Bloc de notas
La vieja novela que nos hace jóvenes
"La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson, reeditada ahora por Alba, sería un clásico menor de aventuras si no fuera por esa ambigüedad moral que la rescata para la gran literatura

Fotograma de la película "La isla del tesoro" (1934), de Victor Fleming, con Jackie Cooper y Wallace Beery en los roles de Jim Hawkins y Long John Silver. / PIM
"La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson, es de esa clase de novelas que, con el pretexto de contarnos una aventura, nos recuerdan que alguna vez fuimos jóvenes o que aún podemos serlo, aunque sea durante el tiempo exacto que dura un capítulo de su apasionante lectura.
La historia es conocida, casi mitológica. Un muchacho –Jim Hawkins– encuentra un mapa que promete oro y algo aún más valioso como es la posibilidad de abandonar la vida ordinaria, la rutina familiar, la posada, para adentrarse en un mundo donde cada decisión pesa y donde cada rostro acaba siendo un enigma, y en el que el mar, además de un paisaje, es un destino. El mapa, como en toda buena literatura, se convierte en una excusa. Lo que realmente importa es el viaje. Stevenson escribió esta novela con una claridad que hoy resulta casi insolente. No hay en ella el menor deseo literario en el sentido afectado del término. La prosa avanza como una goleta con viento favorable, directa, eficaz, y ese ritmo perfecto que sólo tienen los relatos contados por alguien que sabe exactamente dónde quiere llevarnos. La sencillez es estilo. Stevenson no escribe para impresionar; lo hace para hechizarnos. Y lo logra. "La isla del tesoro" tiene una virtud que pocas novelas poseen: la sensación de movimiento continuo. Incluso cuando los personajes están quietos, la historia se desplaza. Lees y escuchas crujir la madera, sientes el salitre, ves la línea del horizonte. Tiene también el don de la inmediatez: parece estar ocurriendo en el mismo instante en que uno posa sobre ella sus ojos. Quizá por eso rejuvenece. Porque nos devuelve esa forma penetrante de atención que pertenece a la infancia, esa capacidad de vivir dentro de lo que leemos.
Pero si "La isla del tesoro" fuera sólo una ficción de aventuras, sería un clásico menor. Lo que la convierte en gran literatura es su ambigüedad moral, ese filo del sable que no se percibe a primera vista. Stevenson entiende –y esto lo hace moderno– que el mal rara vez se presenta como monstruo, y que el carisma puede ser una forma de peligro. Entra entonces en escena Long John Silver, el personaje que ha devorado, con justicia, el imaginario de generaciones. Silver es un prodigio de la fabulación. Pirata, cocinero, estratega, superviviente. Cojo, pero más ágil que cualquiera. Agradable, aunque capaz de matar sin pestañear. Stevenson lo dibuja con una mezcla de fascinación y cautela, como si supiera que el lector, igual que Jim, va a enamorarse de él. El truco está en que Jim aprende en esta historia algo que a la vez cala en quienes la leen. Que el mundo no se divide en buenos y malos con una línea limpia. Que uno puede admirar a alguien y, al mismo tiempo, temerlo. Silver no es el típico villano, encarna esa parte de la vida adulta que atrae y asusta de la inteligencia práctica, la idoneidad de adaptarse, el talento para auscultar a los demás. Frente a él "los hombres respetables" (el doctor Livesey, el caballero Trelawney, el capitán Smollett) parecen, por momentos, rígidos, limitados por el deber. Y sin embargo, Stevenson no cae en el romanticismo del bandido. Su novela entiende al sujeto peligroso que describe pero no lo absuelve.
Durante una estancia lluviosa en Escocia, Robert Louis Stevenson y su hijastro, Lloyd inventaban historias y dibujaban mapas para entretenerse cuando surgió la idea de esta maravillosa novela. Publicada en 1883, fue un éxito de público, poniendo fin a su dependencia económica de la familia y permitiéndoles a él y a Fanny Osborne buscar climas más saludables. A pesar de su fragilidad, Stevenson produjo un torrente de escritura, entre novelas y colecciones de cuentos, ensayos y poemas. "La isla del tesoro", que ahora cuenta con una nueva edición de Alba con traducción de Marta Salís e ilustraciones de Edmund Dulac, es, en el fondo, una novela sobre el paso de la niñez a la experiencia. Cada vez que la leemos, nos hace retroceder unos años, no exactamente porque nos infantilice, sino porque nos devuelve esa mirada limpia que la vida suele ensuciar. La isla del tesoro, ciertamente, no está en el Caribe, sino en la lectura del libro. Y Stevenson, con una naturalidad asombrosa, nos entrega el mapa. Luego depende de nosotros atrevernos a seguirlo, cuando habría que hacerlo sin dudar.

La isla del tesoro
Robert Louis Stevenson
Traducción de Marta Salís
Alba Clásica Maior, 266 páginas, 26 euros
Suscríbete para seguir leyendo
- Mañana se esperan colas kilométricas en Lidl para hacerse con la picadora todoterreno más barata del mercado: disponible por 17,99 euros
- El pulpo, las llámpares y el pescado de roca, protagonistas de las primeras jornadas gastronómicas del pedreru en Gozón y Carreño
- Mañana se esperan colas kilométricas en Action para conseguir la mesa de terraza que se cuelga de la barandilla: por menos de 10 euros, adiós a perder espacio en el suelo
- Multado con 200 euros sin exceder la velocidad: la DGT se pone seria de cara a Semana Santa con el nuevo radar en autovía que ya sanciona a los conductores
- Evacúan en helicóptero a un trabajador de 38 años con grandes quemaduras tras un accidente con un depósito de gasóleo en Salas
- Alerta para conductores asturianos: una conocida marca pide dejar de usar sus coches por 'riesgos graves para la seguridad
- Manuela Quintana, 'Manolita la del Hotel Soto', nueva Mujer del Año de Salas por ser ejemplo de integridad y lucha
- Se buscan 100.000 metros cuadrados en Asturias para el gran almacén de datos de IA: 'Tenemos prisa; si no, consideraremos Galicia o Cantabria
