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Coixet, entre Montaigne y Berger

"Tres adioses", de la cineasta barcelonesa, aspira a descubrir ese secreto sobre la vida que toda buena obra de arte insinúa

Francesco Carril y Alba Rohrwacher, en "Tres adioses".

Francesco Carril y Alba Rohrwacher, en "Tres adioses". / EFE

María Donapetry

A Carlos Boyero no le seduce esta nueva película de Isabel Coixet ("Tres adioses", 2025). A mí sí. Quizás sea porque veo la trayectoria de esta directora –su trabajo a través de las décadas– y me doy cuenta una y otra vez de que su cine le es particularmente fiel a Michel de Montaigne y a John Berger. En lo que respecta al filósofo francés, Coixet sigue de cerca, tanto en el film que nos ocupa como en algunos otros, cierta máxima: "La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir". En cuanto a Berger, en particular su "Maneras de ver", barrunto que la cineasta española se adhiere al aserto del ensayista británico: "Creo que uno mira pinturas con la esperanza de descubrir un secreto; no un secreto sobre el arte sino un secreto sobre la vida". En "Tres adioses" Coixet combina una historia de amor con una de desamor y con una relativa redención en un paisaje urbano más atractivo por su normalidad que por su espectacularidad. Rodar en Roma tiene que presentar unas tentaciones casi irresistibles de mostrar la inabarcable grandiosidad de sus monumentos y, sin embargo, los personajes y nosotros nos movemos por lo menos turístico del Trastévere como si también viviéramos allí.

La protagonista, Marta (interpretada por Alba Rohrwacher), es un trasunto de la autora del libro –Michela Murgia– en el que se basa la película, mientras vive el descalabro de su relación con su pareja, su sufrimiento cuando sabe que tiene cáncer y su apertura a posibilidades ante la certeza de su muerte. Su desaprender a servir ocurre precisamente cuando su médica la diagnostica. A partir de ahí, se abre a romper con la parálisis que le había creado su ruptura amorosa. Es más, se atreve a empezar otra relación con un colega del colegio donde trabaja porque, para variar, este colega admira su actitud de no aguantar o unirse a nadie ni a nada, si no le apetece. Lo que al principio nos puede parecer inexpresividad o pasividad en Marta es el cultivo de cierto silencio. No el silencio de no tener nada que decir, sino el de no encontrar la necesidad perentoria de articular lo que a ella le parece obvio, lo que ella cree poder expresar con actitudes y gestos. Coixet nos implica en su situación a través de los sentimientos de Marta y de los nuestros. Pero éste no es el objetivo primordial de la película. Al sentir con ella, también llegamos (o sería deseable que lo hiciéramos) a entender algo sobre la fuerza del relato más allá del visionado de "Tres adioses", ese secreto sobre la vida que toda buena obra de arte es capaz de insinuar.

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