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Acá nadie sabe cómo volver a casa

Leila Guerriero ve recuperado su primer reportaje de gran recorrido, "Los suicidas del fin del mundo", que transcurre en plena Patagonia, al calor del éxito de "La llamada"

Leila Guerriero

Leila Guerriero / Pablo García

Jaime Priede

Jaime Priede

El periodismo actual, condicionado por el vértigo de las redes sociales, constreñido por líneas editoriales y la polarización política, se hace grande, necesario, imprescindible, cuando se sitúa en un territorio en el que las cosas no son de una forma ni de la otra, sino de todas las que pueda abarcar una mirada. Ese gran angular del reportaje narrativo En el ámbito hispano, nombres como Martín Caparrós y Leila Guerriero son mitos vivientes de la crónica de largo alcance, aquella que utiliza elementos narrativos de la ficción para contar un acontecimiento real.

El reciente éxito cosechado por Leila Guerriero con "La llamada" (Anagrama, 2024), en la que cuenta la historia de Silvia Labayru, hija de militares, secuestrada en 1976 durante la dictadura militar y cautiva durante año y medio en la temida ESMA, precipitó seguramente la decisión editorial de volver sobre su primera crónica periodística, "Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico" (2006). Conocida en España por títulos como el monumental "Plano americano" (2013), una antología de crónicas y perfiles periodísticos de figuras clave de la cultura latinoamericana, "Zona de obras" (2014), "Teoría de la gravedad" (2019) o "Frutos extraños. Crónicas reunidas" (2001-2019), volumen de crónicas narrativas con sucesivas revisiones y cuya nueva edición se anuncia como definitiva, Guerriero realizó su primer reportaje de largo recorrido en Las Heras, un pueblo de la provincia de Santa Cruz, en plena Patagonia.

Todo empezó con un correo electrónico, uno de esos enviados por entidades que se promocionan y que acaban habitualmente en la bandeja de spam. Pero Leila, que en aquel momento trabajaba en el diario "La Nación" de Buenos Aires como redactora de la revista dominical, sin saber muy bien por qué, empezó a leerlo con cierta atención. Lo enviaba una ONG llamada Poder Ciudadano y anunciaba una serie de programas que iban a desarrollar en Las Heras, una pequeña ciudad petrolera de la Patagonia, con el fin de darles ciertas pautas a los jóvenes para resolver conflictos. Habían elegido ese lugar, perdido en el mapa argentino, porque tenía un alto nivel de desempleo, una incidencia elevada de embarazo adolescente y en dos años se habían suicidado 22 jóvenes. Cuando llegó al final del email, sabía que ahí había una historia. Y esa historia es una extensa crónica narrativa en torno a esos jóvenes, que reconstruye su vida, la de sus familias y el impacto que el suicidio dejó en ellas.

"Los suicidas del fin del mundo" es un buen observatorio de la forma de proceder de Leila Guerriero a lo largo de su trayectoria: estructuras circulares; esa manera de dejarse ver en la sombra, de forma muy lateral, apenas una manga, los bucles negros de su melena al fondo del espejo; la anotación mental de breves pensamientos sobre la marcha; una forma de acompañar al entrevistado a medio camino entre la distancia profesional y la calidez de una mirada fija, profunda, muy abierta, que comprende y ampara; la delicadeza y el respeto absoluto. Su capacidad de observación activa una imaginación de la mirada que inventa símbolos, parábolas, furor, espanto, desazón, en la materia convencional de la costumbre. Fijémonos, por ejemplo, cuando cita las palabras de una de las familiares entrevistadas: "La Virgen hace falta en estos tiempos en los que está todo tan mal". Podría quedarse ahí como testimonio, pero Guerriero añade: "Me dice Clara, mientras estruja con los dedos la tela de su falda gris".

Las Heras es el sur del país, pero también del mundo. El fondo, el confín, el lugar del que todo queda lejos: "Ahí donde la naturaleza renuncia y pone arbustos y unas piedras, el bicho humano se empeña en poner casas, escuelas, una plaza e insiste en tener cría". Su estancia se alarga durante semanas en las que entrevista a numerosas personas, cada cual con un testimonio particular. Consciente de que lo extraordinario es enemigo de la estridencia, trabaja con el silencio de lo no dicho, trata de andar siempre mirando, a veces sale y otras, no, cosas que no están a la vista. Registra historias personales medio escondidas que le provocan una gran curiosidad, mirando al sesgo, evitando el camino predecible, cuidando la escritura, su impacto, la autenticidad. Permanece muy atenta al discurso del otro, insiste desde la flexibilidad, escucha qué personas entran en su mapa de relaciones, ramifica mentalmente su trabajo, busca una visión abarcadora de la pluralidad y elabora casi veinte versiones de cada texto antes de enviarlo al editor, porque su mirada está preocupada por entender, pero no está interesada en justificar nada. Una mirada dura en un punto en el que no tiene miedo a lo que pueda encontrar, una mirada que no se hace cómplice de nadie. Ahí están sus fotos, las poses de Leila Guerriero. Su estilo tiene el poder que tiene ella misma.

Los suicidas del fin del mundo (Crónica de un pueblo patagónico)

Leila Guerriero

Anagrama, 216 páginas 18,90 euros

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