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Arte

Carmen González, una ofrenda de vida

La artista salmantina, vecina de Oviedo, deja una obra de aliento humanista, preciosa en proceso, intención y detalle

"Arqueología genética (L.U.C.A.)" (2024).

"Arqueología genética (L.U.C.A.)" (2024).

Chus Neira

Chus Neira

En una de sus últimas obras, sin fuerzas ya para trabajos mayores pero con la misma fe entusiasta en equipos y personas que impulsó su trayectoria e iluminó su vida, la artista Carmen González (Salamanca, 1973) capturó en una pequeña urna cerámica el sentido de los seres humanos en la dirección planteada por Darwin. En esta representación del primer antepasado común, L.U.C.A. (Last Universal Common Ancestor), las secuencias de las especies que pudieron ser y la sucesión de genes hasta llegar a un fragmento de la cadena de la propia artista y de su hija se disponen como inciertos meandros de monedas. El conjunto encierra el misterio y la verdad que atraviesa toda su obra bajo esa forma de ofrenda votiva que en Carmen González es un abrazo amable al otro, una bienvenida.

En esa urna ve su pareja, Javier Gil, una reconfortante lectura de la Caja de Pandora, una solidaria proyección humanista del mito como ya hiciera en una de sus primeras individuales, "Las semillas de Ícaro" (2002).

Carmen González, una ofrenda de vida

Instalación de "La parte mínima del todo" (2018). / LNE

El proyecto "La especie inesperada. La condición humana desde el arte y la genética" (CSIC, 2025) para el que creó esta pieza, resultado de una colaboración entre científicos del Instituto de Biología Funcional y Genómica y artistas, estudiantes y profesores de la facultad de Bellas Artes de Salamanca, donde Carmen González era docente, sigue a otro proyecto colectivo, también con sus compañeros salmantinos (grupo de investigación ITACA), "Caracteres esenciales" (2024). También aquí hay arte y ciencia, minuciosidad en el trabajo con los materiales (madera y papel washi) y una representación de lo múltiple en movimiento. "Habla sobre el mejoramiento de uno junto con los otros y busca testimoniar que las experiencias y los conocimientos adquiridos en nuestra apertura hacia los demás nos hacen más fuertes", escribió la artista.

Carmen González, una ofrenda de vida

"La espera", en el Barjola (2008). / LNE

Estas últimas expresiones de Carmen González, que se había afincado en Oviedo, en el corazón del Antiguo, vecina militante en el barrio, pertenecen a esta etapa suya de madurez en la que la pintura había ido quedando cada vez más relegada o, más bien, incorporada bajo una nueva luz matérica, objetual. En realidad, como apunta José Gómez Isla, a la artista siempre le gustó la experimentación y "la hibridación entre disciplinas y materiales (pictóricos, escultóricos, e incluso textiles) que normalmente no suelen aparecer juntos entre sí en la plástica contemporánea".

Carmen González, una ofrenda de vida

La artista en la Escuela de Arte de Oviedo en 2012. / LNE

En esa pintura que no es pintura destaca "La parte mínima del todo" de 2018, comisariada por Santiago Martínez y en la que los lienzos, trabajados por ambas caras, recortados y repetidos en distintas formas, se convierten en jardines hipnóticos. Lo múltiple y lo acumulativo, también la vocación experimental y la de mostrar el proceso y entretenerse con él, señala el comisario, fue uno de los aspectos más relevantes de este proyecto para el Museo Antón.

Como doctora en Estética y Teoría del Arte que era, la obra de Carmen González se asentó siempre en una preocupación y una investigación cierta y esencial. Por eso su forma de trabajar, solidaria de esos pilares filosóficos, era también minuciosa y preciosa en la dedicación artesanal, entregada a la composición de piezas con disciplina de orfebre.

Carmen González, una ofrenda de vida

"La conversación" (2024). / LNE

La belleza formal a la que llegaba finalmente no era, no obstante, una belleza dócil. Al revés, la constante hibridación de sus figuras, como ha destacado Gómez Isla para referirse a sus mujeres-pez o a sus vasijas antropomorfizadas, establecía una dialéctica inquietante con la que mostraba, también, una preocupación evidente sobre el paso del tiempo. Así lo hizo cuando envasó al vacío rosas y dejó ver su proceso en " Jardín Privado" (2002), en los elementos encapsulados de la serie "Conservas" o en "La espera", su intervención en la capilla del museo Barjola en 2008, donde los elementos vegetales y su proceso de degradación componían una impresionante y emocionante "vanitas". Una postrera hora similar, gozosa y colectiva, como la dibujó en su arte, es la que soñamos para ella cuando la despedimos en el último día del año pasado.

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