. / Libros del Asteroide

La prosa de esta señora que escribía tan bien y casi todos lo ignoraban es sobria, contenida, deliberadamente elegante. No hay alardes estilísticos ni sentimentalismo explícito. De Waal confía en la sugerencia, en los detalles mínimos. Puede ser una frase cortés que oculta resentimiento, una habitación demasiado limpia o un recuerdo que irrumpe sin ser nombrado. Esta contención resulta especialmente eficaz al abordar la culpa colectiva. La Viena de posguerra surge poblada por personajes que prefieren verse víctimas antes que cómplices, y esa autoindulgencia social se filtra por cada esquina. Se trata de una novela profundamente política sin necesidad de recurrir a discursos ideológicos. La política está en lo que no se dice, en la amnesia selectiva, en la facilidad con la que el antisemitismo parece haberse evaporado oficialmente mientras persiste de forma soterrada. Los exiliados perciben que su presencia ya no incomoda por lo que son, sino por el recuerdo de los verdugos y de los indiferentes picados por un sentimiento de culpa. Son testigos vivos de una verdad que la ciudad quiere a toda costa olvidar. De Waal expresa con suave y triste ironía cómo la sociedad vienesa pretende reconstruirse sin hacer balance.

Sobresale especialmente el tratamiento del desarraigo. Los personajes no idealizan el pasado ni el país perdido; saben que la Viena a la que regresan nunca fue del todo segura para ellos. El exilio tampoco se plantea como una liberación. El retorno se convierte así en una experiencia paradójica en la que volver no significa pertenecer, y quedarse tampoco garantiza arraigo. Esa ambigüedad resuena con fuerza en un mundo contemporáneo marcado por desplazamientos, migraciones y memorias fracturadas. Ese exilio eterno que parece perseguir a media humanidad marcándola a hierro y fuego.

Es imposible cerrar ciertas heridas con simples gestos de normalidad. De Waal nos recuerda que la reconstrucción material puede ser rápida, pero la transformación ética es lenta, incierta y, a menudo, incompleta. No tanto por lo que fue destruido sino por la obstinación en no querer recordarlo en medio de un silencio incómodo.

El regreso de los exiliados

Elisabeth de Waal

Traducción de Celia Filipetto

Libros del Asteroide, 294 páginas, 22,95 euros

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