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8M | DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Ana Mendieta, Sonia Rivera Valdés y la magia del arte

Ana Mendieta.

Ana Mendieta. / LNE

Paquita Suárez Coalla

En la madrugada del 9 de septiembre de 1985, la escritora cubana afincada en Nueva York Sonia Rivera Valdés recibió una llamada de su amiga Hilda diciéndole que en el periódico aparecía la noticia de que Ana Mendieta había caído del piso 34 de un edificio en el Bajo Manhattan. Una y otra se preguntaron con aprensión si sería "su Ana", la escultora y artista conceptual que habían sacado de Cuba en el año 1961 bajo la "operación Peter Pan" y a la que les unía una amistad profunda. "Desgraciadamente, dice Sonia, era". Ana tenía 36 años y el esposo, el escultor minimalista Carl Andre, que estaba con ella en el momento de lo ocurrido, fue acusado de asesinato de segundo grado. En 1988 fue absuelto y, ante la falta de testigos, se resolvió que la muerte de Ana había sido un suicidio, aunque Ana Mendieta, asegura Sonia rotunda, jamás intentó suicidarse.

Poco después de la tragedia, Sonia Rivera Valdés acabó de escribir "Ana y la varita mágica", un cuento inspirado en una anécdota que Ana había compartido con ella durante la Nochebuena de 1981, y en el que recrea el desencanto de esta niña que había pedido una varita mágica a los Reyes Magos cuando tenía siete años, y se encuentra con una varita que ni se parece a las que describen en los cuentos de hadas ni le permite hacer magia a pesar de sus esfuerzos. Lo más devastador de la historia no era siquiera que la varita no hiciera magia, sino que la madre de Ana le dijera a su hija, sin asomo de duda, que si la varita no funcionaba era simplemente porque ella no era maga. Sonia se sintió tan conmovida por la historia que se propuso escribir un cuento reparador con un final feliz, pero el final que llevaba tiempo buscando desde aquella noche de diciembre del 81 no apareció hasta que Ana Mendieta se hubo muerto.

A este cuento inicial se sumaron luego otros tres: "Ana y la luna", "Ana y la nieve" y "Ana y los toronjiles". Reunidos bajo el título "Ana en cuatro tiempos", se publicaron originalmente como parte de la antología "Historias de mujeres grandes y chiquitas" (Campana, 2003), y en el año 2018 se publicó una edición bilingüe como libro aparte. Los cuatro relatos reflejan distintos episodios de la vida de Ana Mendieta: su infancia en la Cuba de los 50, su llegada a los Estados Unidos con la operación que la CÍA y una parte del sector de la iglesia católica de Miami orquestaron para desestabilizar la Revolución Cubana, y su muerte prematura en septiembre del ochenta y cinco. El contexto vital de Ana Mendieta ayuda a hilvanar estas historias en las que Sonia intenta, más que ninguna otra cosa, permanecer fiel al espíritu de esa Ana que ella conoció y quiso, a su forma de ver el mundo y apreciarlo, y a la grandeza de la artista que empezó a esculpir su cuerpo en la arena de las playas de Varadero y que descubre su vocación como escultora en el Ohio frío de "Ana y la nieve".

En enero de 2024, Carl Andre fallecía en Manhattan. Su carrera artística se había mantenido en un espacio relativamente discreto después del fallo del juicio, en buena medida gracias a las feministas que se encargaron de forma activa de hacer justicia a la memoria de Ana. Un mes después de su muerte, la productora de Brad Pitt anunciaba la creación de una serie televisiva sobre la vida de la artista cubana, una adaptación del libro de Robert Katz, "Naked by the Window", del que se dijo, con sobrada delicadeza, que explora la "misteriosa" muerte de Ana y la complejidad de su relación con el esposo. Sonia, que la conoció muy bien, asegura que su mayor deseo era ser reconocida en el mundo del arte, y lamenta que las imágenes poderosas de la superproducción estadounidense puedan terminar tragándose a la artista y reduciéndola únicamente al papel de víctima de su trágico final. Lo harán si se lo proponen, pero antes de que la empresa de Brad Pitt se acabe lucrando con el drama y definiendo quién fue Ana Mendieta, acerquémonos a ella a través de las historias íntimas que Sonia Rivera Valdés le dedicó a su amiga, a través del excelente documental, "Fuego de tierra", de Nereida García-Ferraz, y, sobre todo, a través de la obra de la propia artista.

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