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Las muchas almas de Fernando Pessoa

La monumental biografía de Richard Zenith es la incursión definitiva en la obra y la vida del poeta de los heterónimos

Fernando Pessoa.

Fernando Pessoa. / Pablo García

Elena Hevia

Cualquier niño puede tener un amigo imaginario, pero a los 6 años Fernando Pessoa, sensible, tímido y solitario, elevó esa creación a obra de arte. O por lo menos, plantó la semilla. Se le acababa de morir el padre y, posiblemente para suplir esa falta, apareció en su mente un personaje –tardó años en llamarlo heterónimo– llamado Chevalier de Pas. El caballero, un poeta melancólico, le enviaba cartas, escritas naturalmente por el niño Pessoa, contándole sus aventuras. Es el kilómetro cero de una actividad imaginativa que pasado el tiempo se multiplicó en la invención de casi un centenar de personalidades ficticias, algunas apenas esbozadas, otras perfectamente descritas en su psicología y estilo, amén de sus biografías diferenciadas, así como la escritura de sus respectivas creaciones en portugués, inglés y francés, los idiomas que Pessoa dominaba.

En el interior del autor están los poetas Alberto Caeiro, un maestro pagano que rechaza el pensamiento abstracto; Ricardo Reis, médico monárquico que escribe odas neoclásicas, y el ingeniero naval Álvaro de Campos, vanguardista y futurista. Solo en 1982, casi 50 después de la muerte de Pessoa, los especialistas lograron reunir los textos dispersos firmados por sus sosías Bernardo Soares bajo el título de "El libro del desasosiego", posiblemente la obra más triste del mundo y también la que dio mayor fama al ubicuo autor.

El propio Pessoa alardeaba coquetamente de ser un "fingidor", de no tener personalidad. Y es que de puertas afuera, en la vida de aquel hombre delgado, de sombrero atildado y gafitas redondas, ocurrieron muy pocas cosas. Una vida gris, sin alicientes sexuales, encerrada en una agencia de publicidad –el primer anuncio de Coca-Cola en Portugal fue obra suya–, mientras escribía incansable páginas y páginas de literatura, claro está, pero también horóscopos, transcripciones de mensajes del más allá de las sesiones espiritistas a las que era aficionado y cartas que la mayoría de las veces no enviaba. Esa era una de sus características, empezaba mil historias y casi no terminaba nada. Buscando la perfección nunca culminaba y, grafómano como era, los papeles se amontonaban sin ver la luz.

En 1935, cuando falleció en Lisboa a los 47 años, pocos portugueses supieron que se trataba del autor capital de la literatura lusa y uno de los más extravagantes de la universal. Apenas había publicado cuatro libros en vida, tres en inglés y solo uno en portugués. Para la posteridad dejó un baúl prodigioso con más de 30.000 páginas de manuscritos, poemas, prosa y textos inclasificables escritos con letra endemoniada, para que especialistas y biógrafos se dedicaran a la difícil tarea de reconstruir esas obras póstumas y, tras ellas, la vida de un hombre dedicado a deconstruirse, a esconderse tras una pluralidad de autores inventados. Si Arthur Rimbaud dijo "yo es otro", Pessoa podría haber dicho "yo somos muchos otros".

Pessoa ha tenido buenos biógrafos, como el luso Gaspar Simões y en lengua castellana su también traductor Ángel Crespo, pero la incursión que tiene visos de ser la definitiva, por lo exhaustiva, es la actual "Pessoa, una biografía", del norteamericano nacionalizado portugués Richard Zenith: 1.500 amenas páginas, un prodigio de acopio de datos, resultado de más de una década de estudio y cercanía con el escurridizo autor portugués. El biógrafo estuvo tentado de abordar el libro siguiendo a sus heterónimos o sus grandes temas, pero optó por lo más difícil, ordenar y encajar el rompecabezas de una vida que el propio Pessoa sirvió de forma caótica. Así que adoptó el formato canónico: empezar por el principio y acabar con su muerte.

Profundiza así en uno de los episodios menos conocidos de la vida del autor. Y el más exótico. Fallecido el padre, la madre decide volver a casarse con un militar de la Marina destinado como cónsul en Natal, entonces colonia británica y hoy Sudáfrica, y toda la familia se traslada allí. Pessoa vivió entonces una década decisiva, la de su infancia y adolescencia, en la que recibió una perfecta educación británica.

"En las biografías –sostiene Zenith– suele darse más importancia a la edad adulta que a la infancia, pero en este caso, los primeros años de Pessoa son cruciales. Fue a una escuela blanca en Durban, cuando la ciudad contaba con una cuarta parte de indios y de africanos autóctonos, y es probable que su cosmopolitismo se fraguara ahí. Fue un cosmopolitismo curioso que no le llevó a viajar porque a los 17 regresó a Lisboa y ya jamás se movió de allí". El sustrato geopolítico de aquella zona colonial –la segunda guerra de los boers– gestó su mirada posterior sobre las identidades y el nacionalismo, una visión política mediante la cual intentó devolver el perdido brillo de Portugal, sumido en la decadencia, gracias a una revolución cultural vinculada al sebastianismo en la que él sería el profeta. Esa era la idea, pero le faltaba voluntad y aptitudes sociales para llevarla a cabo.

Fernando Pessoa.

Fernando Pessoa. / LNE

De la época africana data también el temor de Pessoa por su propia salud mental. Razón tenía. La abuela materna con la que convivió, diagnosticada de esquizofrenia y con episodios violentos, se pasó la vida entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas. El dato es terreno abonado para sus estudiosos, que se han preguntado, sin clara respuesta, si había algo patológico en su carácter disgregado. "La locura era algo que le preocupaba mucho. Incluso llegó a escribir sobre ello. Para él, esa inestabilidad denotaba una marca de genialidad. Se compara a sí mismo con William Shakespeare y sugiere que ambos sufren neurastenia, que es como se denominaba a un tipo de depresión", dice Zenith, que ha recibido cartas de psiquiatras preguntando si había en el autor indicios de Asperger o de autismo. "No soy médico. Yo lo que veo es autocontrol pero no locura, en todo caso fue algo que jamás le impidió crear", zanja.

Una de las facetas de Pessoa que ha hecho correr más tinta es su afición por el esoterismo, que le llevó a estudiar a los rosacruces, los templarios y la Cábala y a elaborar cartas astrales para sus heterónimos y para él mismo cuando tenía que enfrentarse a una decisión. Uno de los episodios más misteriosos y fascinantes es el que lo sitúa frente al nigromante británico Alesteir Crowley, autodenominado la Bestia 666, practicante de magia negra y sexo raro, y consumidor inmoderado de estupefacientes. Pessoa y el hombre al que muchos consideraban la encarnación del diablo se habían estado carteando y el portugués era un devoto seguidor.

En 1930, Crowley le anuncia su llegada a Portugal. La idea de encontrarse con este personaje tan intimidante le altera, pero no le impide ayudarle en una triquiñuela. El mago finge haberse suicidado en los acantilados de Boca do Inferno, cerca de Sintra, por el abandono de su última amante. Pessoa se convierte en el portavoz del muerto y atiende a la prensa mientras Crowley se dirige a Berlín de incógnito, obteniendo con ello una publicidad enorme.

Sabido esto, dudar de lo genuino de sus inquietudes espirituales parece razonable. Richard Zenith se pregunta si realmente creía o no era más que una "representación dramática", una forma literaria más para sostener sus creaciones: "Para ser poeta hay que ser algo irracional. Él creía en todo, pero a la vez en nada. Lo suyo era la duda metódica y si llegaba a una conclusión siempre le parecía reduccionista. Su heterónimo Alberto Caeiro no se rige por la lógica y pienso que lo creó para contrarrestar todo lo cerebral que había en él".

Como buen solitario, atrapado en su vida interior, tan habitada, la sexualidad de Pessoa es un tema complejo que ha desencadenado no poca literatura biográfica. Se sabe que escribió poemas homoeróticos, especialmente en 1910, y tuvo una relación compleja y distanciada en el terreno físico con Ofélia Queirós porque el autor se mantuvo virgen hasta el final. "Ella lo quiso locamente y él quiso quererla, aunque no logró entregarse sexualmente. El deseo está muy presente en su literatura, pero es tratado como una ventaja posible en el camino hacia la espiritualidad, no como algo carnal. Me es difícil establecer si era homosexual, bisexual o pansexual. He trasladado lo que sé al libro y el lector debe sacar sus conclusiones".

Zenith navega viento a favor de su biografiado, aunque no esquiva sus aspectos más controvertidos, como su posible antisemitismo o la cercanía ideológica a Benito Mussolini. Pero tratándose del escurridizo y volátil Pessoa, eso también es un misterio. "En los años 20 soplaban vientos autoritarios en Europa y él, con su nacionalismo místico, pese a no estar del todo convencido, daba el beneficio de la duda a estos movimientos. En 1928, António de Oliveira Salazar llega al poder y más tarde se convierte en dictador. Él pensó que podía ser un camino de esperanza para su ansiada regeneración, pero cuando vio voluntad represora lo repudió y él mismo sufrió la censura". El biógrafo se apoya en la voluntad de juego y experimentación de Pessoa para no emitir un juicio negativo en este aspecto, ya que el propio autor tenía raíces judías. Fue uno de sus heterónimos el encargado de la traducción del panfleto antisemita "Los protocolos de los sabios de Sion", cuando, según Zenith, ya existía un conocimiento general de que la obra era una falsificación para justificar los pogromos.

¿Dónde se encuentra el verdadero Pessoa? La biografía, pese a su voluntad totalizadora y minuciosa, no resuelve el misterio. Quizá lo amplifica aún más y en eso es fiel al autor, que se negó a tener una vida más allá de sus escritos. "Sus poemas y prosas eran su propia persona", tercia Zenith. Hoy sus restos descansan en el monasterio de los Jerónimos, de Lisboa, donde solo tienen cabida los próceres portugueses, junto a la tumba vacía del rey Sebastián, que según los deseos del poeta debería regresar para devolver la gloria al triste Portugal. Es difícil hacerse una idea cabal de alguien tan huidizo, de alguien que escribió a través de Álvaro de Campos: "No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada". Y como para refutarlo: "Tengo más almas que una. / Hay más yos que yo mismo. / No obstante, existo".

Pessoa, una biografía

Richard Zenith

Traducción de Ignacio Vidal-Folch

Acantilado 1.400 páginas 56 euros

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