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Infancia de Lord Berners

Compositor, pintor y escritor, el genuinamente excéntrico Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson escucha al niño que fue en el primer volumen de sus memorias

Retrato de  Lord Berners por Rex Whistler (1929).

Retrato de Lord Berners por Rex Whistler (1929). / Wikipedia

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

En "Primera infancia", Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson (1883-1950), decimocuarto barón Berners y más conocido como Lord Berners, evoca los años iniciales de su vida como si se tratara de una melodía minimalista de la memoria, aunque la música que escribió durante su existencia fuese calificada por algunos de sus contemporáneos como audaz y en ciertos casos pletórica. El lord Berners compositor, parece ser, no dejaba a nadie indiferente, tampoco lograba conciliar el acuerdo entre sus críticos. Stravinski lo definió una vez como el mejor compositor británico de su generación, una opinión que nunca ha sido ampliamente compartida. La producción de Berners fue modesta, con tan solo tres decenas de piezas, y apenas se podría comparar con las obras de Britten o Walton. Pocos le negaron, sin embargo, el atrevimiento, y su contribución al desarrollo del modernismo europeo durante y después de la Primera Guerra Mundial no fue insustancial. Diághilev era admirador suyo y le encargó componer para sus Ballets Rusos. He leído que colaboró con Constant Lambert y que convenció a Frederick Ashton y a George Balanchine para que coreografiaran sus piezas. También ayudó a orquestar la canción de los barqueros del Volga, de Stravinski, compuso una ópera y produjo canciones, bandas sonoras para películas y obras para piano. Escribió seis novelas extravagantes, además de una buena cantidad de poesía y tres volúmenes autobiográficos; dibujó y pintó. Si se hubiera dedicado exclusivamente a la composición, su legado tal vez habría sido más importante, pero su música, como aseguran algunos, no habría resultado igual de innovadora, ya que su carácter amateur era indisoluble del estilo que lo distinguía. Y dentro de ese estilo se hallaba la rebeldía frente al establishment. Todos coinciden, incluso sus detractores, en que las dispersas contribuciones de Berners a las artes se basaron en su constante desafío a la gravedad y el rigor de finales de la época victoriana. No era un holgazán, pero creía que cultivar el placer importaba tanto como su vocación y rechazó de plano dedicarse a una sola disciplina.

Hay ritmo y melodía en las páginas de "Primera infancia", que estará en las librería el próximo día 9. Los años de iniciación del autor no aparecen en ellas igual que si fuesen un territorio de formación moral o la antesala explicativa de una vida posterior, sino como un mundo autosuficiente, gobernado por leyes propias. Berners no busca justificar al adulto que será; se limita a escuchar al niño que fue. El resultado es una prosa de una ligereza engañosa, atravesada por una ironía delicada que nunca se vuelve condescendiente. El narrador adulto observa, sonríe, pero no corrige; deja que la lógica infantil se exprese con toda su coherencia. Persiste, además, en el libro esa fidelidad notable a la percepción sensorial. Los objetos que rodean al narrador adquieren una densidad casi táctil, el recuerdo da la sensación de activarse menos por la vía de los hechos que por la de los sentidos. Berners se acerca más a cierta tradición impresionista que a la solemne memoria victoriana. La infancia no acude como una serie de acontecimientos, observamos a través de ella una constelación de impresiones que se resumen en el miedo inexplicable, el placer sin nombre, la fascinación por lo inútil.

El humor se expresa también de forma minimalista. No se reconoce en el chiste ni en la ocurrencia, sino en una leve torsión del punto de vista. Las situaciones más corrientes son desviadas casi imperceptiblemente hacia el absurdo por el mero hecho de ser vistas desde abajo, desde esa estatura moral y física que convierte al mundo adulto en una maquinaria incomprensible. El joven Berners no ridiculiza a los mayores; se limita a mostrar su opacidad. Y esa opacidad, examinada desde la infancia, roza lo cómico.

Probablemente el mayor acierto del libro es su resistencia al sentimentalismo. No hay nostalgia empalagosa ni idealización retrospectiva. La infancia no es tampoco un paraíso perdido, sino un territorio extraño, a veces hostil, otras fascinante, casi siempre desconcertante. La prosa acompaña esta actitud con elegancia discreta, contención británica y un estilo que parece no querer imponerse, pero que revela un control absoluto del ritmo y de la frase. Ahora, hay que confiar en que Periférica publique los dos siguientes volúmenes que el excéntrico Lord Berners dedicó a contarnos su vida.

Primera infancia

Lord Berners

Traducción de Ángeles de los Santos

Periférica, 192 páginas, 18,50 euros

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