Para qué sirve una novela de Mariano Antolín Rato
"Un silencio visible", la ficción póstuma del escritor y traductor asturiano, resume una época y conduce al nirvana metaliterario

Mariano Antolín Rato. / Pablo García
Cincuenta y dos años después de haber iniciado su viaje literario con la perla rara del underground patrio "Cuando 900 mil Mach aprox" (Azanca, 1973), Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943) puso fin a su último borrador hace ahora un año y algunas semanas sin sospechar, acaso, que esa última novela, "Un silencio visible" (Pez de Plata, 2025), sería su testamento literario. Este postrer y póstumo artefacto narrativo parece querer estirar ahora las manos hacia aquel comienzo de su carrera, dejando su lectura una sensación de abrazo y epílogo a toda una trayectoria y una época que el fallecimiento del autor no hace más que acentuar.
Hay un último y común afán en ambas obras que conduce a la gozosa disolución zen, al momento en que, como escribía en la década de los setenta en aquel debut literario, "una vez se hará el silencio, comenzarán las páginas en blanco y acaso el nirvana". Ahora el escritor, 81 años cuando escribió esta última, hace patente –"visible" ya en el título– ese silencio, pero no ya como destino colectivo, sino como vía singular personalísima o, incluso, como abstracción narrativa.
En términos de argumento prosaico, "Un silencio visible" narra el encuentro presente y los desencuentros pasados y futuros entre un escritor y profesor de edad avanzada fugado del mundanal ruido a una aldea perdida y la joven discípula a la que un día abandonó. La forma en la que Patricio Montes decidió desaparecer de la faz de la tierra, sus heterónimos y algunas circunstancias sobre su producción literaria enriquecen la trama y permiten establecer, por parte de la chica, otra vía narrativa en clave detectivesca. Esa relación, de gran toxicidad emocional, psíquica y química, se riega con buenas dosis de sexo y drogas, pero nada de lo dicho hasta ahora, ni siquiera esto último de los canutos, la coca, el LSD y el alcohol, da la justa medida del meollo en el que se mueve el último libro de Mariano Antolín Rato.
Mucho más que el qué, en este "Un silencio visible" importa el cómo, la forma de expresarse de las voces de él y de ella y las instancias narrativas que esos puntos de vista construyen. Capítulo a capítulo, uno y otra se alternan para ir contando la misma historia. Cuando habla ÉL (así, en mayúsculas, aparece nombrado en la primera parte) lo hace como un narrador en presente metido en el fluir de conciencia del protagonista pero ligeramente desplazado; una entidad peculiar y propia, interesada en desplegar una profusión de referencias literarias y cinematográficas que convierten la novela, también, en un provechoso repaso a la biografía lectora y traductora de Antolín Rato. Así, en las primeras páginas se pueden leer párrafos como: "Contribuye literariamente a la presente filtración de premoniciones adversas una circunstancia relacionada con el tiempo. Y no el que hace, aunque en parte quizá también, pues sopla un viento abrasador que, sin asfixiar, dificulta la respiración. El tiempo al que él culpa de la desazonadora intrusión de sus congojas actuales es el señalado por los relojes. Calcula que deben de ser alrededor de las 3 a.m. Y según Scott Fitzgerald escribió en ‘Suave es la noche’: ‘En una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana’" (p. 27).
Cuando habla ella –Nadia, Outis, una referencia al "Nadie" odiseico escapando del cíclope– lo hace en primera persona, con un lenguaje aparentemente más desencuadernado pero con un creciente interés metanarrativo. Así, al inicio del capítulo 12: "Me enteré hace poco de que lo que yo, y todos los que trato, hemos llamado siempre flashback, según la Academia de la Lengua es analepsis. Me parece un poco pomposo. Así que utilizaré flashback –sin cursivas– para dejar constancia, como hice varias veces antes cuando conté otros acontecimientos del pasado en tiempo presente, de los hechos previos a mi vuelta con el que ya llamo Patricio Montes" (p. 113).
En toda esa amalgama de preocupaciones textuales está la materia más valiosa de esta novela. Y si se refiere en varias ocasiones que el protagonista pretende llegar a la nada literaria, a una literatura totalmente vaciada, quizá las dos voces sean, en realidad, un diálogo interno entre abstracciones textuales tratando de ponerse de acuerdo en la forma de llegar a ese nirvana narrativo, más que la historia de amor de un escritor pasado de vueltas y su examante.
Hay más capas. Mariano Antolín Rato aprovecha en varias ocasiones la narración psiquedélica (como se escribía en aquellos años setenta y como al protagonista, así lo señala el propio narrador, prefiere decirlo, antes que el más correcto psicodélico) y juega, en especial en los primeros capítulos, a una confusión de espacio-tiempo y un dejarse escribir en un decorado de western crepuscular, como si (perdón por la tontería) Kerouac estuviera escribiendo una novela de Cormac McCarthy, un "The Road" "On the road".
Las referencias cinematográficas al Hollywood clásico, incluida la insistencia en "Duelo al sol", abren otro mundo de hipertextos que ensanchan el universo de la novela y disparan la atención y las posibilidades de lectura.
Todo, al final, parece decirle al lector que la literatura no es suficiente, que el afán por "desaparecer aquí" del protagonista, la disolución final, tiene que ver con ese mutis del texto ante su declarada ineficacia frente a otras formas de expresión. La reiterada cita de Lewis Carroll entra y sale de los capítulos de "Un silencio visible": "¿Para qué sirve un libro si no tiene dibujos y diálogos?". La respuesta, si hablamos de Mariano Antolín Rato, quizá sea que los suyos, al menos, han servido siempre para cuestionarnos. La absoluta falta de certeza como única esperanza. Hasta el final.

Un silencio visible
Mariano Antolín Rato
Pez de Plata, 208 páginas
20,90 euros
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