E la nave va
Ricardo Menéndez Salmón alcanza con "Arca", su nueva novela, un fecundo e inquietante espacio narrativo que le permite reflexionar sobre las amenazas de un inminente futuro

Ricardo Menéndez Salmón. / Pablo García
Moisés Mori
Quienes han seguido la trayectoria narrativa de Ricardo Menéndez Salmón conocen bien su inclinación hacia la ficción distópica, pues como él mismo apuntaba en un texto reciente, quizá la distopía sea el género más idóneo para recoger e interpretar las ansiedades, enfermedades y desafíos del momento actual, un tiempo que corre hacia la deshumanización y donde desastres hasta ahora nunca imaginados resultan posibles, particularmente amenazantes; de hecho, el propio autor ha publicado con anterioridad obras expresamente situadas en esa misma línea de ficción prospectiva (recuérdense "El sistema" u "Horda"), pero también otras novelas inmersas en coordenadas y preocupaciones similares aunque su tiempo sea histórico o contemporáneo, pues el escritor nunca abandona los fundamentos (ideológicos, teóricos) de su tarea literaria.
La novela que hoy reseñamos representa un paso en esa misma dirección, pues se desarrolla en un futuro inmediato, cuando nuestra civilización sufre una profunda crisis, corre riesgo de colapsar. No obstante, todo en "Arca" cobra mayores y más complejas dimensiones (de profundidad, extensión, búsqueda de la belleza, alto estilo, imaginación creadora), de modo que estamos ante un trabajo particularmente ambicioso, elaborado con apasionado esmero y donde el escritor ha volcado todo su genio, al punto de que quizá el flanco más delicado de esta impresionante, admirable empresa, y como corresponde a toda obra artística arriesgada, sea justamente su propia potencia, el desafío que entraña. Por nuestra parte, no salimos del asombro, de la fascinación.
Corre el año 2030, días de la Gran Conmoción. La acción narrativa se centra en Venecia, ciudad especialmente representativa, símbolo de toda una cultura, de un mundo que parece hundirse fatalmente en sus contaminadas aguas; de hecho, tenemos noticia de templos y otros edificios significativos que no solo ahí (basílica de Santa Maria della Salute) sino en diversos lugares (puentes del Sena, fábricas de Detroit) se han venido abajo: todo anuncia un final. A la ciudad de los canales, y por encargo de un gran fondo de inversión con sede en Delft, acude un emisario para investigar ciertos hechos acaecidos en Ca’ Barbarigo, un bellísimo palazzo renacentista cuya propiedad, después de cinco siglos, ha acabado en las invisibles manos del capital financiero. Quien narra la historia es ese emisario, un español de 59 años, contratado por sus extrañas facultades ya que posee un don ("yo lo llamo don") que le permite ver lo que antes ha sucedido, leer por ejemplo en las paredes e interiores de las casas, sentir lo que en ellas ocurrió, lo que conservan del pasado; y posee una gran experiencia, ha trabajado para distintas instituciones, pero el regalo de su naturaleza, esa misma y clarividente perspicacia es lo que le ha hecho conocer asimismo la omnipresencia del mal y ha configurado en definitiva su posición ante la realidad.
El carácter visionario de la historia diversifica generosamente los acontecimientos, siempre ajustados a su propia, fantástica ley; en cualquier caso, permite recorrer Venecia de la mano de ese narrador-personaje, un atento observador de la ciudad, de su arquitectura, sus iglesias, de las naves de estas, de canales e islas, de góndolas ya inservibles y amontonadas. El relato discurre completamente al margen de cualquier estampa turística; el español se mueve por la Laguna con la naturalidad de sus habitantes, igual, por ejemplo, que su contacto local, Zaggia, un tipo de extraordinaria cultura e inteligencia, casi enano, muy propio del género fantástico (y no el único que "no desentonaría en una película de David Lynch"). El libro está firmado entre la ciudad del autor y la región del Véneto ("Gijón-Istrana-Gijón").
Lo que el personaje llega a descubrir en una habitación de Ca’ Barbarigo son sucesos que se remontan a la Venecia del siglo XVI y muy en particular al triste destino de su primera ocupante, Antonia Barbarigo, quien sufrió a un esposo abominable y "se arrancó la vida" en ese palazzo que había recibido como regalo de bodas. Pero la significación de aquellos hechos, sobrepasa el caso particular, pues no solo constituye una advertencia sino que parece contagiar fatalmente, como una semilla envenenada, el destino de la mujer, de Venecia, de la humanidad, gestar en definitiva la gran conmoción de nuestro tiempo; de modo que lo que en verdad se le presenta e impondría a ese raro investigador sería una tarea propia de un titán o un santo patriarca: detener, corregir la dirección de la Historia, enderezar su rumbo. Corre el año 2030, crecen las ruinas, los estragos: "el funeral de una época". Venecia es como una caja que contuviera el mundo: cuando en el último tramo del relato el protagonista regrese unos días a Madrid, comprobará que los efectos de la Gran Conmoción son ahí parecidos. No obstante, una extraña simultaneidad enlaza asimismo distintas realidades y momentos históricos, el siglo XVI con el XXI, el espanto de Antonia con el narrador sin nombre, la sangre con el fango, el expresionismo abstracto con una niña judía, el fango con los androides, la literatura con el propio yo...
En efecto, no sale indemne de esta rara empresa su cronista, quien experimenta distintos estados entre la vida y la muerte, entre su biografía y el palazzo. Y si la escenografía ideológica de esta historia, como es corriente en su género, advierte sobre la conexión entre los intereses económicos y el desarrollo científico-tecnológico, el narrador y testigo de los hechos llega a conocer asimismo que en el interior de tan poderosa alianza se promueven en esta nueva época (Capitaloceno) ciertas investigaciones que en busca de una supuesta inmortalidad humana aceleran fatalmente catástrofes insospechadas.
Frente a tales derivas de tecnología transhumana, el personaje, ese español anónimo, ha vivido sin embargo una experiencia decisiva cuya entraña más profunda radica justamente en el cuerpo desnudo, en el mortificado corazón de Antonia: ha conocido ahí un horror tal que lo ha transformado ("yo soy ella"), que le transmite en suma una responsabilidad, pues lo ha convertido en testigo directo del mal ("No qué narrar, sino desde dónde hacerlo"). Y esa bien podría ser la nueva dirección y verdadera potestad de su don: recordar a los muertos (gli antenati), enfrentarse al sinsentido, amparar la condición humana. Sopla el viento. Flota el palazzo.

Arca
Ricardo Menéndez Salmón
Seix Barral 472 páginas 22 euros
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